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miércoles, junio 3, 2026
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El valor de la palabra

El conflicto social contra el gobierno de Rodrigo Paz llevaba varias semanas. La comparecencia televisiva del presidente ante el país parecía ser una oportunidad para recuperar la iniciativa política. Y casi lo fue.

Anunció que cambiaría su gabinete y la creación de un Consejo Económico Social que incluiría a los sectores movilizados, pero no dio una fecha clara para esto. “No pasa del fin de semana”, señaló, sin dar nombres, alcances o, en general, una hoja de ruta. Hizo algo así como invitar a un banquete sin decir dónde ni cuándo sería. Desde entonces se supo que el Consejo se aplazaría, según explicó un ministro, se realizará “cuando haya condiciones”. Pero el presidente había dicho horas antes que el Consejo serviría precisamente para generar estas condiciones.

También le pidió al país que esperara cambios de gabinete y, al día siguiente, su vocero afirmó que “cambiar el gabinete no es importante”. Quizás tenía razón. Salvo por un detalle: el presidente acababa de decir lo contrario.

Este caso muestra el problema central de este gobierno, que es el del valor de su palabra.

La palabra presidencial no puede convertirse en una opinión más dentro del coro oficialista. Si Paz dice A, no puede salir un vocero, un ministro o un asesor a decir B. Porque, entonces, el problema no sólo es comunicacional, sino de autoridad. ¿Se puede dar crédito a la palabra de un presidente cuando sus subalternos salen a corregirlo de forma permanente?

Es un problema político, pero también comunicacional. 

La comunicación oficial está a cargo de Fernando Cerimedo, un polémico asesor argentino del presidente, investigado en el Brasil por el golpe de Estado de Bolsonaro, vinculado al Hondurasgate, sindicado de ser autor de campañas digitales agresivas y procesos de desinformación política en muchos países de la región. 

Mientras Paz hablaba de unidad, Cerimedo tuiteaba sobre encarcelamientos. El presidente descartaba las privatizaciones, pero el asesor las insinuaba. Y así sucesivamente.

El país ardía y el argentino despreciaba públicamente a los manifestantes, como si Bolivia fuera otro laboratorio de la “batalla cultural” de la extrema derecha. ¿Qué hace un asesor presidencial extranjero perdiendo la cabeza en X y dando entrevistas a medios de comunicación? ¿Inflarse el ego, dárselas de importante, enviar un mensaje de mando? Pero, ¿esto es esto bueno para la comunicación? ¿Es bueno para el país en un momento de tensión? 

Al principio de los conflictos sociales, la estrategia cerimedista fue colocar nuevamente a Evo Morales en el centro de todo. ¿Basada en qué? Sin duda Evo juega sus cartas, apoya las movilizaciones y opera políticamente; cualquier político con olfato lo haría, o de lo contrario pregúntenle a Tuto Quiroga. Pero la narrativa anti-Evo no alcanza para explicar lo que pasa en las calles. El malestar es más profundo y no está financiado por Morales, como afirmó de manera Marco Rubio (esto no fue injerencia para la Cancillería, pero sí las palabras del colombiano Petro, que le constaron la expulsión del país a la embajada de Colombia).

Más que fidelidad a Evo, está el enojo de los movilizados porque sienten que fueron “usados”, por el combustible caro e inservible que se ha vendido por meses, por el precio aumentado de los alimentos, por la sensación de que la crisis siempre la pagan los mismos. “Nosotros, la gente humilde sin los ricos podemos vivir; los ricos sin nosotros, los humildes, no pueden vivir”, dijo un manifestante. No tenía El capital en las manos; en cambio, lo que sí tenía eran los callos de arar la tierra.  

En su conferencia de prensa, Rodrigo llamó a la reflexión a quienes le piden “mano dura”. Ha resistido estoicamente a la presión de grupos políticos que luego no se tienen que hacer cargo de nada. Resistió también la presión de clase. Y eso, en un país acostumbrado a que los presidentes de derecha están muy dispuestos a ensangrentar las calles, es algo que se le debe reconocer. Paz sabe que mancharse las manos lo inviabilizaría pronto. Esta es una cosa y esta bien. La otra es gobernar esperando un milagro o a que el adversario se desgaste por obra y arte de magia o creyendo que narrativas polarizadoras que sólo enconan más a unos contra los otros, va darte la victoria. Bolivia, es un país complejo, que necesita valor en la conducción política. Iniciativa. Inclusión. Capacidad de escuchar. Capacidad de dialogar, sin estigmas, sin insultos, sin mentiras.

Hoy el conflicto no tiene salida clara. Los maximalismos están en juego. Un maximalismo es manifestarse por la renuncia del presidente, sí. Otro maximalismo es pedir que los bloqueos se suspendan sin dar nada a cambio, ni siquiera un Consejo o un cambio de gabinete, como se dijo. El peor maximalismo es tratar de salir del conflicto engañando y tomando el pelo a la gente. No es posible, y si se logra, es pírrico. 

En la citada conferencia de prensa, el gobierno primero abrió una puerta al diálogo y luego la cerró diciendo que no negociaría con “vándalos”. Una señora que pertenece a los Interculturales le dijo a un ministro: “Dígale al presidente que no nos llame vándalos, no lo somos… Que recuerde que no es su hija que le hizo ganar las elecciones, sino nuestro voto”.  

Ahí está el fondo de la pelea: el agravio presidencial al voto obtenido. Por eso es tan difícil de resolver este bloqueo campesino y alteño. Sin embargo, hay que comenzar con algo: prometer y cumplir. 

Muchas preguntas quedaron sin respuesta, lo que echó a perder la acción comunicacional: ¿Con quién quiere negociar el presidente? ¿Quiénes son los “vándalos” y quiénes no? ¿Cuándo comenzará a funcionar el Consejo? ¿Con quiénes?

Mario Argollo, secretario ejecutivo de la COB, reapareció desde la clandestinidad para alentar las movilizaciones. En su contra pesan órdenes de aprehensión por terrorismo (¡!). “Si a mí me apresan, viene otro dirigente; si lo aprensan a ese, mañana vendrá otro también”, dijo. El problema no es el dirigente, es le conflicto. 

El sábado una caravana de ministros procedió al desbloqueo de carreteras: “Lo haremos con banderas blancas y con la presencia de las oficinas de derechos humanos y la Iglesia”, señalaron. En muchos puntos de bloqueo no encontraron personas. Pero no faltaron los enfrentamientos, los altercados, el apronte, el malhumor…  Lo preocupante es el resultado: ¿se empeoraron las cosas? ¿mejoraron? ¿quedaron en nada?

La narrativa promovida por el periódico El Deber, de propiedad del ministro Oscar Mario Justiniano, que montó una fotografía del ministro Mauricio Zamora, donde se afirmó que estaba desaparecido, es precisamente lo que no debe suceder. Esto incendia el país, no genera fidelización de nadie más que la barra brava que les aplaude. ¿No han aprendido? 

Fue el propio Zamora que desmintió la versión. Imagino que Mauricio sufrió mucho, porque estas situaciones provocan sufrimiento en las partes. Pero no fue secuestrado. Dijo: “estamos en un peligro bárbaro, luego de 20 días pensé que la gente estaría cansada”. La declaración expresa un el segundo problema: la compresión del conflicto. ¿Esperan de verdad que un grupo movilizado hace semanas se vaya a casa porque se agotó? Es que nunca funciona así, ningún conflicto, ni siquiera lo que suceden entre dos personas. Puede existir desgaste de las partes. Narrativas que ayuden a unos y a otros. Pero el conflicto necesita salida. Y como no la tiene, el desbloqueo duró poco. Una vez que pasaba la caravana policial, la gente volvía a bloquear los mismos puntos. Y es que la estrategia de movilización tiene sus tácticas: hoy marchamos, mañana bloquemos, hoy le toca a tu sector y mañana al tuyo. Quizás esto no lo sepa Cerimedo.

Para evitar todo lo anterior el gobierno necesita correas de transmisión o mediadores capaces. Pero, sobre todo, lo que el gobierno necesita tener palabra. Un presidente que no cumple lo que dice no puede tener gobernabilidad democrática. Maquiavelo nos ha enseñado que el príncipe mentiroso no consigue el amor ni el respeto del pueblo. Cicerón decía que cuando la desconfianza es absoluta (¿lo es?) hay que “amputar el extremo” para evitar la gangrena y cuidar la salud de la República. El filósofo romano usaba esta metáfora médica para resaltar que la palabra del gobernante es la reserva y, cuando esta se acaba, se pudre todo.

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