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miércoles, junio 3, 2026
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El valor de las promesas

La democracia debe corregirse a sí misma cuando se constata que el sistema parece deslizarse hacía un espacio crítico sobre una falla estructural de sí misma.

Políticamente, la base del conflicto también está en la contradicción evidente entre la narrativa de campaña y las acciones de gestión del gobierno de Rodrigo Paz Pereira que tienen serias dificultades para construir mensajes que conecten ambos extremos o, lo que podría ser más importante a estas alturas, que intente una conexión eficiente con la opinión pública, en medio de erráticas señales que, en conjunto, muestran un cuadro desprolijo ante una crisis que involucra a toda la ciudadanía.

El ritmo de la narrativa política en tiempos electorales acelera proporcionalmente a la demanda de los procesadores de algoritmos. Por definición hace públicas sus propuestas a través de medios de comunicación incontrolables, potenciados, vertiginosos y sedientos de contenido. 

Desatan una competencia en la que las estrategias alimentan las redes aceleradamente y aunque todos los contenidos deberían basarse en la realidad, la verdad y la propuesta de gobierno, el embelesamiento de estrategas, asesores y candidatos, supera los márgenes de sus narrativas y comienzan los problemas.

La espectacularización de la política a través de redes sociales está provocando lo que se espera de estos medios, condicionar al receptor a mensajes cortos y puntuales, frases, oraciones y en el peor de los casos, un párrafo que se posicione en la memoria, generando una conclusión de aceptación o rechazo y, sobre todo, la reacción que multiplica la difusión, normalmente en grupos de personalidades similares hace que en su reproducción esté su éxito. 

Hay tanta subjetividad en juego y también está el juego de los algoritmos que decodifica micro sensaciones que son estimuladas hasta los extremos.

El monitoreo de las reacciones está milimétricamente medido a través de los detectores de redes sociales que pueden identificar aceptaciones o rechazos casi de manera inmediata, especialmente en momentos en los que la intensidad de las interacciones responde a pulsos inducidos a través de granjas que no sienten. 

Si esa práctica se prolonga a la gestión de gobierno donde la volatilidad de las promesas no cuenta, considerar este método de evaluación y análisis de coyuntura es irresponsable. 

En gestión sólo es importante la efectividad de las acciones y la consideración de sus efectos sobre el universo de ciudadanos que, además, son tan diversos culturalmente que no es posible interpretarlos desde un solo monitor o lo que sería un poco más humano, un punto de vista.

Dicho de otro modo, esa verborragia que a veces no contiene los impulsos ambiciosos de algunos candidatos, muestra parte de la crisis del sistema democrático que no alcanza, en el caso boliviano, a controlar los contenidos que se difunden y por supuesto está muy lejos de validar las propuestas, promesas y compromisos para garantizar la veracidad y seriedad de las candidaturas.

Los programas de gobierno, como es el caso del actual gobierno, no coincide con la propuesta de Rodrigo Paz y Edman Lara, porque fue presentado por el Partido Demócrata Cristiano, sigla sobre la cual se sostenía la candidatura, también improvisada porque los partidos que los amparaban por separado, no consolidaron esas candidaturas y se produjo una alianza pactada para participar en el proceso electoral con aspiraciones mínimas y casi de interés personal. 

Todo esto es permitido por el Tribunal Electoral pero parece imposible que se haga cargo de la certidumbre de los programas y su implementación en función de gobierno, porque el poder es el poder.

Las propuestas de gobierno no tienen otro sentido que la formalidad del cumplimiento de requisitos. Si una fórmula, partido u alianza hace una promesa a través de un programa de gobierno, inscrita como requisito, debería existir la obligatoriedad de cumplirla o por lo menos intentarlo.

Muchas de las entrevistas de periodistas, politólogos y politólogas a los candidatos, ponían énfasis en preguntas relacionadas a sus programas de gobierno y no faltó quien en una de ellas dijera que se trata sólo de una formalidad. En esa misma entrevista anticipó que ganaría por arte de magia, hoy ese candidato es el presidente de Bolivia y a ver si entiende, él y su gobierno, que lo prometido en su campaña tiene que cumplirse o no habrá magia posible que disuada la bronca de quienes votaron por él y ahora se sienten engañados.

Rodrigo Paz en primera vuelta no existía como protagonista, su nombre no destacaba en las encuestas y sus posiciones, aunque no eran mudas, sonaban en segundo plano en los grandes medios quienes no prestaban atención a otra cosa que no era la contabilidad de sus auspiciadores electorales.

El ruido mediático de las campañas electorales, producido especialmente por los candidatos de derecha que asumían que esta era su oportunidad, no perforó la fuerte coraza ideológica que el bloque popular había generado precisamente a través del proceso de cambio que fue, a su vez, la constatación que ese modelo de gobierno era el que el país necesitaba para equilibrar el desarrollo y reducir las brechas inmensas que la historia había tallado.

Más allá de las campañas, entre la amplia propuesta electoral, que no necesariamente respondía a la inversión, la población eligió a Paz Pereira, pero no fue precisamente a él, fue a su vicepresidente, un ex policía que saltó a la fama después de ser víctima de agresiones de jefes de policía que cuestionaban sus denuncias de corrupción al interior de esa institución, poniendo en evidencia el desamparo que siente la ciudadanía frente a la autoridad, el abuso, el poderío, la corrupción, el desinterés y en fin, todas aquellas sensaciones que nos provoca la soberbia de la autoridad, que fue lo que parecía demostrar desde el primer momento de gobierno el grupo palaciego que alejó a través de una intensa campaña de desprestigio, precisamente a ese vicepresidente. 

Aunque casi nadie lo sospechaba, incluidos los propios Paz y Lara, se estaba gestando la emergencia de un outsider secundario, un emergente que sorprendió desde el quinto lugar ganando en primera vuelta con un porcentaje del 35 %. Esa cantidad de gente, que está claramente georreferenciada y pertenece a los sectores en los que habitualmente habían votado por el MAS-IPSP con Evo Morales como candidato, prestó atención a esa propuesta y estaba de acuerdo con ella de manera desinteresada y realmente poco participativa, sin grandes marchas, mítines o altisonantes representaciones de poder, esos rituales del masismo y que en esa elección estuvieron ausentes por el mismo cansancio que generan las rutinas.

La victoria de Rodrigo Paz en segunda vuelta fue una consecuencia de esa emergencia, aunque el ganador era importante, realmente lo llamativo era quien y qué había perdido en la elección, esa posición radical, conservadora y libertaria, apoyada por el gobierno de Estados Unidos, respaldada en el grupo que había apoyado a Corina Machado de Venezuela con quien, el flamante ganador, don Rodrigo Paz Pereira, se ufanó de haber hablado a través de una video conferencia ignorando que  Machado no estaba celebrando la victoria del hijo de un expresidente, sino la supuesta derrota del bloque popular.

Una sociedad ampliamente politizada no ignora las señales políticas que pueden parecer sutiles o subestima la inteligencia de los ciudadanos a través de señales como ésta. 

Han pasado seis meses de un gobierno que ha dado vueltas sobre su propio eje, de hecho es un gobierno conflictuado consigo mismo. Desconcertado con la imagen que proyecta, desconoce cada una de sus extremidades, es dueño de un cuerpo hecho por otros cuerpos, otras sensaciones y otras vidas. Probablemente uno de sus brazos quiera extenderse para ofrecer ayuda, pero el otro reacciona con un golpe. 

Entre los programas, la narrativa de campaña, la (des)estructura de un gobierno y sus resultados, la población está expresando que no quiere una democracia retórica, que las promesas deben cumplirse, que la autoridad es un mandato, no una autorización para el engaño. Ha llegado el momento de comprender que aunque la intensidad de los mensajes en redes sociales sea incontrolable, la inteligencia ciudadana, su madurez democrática y la transformación social y cultural de los veinte años, le han otorgado un valor a las promesas.

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