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miércoles, junio 3, 2026
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Morín y el pensamiento complejo en Bolivia

Un sentido y sencillo homenaje a su partida

“Que quede claro que no pretendo dar lecciones a nadie. Intento extraer enseñanzas de una experiencia de vida centenaria y secular, y espero que sean útiles para todos, no solo para reflexionar sobre su propia vida, sino también para encontrar su propio camino”. Edgar Morín cumplía cien años y nos dejaba ese legado/mensaje. 

Eso fue hace cuatro años, hoy Morín ya no está entre nosotros y nosotras. Nos deja sus trabajos y escritos que no podemos reducir a una “herencia intelectual”. Como él mismo señalaba, “no soy de quienes tienen una carrera, sino de quienes tienen una vida”; no producía desde una burbuja académica “sino en el interior de un torbellino que me implica en mi vida y en la vida”; alejándose de los problemas meramente intelectuales.

Morín, nacido en 1921, tenía el nombre de Edgar Nahum, apellido judío que tuvo que cambiar durante la ocupación de Francia por la Alemania nazi. Viene de una familia de judíos marranos, dato que resulta importante pues, desde temprana edad, lo enfrenta a una “contradicción”, a una “identidad confusa”: era un judío no judío, un no-judío judío. Como dice, “pertenecía a aquello a lo que no pertenecía y no pertenecía a aquello a lo que pertenecía”.

Sin embargo, asumir la contradicción desde temprana edad lo lleva a asumir la complejidad y a elaborar un pensamiento que ambicionaba unir las partes de la totalidad. Un pensamiento que buscaba asumir la irreductibilidad de la contradicción y reivindica el sentido de la complementariedad de los contrarios. Un pensamiento complejo, que conecta; entendiendo el pensamiento complejo en la plena significación de “complexus”: “lo que se teje junto”.

Por lo tanto, no se trata sólo del creador del “pensamiento complejo” como muchos lo reivindican ahora. En el fondo, la pretensión de Morín es la de “curar la herida” producida por la modernidad y el pensamiento moderno; no sólo el quiebre por la compartimentación de disciplinas al interior de las ciencias humanas (sociología de la antropología, o la filosofía de política), sino también la ruptura con las ciencias, así denominadas “exactas”. Su desafío es plantarse frente a la totalidad y buscar entenderla. Trata, entonces, de resolver las piezas de un rompecabezas fragmentado.

No sólo construyó un sistema de ideas propio, sino que construyó una “nueva constelación paradigmática” que, paradójicamente, “empata”, dialoga, tiene puntos en común y retroalimenta el pensamiento propio que se está recuperando y revalorizando en Bolivia, y que tiene origen y fundamento en el pensamiento y cosmovisión de nuestras culturas originarias.

Buscaba una totalidad que no era un saber total y absoluto (empresa imposible dado que la totalidad se hace y deshace dialécticamente en el devenir); sino más bien la pulsión de conectar verdades dispersas y verdades antagónicas. Una aspiración enciclopedante, no en el sentido acumulativo o de diccionario en el que se degradó el concepto de enciclopedia, sino en su sentido original (griego), de “aprendizaje que pone el saber en ciclo”.

Tempranamente entendió que “el mal de nuestra sociedad no está ya sólo en el capitalismo y el imperialismo”, sino que se trata de un problema de la civilización. Para él, necesitamos, imperiosamente, una “reforma de los propios principios de nuestro conocimiento, reforma que concierne tanto a las ciencias naturales como a las ciencias humanas, la política, nuestra vida mental cotidiana”. Considera que no hay fundamento único o último para el conocimiento. Nos vemos obligados a negociar con la incertidumbre, en un universo (o pluriverso) donde conviven el caos, desordenes y azares. 

Se trata, entonces, de construir una “epistemología compleja”, formada a partir del conocimiento del conocimiento. Un conocimiento que es siempre traducción y construcción, él no reconoce un conocimiento “espejo” del mundo objetivo. Se posiciona en contra de la compartimentación, señala que la disociación de las disciplinas fragmentan lo humano, lo vacían de vida, de presencia, de complejidad e incluso ciertas ciencias lo vacían de la noción de ser humano.

Su propuesta huye de la división de lo humano, rompe con las concepciones reductoras homo sapiens/ homo Faber/ homo económicus que privan al ser humano de tener una identidad biológica, una identidad subjetiva, emocional e identidad social. Nos desafía a considerar una humanidad enriquecida por todas las contradicciones, lo humano y lo no humano, la razón y el mito, lo arcaico y lo histórico, el determinismo y la libertad, la lógica y lo sentimental.

Como lo dije anteriormente, considero que existen muchos puntos comunes entre el pensamiento de Morin y el sistema de conocimiento de nuestros pueblos originarios. Sólo por mencionar uno, la dialógica de Morin coincide con la lógica dual de la complementariedad, la reciprocidad, la unidad de las dos partes de la vida y la organización (el chacha – warmi; urinsaya – aransaya, etc.)

El presente artículo no tenía la pretensión de hacer un repaso o explicación sobre el pensamiento y la propuesta de Edgar Morin, se trata solo de unas líneas que buscan serenidad y reconforto frente a la noticia de su partida. La muerte es parte intrínseca de la vida, como dice Heráclito “vivimos la muerte de otros y morimos la vida de ellos”, eso queda claro.. sin embargo, la partida del Maestro deja un vacío en nuestros corazones y nos obliga a seguir compartiendo con él y sus propuestas. Vamos a extrañarlo en este plano de la existencia.

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