Es muy difícil entender el conflicto boliviano contemporáneo si se lo mira solamente como una pelea entre políticos, una crisis económica o una disputa partidaria. Los bloqueos, la polarización, la fractura del movimiento popular y la sensación permanente de inestabilidad tienen raíces mucho más profundas. Bolivia arrastra una herida de origen que nunca encaramos seriamente ni pensamos cómo sanar.
Bolivia nació rota.
Y quizás esa sea la clave más importante para entender por qué este país parece discutir, una y otra vez, lo mismo: no solamente quién gobierna, sino quién tiene el derecho legítimo para existir dentro de esta nación.
A diferencia de otros países sudamericanos, Bolivia no nació como una república relativamente homogénea. Tampoco pudo consolidarse eliminando físicamente a una parte de su población, como ocurrió en otros lugares del continente donde las élites criollas construyeron Estados modernos sobre el exterminio indígena. En Bolivia eso era imposible. No solo la mayoría de la población era indígena, sino que había una sociedad lo suficientemente organizada como para ser útil para el sostén material de la economía colonial.
La colonia española en Bolivia no fue solamente evangelización, escuelas o administración imperial, como piensa Isabel Ayuso o gente como ella. Fue un régimen brutal de explotación construido alrededor de la extracción minera, especialmente de la plata de Potosí. A diferencia de otras regiones, aquí los españoles necesitaban conservar viva a la población indígena porque requerían su conocimiento minero y su fuerza de trabajo. La convivencia desde su nacimiento fue desigual. Los españoles arriba y los indígenas abajo, útiles para enriquecer a la corona y para servirles. La mita, el pongueaje y otras formas de explotación colonial organizaron durante siglos una sociedad donde la mayoría indígena trabajaba y producía, mientras una pequeña élite blanca concentraba el poder político, económico y cultural.
Sin embargo, esa mayoría indígena nunca dejó de resistir.
A lo largo de toda la colonia hubo levantamientos, cercos y rebeliones indígenas. Y ahí nace también una lógica política que Bolivia arrastra hasta hoy: el bloqueo y el cerco como instrumentos de presión política. Cuando los sectores indígenas sufrían tratos peores con un nuevo cacique, por ejemplo, la única manera de hacerse visibles era paralizando el funcionamiento del territorio.
Más tarde llegó la independencia y no resolvió esa fractura.
Como recuerda el historiador Roberto Choque Canqui, el “ilimitado aporte” indígena a la independencia (a través de levantamientos y organización de ejercitos en alianza con los criollos) fue rápidamente traicionado por las élites criollas que tomaron solos el control de la naciente república.
El 6 de agosto de 1825, en la firma del Acta de Independencia, los indígenas (y las mujeres) estuvieron completamente ausentes. La nueva república fue fundada por varones criollos que heredaron las estructuras coloniales y simplemente reemplazaron a los funcionarios españoles en la administración del poder. Ese fue el momento constitutivo de Bolivia, que determinaria quién se ubica dónde.
Los criollos necesitaban construir un Estado moderno mientras seguían explotando a la población indígena. Esta contradicción produjo una forma particularmente violenta de racismo estructural. Bolivia nació intentando parecerse a Europa negando su abrumadora composición indígena.
La inseguridad histórica de las élites, la negación sistemática a su herencia étnica, produjeron décadas de inestabilidad social. Si miramos nuestra historia es fácil afirmar que nuestros problemas nunca son solamente económicos. El problema de Bolivia es que no termina de convertirse en una comunidad nacional compartida.
Después llegaron los momentos que podrían llamarse “contra-constitutivos” o “re-constitutivos” que fueron intentos históricos de corregir esa fractura original. Voy a hablar de dos episodios.
El líder indígena aymara Felipe Quispe, estremeció nuestro cuerpo de creencias nacionales cuando dijo que había una Bolivia indígena sin derechos plenos, sin servicios básicos, sin representación política, que sostenía materialmente a la otra Bolivia mediante el trabajo más duro y peor pagado
El primero fue la Revolución Nacional de 1952. La reforma agraria, el voto universal y la incorporación de campesinos e indígenas a la ciudadanía ampliaron derechos y transformaron radicalmente el país. Pero incluso ese proceso terminó siendo dirigido culturalmente por élites mestizas y criollas que seguían entendiendo la modernización como un proceso de blanqueamiento. El indígena podía ingresar a la política siempre que dejara de ser indígena y se transformara en campesino mestizo, sindicalizado y castellanizado.
La herida no desapareció, ni siquiera cambió de forma. Está ahí, latente, desde el inicio.
El segundo gran momento contra-constitutivo se conoce como el “ciclo rebelde”. Entre 2000 y 2005, ocurrió una serie de rebeliones indígenas y populares que transformaron a Bolivia. La Guerra del Agua, la Guerra del Gas y los cercos indígenas expresaron nuevamente la existencia de dos Bolivias: una dominante, provista de todo el poder, y otra históricamente excluida.
Felipe Quispe -un líder indígena aymara muy recordado en estos días- estremeció nuestro cuerpo de creencias nacionales cuando dijo que había una Bolivia indígena sin derechos plenos, sin servicios básicos, sin representación política, que sostenía materialmente a la otra Bolivia mediante el trabajo más duro y peor pagado. Quispe. al ser cuestionado por su lucha guerrillera, dio una respuesta que cambiaría la percepción de las cosas para siempre: “No quiero que mi hija sea tu empleada”, sentenció. En una frase resumia la historia de las dos Bolivias.
La llegada de Evo Morales al poder en 2005 modificó por primera vez esta fotografía histórica.
Por primera vez en la historia republicana, los indígenas, campesinos y sectores plebeyos no solamente acompañaban un gobierno, sino que lo conducían. Adiós a la romantización de los indígenas buenos. Adiós a la criminalización de los malones índigenas. Los “otros” bolivianos eran ciudadanos, hombres y mujeres atravesados de virtudes y defectos, que por primera vez ingresaban al “templo” de la blanquitud boliviana.
Está nueva realidad tuvo un efecto social, político, económico y simbólico gigantesco. Irreversible.
La Bolivia indígena dejó de verse únicamente como servidumbre, folklore u objeto de estudio, y comenzó a verse a sí misma como sujeto legítimo de poder… La foto del Estado empezó a parecerse, finalmente, al país que tenemos. Solo durante los gobiernos del MAS la fisonomía del poder fue por fin la que debió haber sido siempre: indios y blancos gobernando.
Pero ese ciclo también terminó atrapado por sus propias contradicciones. La disputa interna entre Luis Arce y Evo Morales fracturó el bloque indígena-popular que había sostenido la estabilidad política del país durante casi dos décadas. El personalismo y la incapacidad de construir relevos de uno, la falta de conciencia y pericia política del otro, decantaron en una pelea por el control total del movimiento que terminó debilitando el proceso histórico más importante de inclusión política en la historia boliviana.
Rodrigo Paz llegó al poder de la mano con los indígenas que, decepcionados de lo anterior, encontraron en él y en su vicepresidente Edman Lara un discurso que prometía cuidar el avance de la sociedad con políticas públicas que mantuvieran lo que se hizo bien y transformaran lo que se hizo mal
Esta decadencia le dio la razón a los sectores que resistían al MAS. El espectáculo que este partido daba solo probaba “que se quería el poder” sin mayores fines que los personales. Aunque esto no fuera del todo cierto, poco importaba. Fue la narrativa que se instaló. Y la base popular castigó este comportamiento, así que decidió no acompañar más al proyecto político que se había construido en su nombre porque no querían ser parte del daño, de la pelea y del estigma.
Fue así que Rodrigo Paz llegó al poder de la mano con los índigenas que, decepcionados de lo anterior, encontraron en él y en su vicepresidente Edman Lara un discurso que prometía cuidar el avance de la sociedad con políticas públicas que mantuvieran lo que se hizo bien y transformaran lo que se hizo mal. El tejido social, que en nuestro país siempre es vulnerable, parecía a salvo con las promesas de Rodrigo.
Pero el gobierno desaprobó desde el primer examen. Los indígenas fueron relegados desde el día de la posesión. Paz, en un devenir típico de su clase, inició la restauración de las élites tradicionales al poder, que también vino acompañada de una restauración estética, simbólica y cultural. En la escena de la posesión presidencial hubo alfombras rojas, gala aristocrática, saco y corbata, protocolos occidentales… Y también el desplazamiento de los rituales indígenas hacia fuera del centro simbólico del poder. El primer cuadro ya nos advertía lo que venía.
Exactamente doscientos años después de la fundación de la república, en el 2025, la escena parecía repetirse, los indígenas quedaban otra vez fuera del poder. Las élites celebraban la llegada de Rodrigo y la finaliziación del “ciclo masista”. Al fin podrían retomar al Estado que en su imaginario les pertenece como derecho de nacimiento.
Y ahí aparece el verdadero núcleo del conflicto boliviano actual.
Bolivia no termina de encontrar una forma estable de convivencia porque nunca resolvió plenamente su pacto fundacional. Existe una Bolivia que históricamente se siente propietaria natural del Estado y otra Bolivia que solo logra sentirse parte cuando consigue irrumpir políticamente, cuando bloquea a la otra.
Por eso cada crisis parece existencial. Por eso los conflictos paralizan al país. Por eso las disputas políticas adquieren tonos tan radicales y tan racializados. Porque en Bolivia se discute permanentemente quién pertenece verdaderamente a la nación.
Y esta es la gran tragedia boliviana.
Que después de doscientos años todavía no hayamos aprendido a coser la herida original. No hayamos construido un pacto nacional en el que todos los bolivianos puedan reconocerse mutuamente sin subordinación, tutela ni miedo.
Mientras esa herida siga abierta y sigamos sin hablar de ella honestamente, mientras sigamos sin hacernos responsables de los que nos toca, de lo que podemos cambiar en vuestra vida diaria, el país seguirá oscilando entre momentos breves de integración y largos ciclos de fractura.





