En las crisis hay una oportunidad que es necesario identificar rápidamente antes que la situación, sea la que fuera, se transforme en una pendiente desde la que solo es posible salir estrellándose en el fondo, con las consecuencias previsibles que ese desenlace sugiere.
Los orígenes de las crisis tienen importancia, si surgen desde el adversario, la culpabilidad encuentra un tonto consuelo que podría transformarse en una salida, su derrota. Sin embargo, las crisis normalmente se constituyen a partir de la intervención de una diversidad de factores que alteran no una, sino muchas de las partes de la maquinaria estatal.
La crisis tiene varias formas y cuerpos políticos o sociales que lejos de constituirse en adversarios, son sus principales víctimas, por ello se expresan en distintos espacios del territorio y afectan diferentes instancias del Estado. En ese caso, la gestión de crisis no puede focalizarse en cada uno de ellos a través de su derrota, de compromisos o peor, del desprestigio. Los problemas continuarán profundizándose y las manifestaciones de descontento se multiplicarán proporcionalmente a la extensión en el tiempo.
Habrá que agregar que es la propia crisis la que crea el tejido subyacente que articula a los protagonistas, genera un flujo de comunicación que sintetiza los argumentos particulares en consignas colectivas que la fortalecen, profundizan y complejizan, adquiriendo una dimensión estructural.
Las soluciones sectoriales son paliativos que no alcanzaran a resolverla, solamente la prolongan y extienden porque el origen es más concreto y discutir cada una de las demandas concluirá en una única petición que se reduce a la necesidad de divisas.
Las oportunidades tienen distintas ventanas, cada una de ellas depende de decisiones políticas. Desde intentar incrementar y diversificar la producción, gestionar créditos de desarrollo a partir de una visión de país, aspirar a que el aparato productivo quede en manos privadas que paguen impuestos, gestionar dinero con el FMI y someterse, sea la salida que sea, es necesaria una decisión política.
En cualquiera de los casos, el objetivo debería ser el origen, resolver la falta de divisas, no matizar las consecuencias a través de reuniones y encuentros intrascendentes que continúan prolongando una práctica propia de procesos electorales en los que se recitan consignas, esta vez nombradas a título de leyes y se insiste en el uso de una narrativa en la que veinte años son una y misma cosa que no reconoce matices, coyunturas y resultados objetivos que no han pasado desapercibidos para la sociedad, aunque el discurso oficialista insista en esconderlos.
Es peor cuando el origen está en los errores propios, cuando las decisiones tomadas tienen consecuencias en la sociedad y particularmente en la economía de las personas. En este caso incluso el uso de la narrativa que crea una coartada, una historia pasada que se construye solamente a partir de la última imagen que ha dejado, aunque sea la más decadente, no es suficiente para desmontar el sentido común que intuye quienes son los culpables, los intereses que se encuentran detrás y los hechos que resultaron de algunas decisiones.
Este parece ser el caso, después de un inicio con alta expectativa producto de las necesidades más apremiantes para la población, las soluciones parecían haber llegado sin mucho esfuerzo. Pero como se conoce, aquellas soluciones se transformaron en problemas que lejos de resolverse se volvieron argumentos y ensayos discursivos que fracasaron nuevamente.
Los síntomas que se manifiestan son preocupantes porque desde que se eligió a Paz Pereira como presidente, más allá de saber el nombre de la patria, intentar comprender el capitalismo para todos, procesar la propuesta del 50-50, hemos encontrado una precoz división en el gobierno, una alianza partidaria exótica que a veces está y a veces no, lentitud en la toma de decisiones y efectos directos contra la población como el combustible descompensado, la devaluación de la moneda y la inflación sostenida de los alimentos.
El incremento de los combustibles fue asumido como una condición necesaria para la solución de los problemas estructurales del país, sin embargo, el resultado fue frustrante y perjudicial.
Eliminar la subvención no resolvía la carencia de divisas, por su parte, la Banca de Desarrollo puso a disposición del país una cifra interesante de dinero, pero necesita que el Estado genere los proyectos estratégicos adecuados para que esos créditos no sean nuevas frustraciones y sobre todo, que la Asamblea Legislativa las apruebe a través de leyes, como un dato que no es menor para entender los entusiasmos irracionales del gobierno, se anunció la venta de bonos soberanos a un interés de 9,5 %, lo que significa el pago de casi la mitad de los mil millones en costos de interés.
Entre las definiciones políticas más erráticas está la ley 1720, una norma que tiene consecuencias económicas, sociales, culturales y estructurales en la relación del Estado con el territorio y las comunidades y del gobierno con los agroindustriales.
La marcha que partió desde Pando y Beni arribó a La Paz, no tenía ninguna otra salida que no sea la que se gestiona desde la Asamblea Legislativa, la abrogación de la norma. Esos marchistas estarán expectantes ante la definición que el Senado tome en las próximas horas y demostrará al país el volumen político que tiene el gobierno en la Asamblea Legislativa.
Los problemas que devienen en crisis son más difíciles de resolver cuando tienen origen en errores propios y, los argumentos de un pasado que dio origen a sus propias decisiones, son cada vez menos solidos para quienes en general son depositarios de la crisis, mientras observan que hay un desmoronamiento moral en el gobierno que no solo se manifiesta a través de hechos vinculados a la delincuencia, sino también a través de sus alianzas que no tienen de ningún modo, buenas intenciones.
A veces los culpables están mucho más cerca de lo que el poder suele suponer, tan cerca que forman parte del poder en sí mismo, el que envilecido, no advierte que sus acciones son las que tendrán consecuencias contra ellos mismos.





