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miércoles, junio 3, 2026
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Apuntes urgentes para esbozar una cartografía sociohistórica de la crisis boliviana

Nos acercamos a un mes de convulsión intensa en Bolivia y es necesario tomar un poco de distancia y establecer balizas conceptuales para comprender aunque sea una pizca de lo que estamos atravesando. He aquí algunas notas, no tan breves como el “contenido” al que nos acostumbran las redes, que pretenden establecer hilos que desentrañen un mínimo la tremenda complejidad que abruma la vida individual y colectiva del país. 

1. Periodismo que contribuye a la crisis: Entendemos que el rolinga disléxico promedio aplauda policías, militares y memes pinochetosos en nombre de la libertad o que el pachamán rastachavista trasnochado celebre, desde su ipad en Zurich, la claridad de un pueblo prístino, que opone valores telúricos y ancestrales a la voracidad del capital. Sí, son posiciones radicales, sin matices y/o análisis de ningún tipo, claro, no es lo óptimo pero es perfectamente comprensible; las tempestades sociohistóricas son de una complejidad extenuante y dolorosa para quien osa ahondar en sus múltiples e intricadas causas y la mayor de las veces el ciudadano de a pie tiene otras preocupaciones además de examinar, de cartografiar una crisis para adoptar una postura que cuente con la mayor información, el análisis más agudo, las ideas mejor argumentadas. Para eso, justamente, están los medios, por eso se llaman medios: en lugar de adoptar una posición y apostarse en ella como si se tratara de la única perspectiva, deberían ofrecer al ciudadano diversas ventanas, múltiples perspectivas que le ayuden a comprender mejor la totalidad del problema a la hora de actuar o posicionarse. No puedo sino destacar el trabajo de Quya Reyna que, como debería hacer todo periodista que se tome en serio, pregunta en lugar de sentenciar. ¿Debería renunciar Rodrigo Paz? El solo poner signos de interrogación obliga al lector a responder afirmativa o negativamente e, inmediatamente después, pensar, sí, pensar (vaya gesta), en un argumentario para su respuesta, fundamentar su posición. Además, Quya se ocupa de hacer un inventario imparcial, fáctico, de los actos y negligencias del actual gobierno que llevaron a sendos movimientos sociales a exigir la renuncia presidencial. Parece broma, pero escasos son los noticiosos que se ocupan de informar sobre la seguidilla de sucesos que llevaron a este estado del conflicto y que son, total o parcialmente, responsabilidad del actual órgano ejecutivo. Contextualizar, poner sobre la mesa los argumentos, las motivaciones, de todos actores, de los que gustan y de los que no, no es tomar partido, no es hacer proselitismo, es hacer periodismo. Empero el paupérrimo show de noticias que padecemos (no solo en Bolivia lamentablemente) no parece entender en qué consiste su misión. No se trata solo informar, sino también de analizar, de brindar instrumentos críticos al ciudadano para que tome sus decisiones con la mayor amplitud de visión sobre un hecho, pero eso parece tan utópico como soñar un país con liderazgos (en todos los sectores) provistos de visión, claridad, carisma, voluntad de soluciones y proyección a futuro. 

2. El bloqueo como arma colectiva: La manera de abordar el fenómeno del bloqueo ilustra esta deriva sesgada en la que ha naufragado la prensa hegemónica en Bolivia. Seamos claros, sería ilusorio pretender que una campaña de bloqueo de caminos sea una medida pacífica o amable de protesta. Se trata de un acto de confrontación organizada para colectivos en situación de asimetría de recursos castrenses, una forma de violencia, pasiva y de resistencia, sí, pero violencia al fin y como en todo acto de esa naturaleza hay víctimas, muchas veces, inocentes. Negarlo sería tapar el sol con un dedo. Ahora, el pseudo-periodismo adopta, exclusivamente, el punto de vista del habitante urbano perjudicado por las protestas. Ese es un punto de vista legítimo, claro, pero en el caso de la prensa es gravísimo ignorar, negar o relegar a una simple “irracionalidad” la perspectiva y motivaciones de los otros actores, de los que ejercen el bloqueo y la responsabilidad de los políticos en este trance, tildando a decenas de miles ciudadanos movilizados de vándalos o delincuentes y pare de contar. Esto es una falta deontológica y una negligencia garrafal. En lugar de abordar un fenómeno de tal intensidad desde todas las aristas e implicaciones sociohistóricas, los popes de la prensa nacional eligen empatizar con un solo sector de la sociedad y hacer de su punto de vista una ontología absoluta y un podio moral, todo menos ahondar en las causas de semejante crisis, es decir, hacer su trabajo. Si aceptamos que el bloqueo de caminos es una medida de violencia colectiva y de rasgos insurreccionales, no se lo puede tratar como un simple acto delincuencial sino como un movimiento propiamente revolucionario (así lo hicieron el 2019 con el derrocamiento de Morales, por ejemplo). Por eso mismo, el debate sobre ilegalizar o no los bloqueos es estéril; dado que el bloqueo en sí mismo implica una suspensión del sistema instituido porque busca una insurgencia; es una apuesta radical para un cambio radical. Solo sus resultados, su capacidad de convocatoria masiva y de resistencia, igual que en el caso de una revolución, determinan su legitimidad o su descenso a la categoría de intento de golpe de Estado, putsch, levantamiento, sedición, etc. Hoy en día ya sabemos que la historia y sus categorías son tan móviles como pluma al viento. Entonces, la faena de los medios es excavar en las causas múltiples y complejas de este conflicto, de esta violencia. Se trata de comprender y hacer comprender, no de juzgar, sentenciar y condenar desde un palco ideológico indistinguible del que ocupa la ciudadanía de a pie (que tiene otras ocupaciones y preocupaciones). 

3. Los perjuicios y el desgaste: En todo bloqueo hay un daño a la sociedad, a las instituciones, a la infraestructura, a la economía y también hay daño autoinflingido por parte de las huestes movilizadas –afirmar, como muchos pretenden, que las masas se beneficiarían, se harían el negocio, con esos días de lucha es más propio del burgués que no se levanta del sofá, informándose mediante el grupo de whatsapp de su promoción, que de alguien que observa realmente los hechos a su alrededor–. Es una estrategia con tintes kamikazes, por qué negarlo. En ningún caso se debe ignorar los perjuicios a todos los niveles que genera semejante medida de protesta, ni los excesos, amedrentamientos, atropellos, abusos cometidos en el clima de anomia, la violencia arbitraria e injustificada contra transeúntes que solo buscan trabajar y sobrevivir, circular libremente, etc. Faltaría más. Pero hasta en eso se denota un hincapié sesgado mediante imágenes shock que vehiculan más una suerte de proselitismo en favor del statu quo que un corpus informativo sólido y objetivo. Por último, no olvidar que, en estas circunstancias, es muy fácil caer en la metonimia de “la parte por el todo” para convencer, en lugar de informar, sobre la naturaleza maligna de todo un movimiento a causa de un puñado de sucesos desafortunados o, incluso, acciones de falsa bandera montadas por infiltrados para exacerbar la opinión pública. ¿Quién debería filtrar toda esa masa de acontecimientos para presentárselos “en limpio” a la población? 

4. El atajo de las dos Bolivias y el efecto Lara: Una lectura facilista y superficial de la realidad atribuye a la actual ebullición colectiva la “derrota en las urnas” para “usurpar lo que se dirimió en democracia”. Sin embargo, estudiar un poco más agudamente el electorado del actual presidente y dialogar un mínimo con los sectores movilizados, basta para refutar esa conjetura retorcida que puede llevar a consecuencias atroces. Si bien el atajo conceptual de “las dos Bolivias” suele atrofiarse en su labor explicativa, en este caso puede ser de utilidad. En primer lugar, está la llamada Bolivia de los movimientos sociales que junta múltiples instituciones para-estatales muchas veces heterogéneas, otras directamente antagonistas, de colectivos campesinos, indígenas y obreros principalmente, y, por otro lado, está la Bolivia empresarial, urbana, liberal e individualista. Lo más importante para comprender lo que sucede es que fue la primera Bolivia mencionada la que otorgó su voto a Paz-Lara de manera casi unánime y consensuada colectivamente. El 2025, la consigna fue optar, arriesgarse, por algo que se atisbaba como una tercera vía. Primeramente, había un hartazgo con el MAS y su atroz desgaste. Sin embargo, el castigo al masismo tampoco justificaba volcarse hacia la vieja derecha neoliberal de Tuto o Samuel. Justo en ese dilema aparece, como milagrosamente, el dúo Paz-Lara, donde Paz era menos importante que Lara. Seducidos por la campaña, brillante por cierto (en eso nadie puede decir nada), la Bolivia de los movimientos sociales había encontrado una salida airosa al dilema entre el masismo enfangado en su propia inmundicia y el neo-neoliberalismo pirata, recargado de racismo y gringofilia que ya mostró su verdadero rostro en esos tempestuosos 2019-2020. En pocas palabras, esa parte de la patria que hoy reclama con tanta furia es la que puso con su voto a Paz en el Palacio quemado. Lo que estamos atestiguando es una reacción iracunda a una sensación colectiva de traición, de profunda traición. 

5. ¿Por qué tanta radicalidad?: Esta reacción al ominoso sentimiento de traición, al humillante desengaño de saberse embaucado, instrumentalizado, denota una fuerte dosis de emoción, subjetividad, irracionalidad, incluso algunos matices autodestructivos y enceguecidos por la euforia colectiva. Las interrogantes a semejante movilización son lógicas e inmediatas: ¿cómo exigir la renuncia de un presidente con menos de un semestre de ejercicio? ¿Dónde quedaría la institucionalidad si la demanda fuera exitosa? El costo de esta insurrección, sea cual sea el resultado, recaerá seguramente sobre la endeble dinámica democrática en el país con consecuencias inimaginables, es cierto. He ahí lo irracional y los medios no hacen sino repetir hasta el cansancio esta realidad que las fúricas huestes movilizadas parecen ignorar con su demanda. Está claro que levantarse para exigir semejante medida como la renuncia presidencial a estas alturas rompe las reglas del juego democrático o las deja muy vejadas en todo caso. El respeto de las mismas exige que el representante electo termine su mandato tras su elección y juramento. En eso todos estamos de acuerdo. El único problema es que el destino de un país, justamente, no es un juego. En eso también tenemos que estar de acuerdo. Y es que hay otro aspecto, más profundo, más complejo (y más interesante) que completa el panorama y a nadie (en Bolivia, porque cierta prensa extranjera ya lo detectó) parece importarle: hay, también, una racionalidad subyacente detrás del aparente caos y desconcierto que dominan la acción de los movimientos protestatarios. Es este aspecto que vamos a tratar en el siguiente punto. 

6. El tufo a neoliberalismo autoritario: Más allá de todos los elementos objetivos –la infame gasolina basura al doble de precio tras colas ilimitadas– como los subjetivos –el ninguneo constante a los movimientos sociales en tanto que representaciones de peso en el Estado y al mismo vicepresidente que había sido la cara nacional-popular de la campaña– el segundo bloqueo masivo en lo que va del año denota una toma conciencia aciaga por parte de esta Bolivia con respecto a las intenciones del gobierno de Paz: más allá de los hechos puntuales, más allá de la traición y el ninguneo a los que depositaron su confianza en él, se ha puesto en evidencia que Paz forma parte de una agenda, una muy específica que deja muy poco a la iniciativa popular o a la pericia política de sus mandatarios y es exactamente la misma agenda que guiaba la propuesta de Tuto, Samuel o –con la sangre recién vertida y las heridas aún abiertas– Jeanine, la misma receta que mueve a especímenes como Milei en Argentina o al hijo de nazis Cast en Chile. Es ese tufillo a neoliberalismo autoritario al estilo Tío Sam que ha puesto en estado de alarma total a los sectores populares de la nación.

7. El fantasma del gonismo acosa la memoria y eso basta para suscitar una reacción alérgica, orgánica, visceral y masiva en las bases populares. Pero cabe aclarar que el modelo económico de los tiempos del Goni y Jeffrey Sachs ya es pieza de museo y, comparado con el estado actual, se puede considerar como una era dorada del credo neoliberal. Esto a tal punto que el propio Sachs se ha convertido en un cruzado contra la injerencia bestial de su país, USA (o USI, ya veremos por qué) en el resto del mundo y contra la inoperancia suicida e insensata que muestra la gestión de Trump para con los intereses de su propia nación y los de sus vasallos (el término “aliado” dejó de ser pertinente desde que Trump, e incluso Biden, se desentendieron de disimular ante cámaras la subyugación degradante que exige el coloso de sus asociados). Durante los últimos años, Sachs (verdadero arquitecto de la política económica de Sánchez de Lozada) no se ha cansado de acusar a su país de haber sido el mayor causante de debacles societales y guerras durante el último siglo, además de entregar en bandeja de plata la política internacional (ya nada sería el armamento, los medios y las finanzas) de la mayor potencia de la historia a una nación fanatizada, belicista, supremacista a nivel Alemania nazi, llamada Israel. Por eso, de ahora en adelante, y ahondando en la línea del Sachs (que es todo menos un “zurdo comunista” para los que no pueden dejar de ver el mundo en 2D) llamaremos a este complejo geopolítico Usrael o USI (Unites States of Israel).

8. Si algo caracteriza a un fantasma es su capacidad implacable de volver; tanto así que podríamos afirmar de una entidad que, si no vuelve, entonces no es un fantasma. Hoy día Bolivia está experimentando una congregación, insólita, mayúscula, de fantasmas irresueltos, postergados, disimulados –a veces más, a veces menos–, que acosan a esta nación siglos antes de su nacimiento. Heridas abismales se reabren en un país al borde del abismo de sus propias heridas. No es un tema menor. Reaparecen espectros de 2019 o 2003, cómo no, pero también aquellos de 1781 (cuando una multitud organizada se alzaba raudamente en La Paz contra un sistema para el que prácticamente no había reemplazo). Sin embargo, para dilucidar la situación, parece pertinente evocar 1986, hace 40 años. El país salía de una debacle histórica y prácticamente insólita a nivel mundial, salía de un gobierno de izquierda popular en crisis y se encaminaba hacia un gran reajuste, hacia un shock que obligaría una pauperización masiva y repentina para equilibrar la macroeconomía. En ese momento, los sectores más afectados –mineros, fabriles y campesinos– iniciaron la famosa “Marcha por la vida”. Más allá de estar o no de acuerdo con el decreto 21060, cabe recordar que fueron necesarias las espaldas de un Víctor Paz Estenssoro, homo politicus donde los haya, para contener y comprender la furia de la clase trabajadora y del pueblo afectado ante el shock de la doctrina. ¿Hoy qué tenemos? A otro Paz en la presidencia, uno que a todas luces ignora (en todos los sentidos de la palabra) a la nación (¿las naciones?) que le toca gobernar. Y, para colmo, en lugar de un Jeffrey Sachs como soporte teórico de las reformas ¿con quién contamos? ¿Cerimedo?

9. La situación actual de la doctrina Donroe: Como aceptando sin aceptar que USI ya perdió la hegemonía global que poseía al caer el muro de Berlín debido, entre otras cosas, a que los caprichos genocidas y expansionistas de Israel le cuestan múltiples negocios, socios y aliados cruciales, el plan geopolítico de Trump y su séquito de piratas inescrupulosos vuelca la mirada sobre su llamado “patio trasero”, es decir, Sud y Centroamérica. Ahora el plan consiste en quedarse con esta parte de la torta (Groenlandia incluida) en una configuración invertida de la dinámica de la cortina de hierro en el siglo XX. Esta no es una hipótesis; es una intención manifiesta y forma parte de una agenda que enorgullece tanto al propio presidente como a su secuaz Marco Rubio (¿arquitecto de la doctrina Donroe?). El actual gobierno boliviano, desde que asumió el mandato, manifestó inopinadamente su intención inequívoca de alinearse sin ambigüedades a esta vieja agenda, actualmente sionizada, desvergonzada y sin cosmética alguna a la hora de imponer sus designios por todos los medios. Y, aclaremos el panorama, contrariamente al discurso de Rodrigo Paz, este proyecto rebosa de ideología, una ideología que creíamos extinta desde que cayó el tercer Reich en 1945 (sólo que esta vez tiene en sus manos, hipnotizada, a la mayor potencia económica y militar de la historia, a la hora de tomar decisiones geopolíticas).

10. Pedir, a estas alturas, una renuncia implica tirar por la borda las reglas del juego. Es muy preocupante, sí; pero más preocupante, repetimos, es que somos testigos de un colapso medular de la institución democrática en el mundo entero, un cáncer que afecta a la esencia de su estatus imperante y es aquel que hace que los pueblos no se sientan nada implicados en las decisiones que afectan su destino. Lo grave, en este caso, no son las reglas, sino el juego que, lamentablemente, se ha transformado en show, pantomima, pastiche. ¿Cuánto tiempo espera la clase política mundial que los pueblos se sigan prestando al “juego”, que no es sino una farsa de mal gusto? Día a día, las ciudadanías ven que les mienten cada vez más descaradamente, que las promesas son señuelos para acceder a una cleptocracia que se ocupa cada vez menos de maquillar su naturaleza, mientras la vida real se hace cuesta arriba. Un semestre es muy pronto, es cierto. Pero ¿cuándo deja de ser muy pronto? Porque hablamos de candidatos que prometen soluciones concretas a problemas concretos. ¿No basta con gasolina basura al doble del precio tras colas ilimitadas con todo el gasto extra que implica una pana generalizada de parque automotriz? Cuando justamente esa era la promesa: solucionar eso, puntualmente, la gasolina; no dejar las cosas en statu quo, jamás empeorarlas: solucionarlas, cueste lo que cueste (el doble si es necesario). ¿Y si a eso le sumas la eliminación prematura del impuesto a las fortunas, la alianza (como si fuera prioritaria) con un eje que tiene más afinidad con el genocidio y la piratería que con la democracia y el libre comercio? En Argentina, por ejemplo, ¿cuánto tiempo pasó entre la intuición de que el sueño de ganar en dólares era una mentira y el recurso a la carne de burro junto a la constatación de que la soberanía del país ya fue rifada? O en el caso de Estados Unidos –la mayor democracia–, que se jugó por un excéntrico para que cumpla con hechos concretos y contables: que bajen los precios, que incremente el empleo, no más guerras (ni continuadas ni empezadas) y que se transparente una red de perversiones de altas esferas que acosa el espíritu nacional. ¿A partir de qué momento había que levantar la voz sobre el famoso impeachment –como están haciendo hoy día antiguos fervientes militantes de la causa trumpista (no tanto así los aturdidos zurde-mócratas) como son Tucker Carlson, Marjorie Taylor Green o Candace Owens– para evitar que el showman los meta en una guerra irresoluble comandada por Israel que aumente aún más el pasmoso costo de vida? Y de paso, todo, por ocultar una historia que deja cualquier ficción kubrickiana como un juego de niños. Decadencia, putrefacción pura, en vivo y en directo. ¿Hasta cuándo se deben respetar las reglas de un juego que ya todos saben trucado? ¿Hasta cuándo te debes dejar mentir, humillar, antes de meterte a la cancha y parar la bola? La lucha que vemos en Bolivia, como ocurrió en 1781, es un anuncio, un presagio, de algo que se viene generalizando en el mundo entero y corresponde a ese estado en el que las élites políticas y el sistema en general, se desconectan completamente de la vida real de los pueblos. La lucha que vemos hoy en Bolivia, lamentablemente va a durar mucho –como en aquel entonces duró 54 años hasta ver un nuevo modelo– porque lo que se está descalabrando no es un país, un gobierno o un partido político, sino un sistema mundial, una era geopolítica con todo lo que ello implica.

11. La guerra semántica ya comenzó. Hoy día, la presencia de agencias y agendas internacionales se demuestra por el manejo de palabras que vehiculan la prensa y el oficialismo y denota una ontología, una forma de capturar la realidad, de fagocitar conceptos dentro de otros más toscos, más simples y simplificados a manera de tratar la realidad con esquemas casi similares a los que proyecta Duro de matar o Comando. El castellano se ha convertido en una lengua sorprendentemente aglutinante cuando se trata de describir el mal que se quiere designar y destacar: no es de extrañar que aparezcan apelativos de tipo “narcoterrorismo-evo-comunista-anarcosindicalista-wokeislamista” o delirar con financiamientos de villanos de James Bond para designar, concebir, un movimiento que nace de colectivos organizados de trabajadores y trabajadoras por la indignación, la traición de un presidente electo, sí, mentiroso, vendido y sinvergüenza, también. Las palabras, en lugar de encontrar plataformas comunes, solo refuerzan antagonismos históricos: campo-ciudad, indígena-mestizo, oriente-occidente, tradición-progreso, todas las grietas del ser boliviano abiertas y sangrando. Como si el narcotrafico no permeara en la misma medida a la izquierda, derecha y centro del sistema político, como si el wokismo fuera compatible con el jihadismo (y ambos tuvieran algo de comunismo) y como si el concepto de terrorismo fuera un comodín que se pone y se saca según el beneplácito del monarca y que en el estado actual ya es sujeto a una arbitrariedad risible, teniendo, por ejemplo, a Francesca Albanese más cerca a la definición de “terrorista” que el propio cortacabezas de Al Golani a la cabeza de Siria o el caso de ese señor hondureño que de un día para otro dejó de ser narco digno de cadena perpetua para volver a ser un ciudadano ejemplar. Las palabras, en lugar de ser puentes, se convierten en sal vertida sobre la carne viva al fondo de esas grietas. En ese sentido, no sólo las palabras pierden su rol de mediación y se dedican exclusivamente a su función de declamación, los símbolos también. Evo Morales, símbolo de una era nacional, hoy en día no forma parte ni del discurso ni del ideario de las protestas. En cambio, no deja de sorprender cómo es la derecha, nacional e internacional, la que más añora a Morales; lo hace de una forma fetichista, fanática, capaz de otorgarle poderes sobrehumanos tras bambalinas con tal de mantenerlo como efigie, como insignia de algo que sus mismos militantes no quieren aceptar y es simple y llanamente su racismo, tan trasnochado y recalentado que remonta a esos inicios del siglo XX cuando el exterminio era sólo cuestión de tiempo y de medios adecuados para tan “honorable” faena pregonada a los cuatro vientos por ilustrados liberales. 

12. La tragedia como esencia de lo nacional: Lo trágico de todo este asunto es que, de una manera u otra, sea cual sea el resultado, ese sueño de una democracia real (con sus bemoles, pero real) termina de desplomarse y eso no será una particularidad boliviana; sin embargo, en el caso que nos ocupa, esto es previsible dado que si, por un lado, triunfa la Bolivia de los movimientos sociales –sí, es una Bolivia a tomar en serio; no abarca la totalidad del pueblo, claro, pero es un colectivo de peso en la historia y demografía del país y en la constitución de su dinámica popular y nacional, no se trata de un puñado de vándalos como pretende la prensa oficial y una manada de políticos asesorados por farsantes incompetentes– se habrá mellado un proceso costoso tanto institucional como socialmente y nos pondría en una situación de incertidumbre y vulnerabilidad, eso es indudable. Por otro lado, la continuidad del gobierno de Paz y su gabinete precipitaría la consolidación de un régimen de extrema derecha gringo-sionista desenmascarado, que poco o nada tiene de amante del Estado de Derecho, respetuoso de la libre expresión y otros logros básicos de lo que se llamaría una democracia humanista. En eso, el caso venezolano es una ilustración cabalísima: en lugar de llamar inmediatamente a elecciones, con toda la pompa que ameritaba, después del secuestro-derrocamiento de Nicolás Maduro, Trump, se ahorró toda palabrería cosmética y prefirió sentenciar “We are running Venezuela” cuando le preguntaron quién gobernaría ese país. Esa es la democracia mafiosa y sin soberanía que defiende la doctrina Donroe. ¿Es ese el camino que queremos para Bolivia? La respuesta, todo indica, será decisiva e irreversible en la trágica -y heroica- historia de nuestro país

Diego Loayza Minaya es pintor, escritor y sociólogo.

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