La definición de cultura en el gobierno de Jeanine Añéz fue simple: “un gasto absurdo”. Con ello no solo desaparecieron el Ministerio de Culturas y Turismo, también se escribían las últimas líneas de lo que se denominó la revolución cultural que con dificultades se había comenzado a instalar en el país a partir de la promulgación de la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia.
Lo que no hay que pasar por alto es que la institucionalización de la cultura como una cartera de Estado provenía de una demanda ciudadana, especialmente desde la ciudad de La Paz, que consideraba que la atención de los gobiernos al sector debiera estar en el gabinete presidencial con igual jerarquía e importancia que las otras carteras.
La cultura debería aportar también a las decisiones estratégicas de los gobiernos y en consecuencia incorporarse a las políticas públicas que emanen de la máxima autoridad.
Llegar a ese punto fue un proceso complicado que pasó por la organización de los protagonistas de las artes y las culturas en cada uno de los departamentos a través de una iniciativa que surgió en La Paz y creó los Consejos Ciudadanos de Culturas, cuya institucionalización fue aprobada a través de un Decreto Supremos que elevaba a estos colectivos a un nivel en el que la participación ciudadana en el sector cultural era reconocida por el gobierno y por supuesto el Estado.
Las Jornadas Culturales, que no se repitieron desde entonces hasta las que se desarrollan en estos días, generaron una agenda prioritaria que el Estado a través del Ministerio debería atender, una agenda que se constituía en la base más importante de los Programas Operativos, para lo cual se abrió en el Ministerio una Dirección de Planificación.
La base sobre la cual se creo el Ministerio de Culturas fue la Interculturalidad y la Descolonización a través de dos Viceministerios, como el que hoy existe junto al Folklore y la Gastronomía, lo que da cuenta de la talla en la que nos encontramos.
Entendamos esa institucionalidad, por una parte, la interculturalidad como un mecanismo para integrar culturalmente al país en sus complejas matrices regionales que tienen un país amenazado por la fragmentación cada vez que a alguien se le ocurre poner en supremacía una región respecto de las otras. La idea era presentarnos para tener el gusto de conocernos.
Por su lado, la descolonización establecía una matriz en la que, a partir de los elementos más nocivos de la historia del país, habían trascendido en el tiempo y las actitudes de los distintos protagonistas de Bolivia convivían con actitudes que no cabe duda, eran coloniales.
El ejemplo más dramático de ello es el racismo, como una marca que distanciaba la sociedad a partir de sus orígenes e identidades. Todos somos iguales ante la ley, se convirtió en una línea de conducta que fue más allá de las decisiones gubernamentales, nació de una acción ciudadana consiente que traducía esa consigna en letreros, impresos o manuscritos y que hoy están literalmente en todas partes.
Es cierto que la cultura es todo, pero en este caso hay que concentrarse en una de sus matrices que es el comportamiento.
Por supuesto que, en aquel escenario, los artistas fueron protagonistas. A ellos se les facilitó en todo lo que fue posible su trabajo y de esa manera también se consolidó aquella voluntad de reconocer su talento y su esfuerzo.
Los artistas no viven del aire. A ellos no sólo se les eximió del pago de impuestos que el Ministerio de Economía no supo aplicar con eficiencia, lo mismo que ocurrió con la venta de libros con el propósito de que estos fueran más económicos y accesibles, se multiplicaron las ferias de libro en todos los departamentos y en muchas provincias para facilitar no sólo el acceso a este elemental objeto de la cultura y el conocimiento a la ciudadanía, también para promover en los gestores y emprendedores esta labor que en tiempos de acelerada digitalización hacen más complicado su propósito.
Se creó el registro nacional de artistas que formalizaba estos beneficios y este hecho se proyectó a otros que ni siquiera habían sido pensados como becas y acceso a estudios de especialización en el exterior que algunas y algunos supieron aprovechar.
La interculturalidad promovió Culturas en Movimiento, un recorrido por todo el territorio que promovía las distintas artes en Bolivia lejos de la centralidad de las grandes capitales.
No fue todo, hubo muchas otras iniciativas que los críticos descalificaron como el ministerio de las tarimas, porque muchos artistas lo que requieren son esos fierros y tablas para hacer arte, su arte.
En el lado de la descolonización se buscaron los orígenes de este país de tantas culturas e identidades, de rituales y tradiciones que siempre deben ponerse en valor porque saber quienes somos es fundamental para determinar lo que queremos ser.
La primera fractura de aquel proceso se manifestó dramáticamente desde el gobierno que había permitido este salto cualitativo en la reforma del Estado y de la sociedad, porque la cultura habría que entenderla como comportamiento de la sociedad respecto de la misma sociedad.
La decisión de crear un programa paralelo, dependiente de un ministerio tan distante de esos procesos como el de Planificación del Desarrollo, fue una herida mortal, definitiva, para que la revolución cultural, tan necesaria en Bolivia, comience a verse como el gasto absurdo del que Áñez, Murillo y toda la pandilla que hoy asoma nuevamente en el Estado, se transforme en la absurda e incoherente idea del Viceministerio de Culturas y Folklore, un invento tan absurdo como el gobierno mismo que ahora nos gobierna.
Un gobierno sin partido, sin vicepresidente, sin mayorías, sin legitimidades amplias y pluriculturales, un gobierno, digámoslo, muy folclórico, con todo lo que eso significa.





