10.8 C
La Paz
jueves, junio 11, 2026
spot_img

Los racistas son caníbales

Uno: “Mi perrito Hércules gobernaría mejor que Lara. No queremos Evos de ningún color; deberían estar vetados porque son todos unos HDP” (cantante de un grupo de pop paceño). Antonio Gramsci escribe cartas desde la cárcel de Turi (provincia de Bari) a su cuñada Tatiana Schucht (a la que llama Tania). En una de ellas habla de las “transformaciones moleculares”. Y para explicar el concepto pone un ejemplo. Unos náufragos a la deriva debaten sobre si comer carne humana para sobrevivir o no. El mismo dilema que tuvieron los sobrevivientes del accidente aéreo en los Andes de un equipo de rugby uruguayo en 1972 (luego retratados en películas como “¡Viven!”). 

Los náufragos del relato de Gramsci descartan en un principio el canibalismo pero al final -cuando se trata de sobrevivir- la idea no parece tan loca. El comunista italiano -arrestado y encarcelado por la policía secreta del régimen fascista de Mussolini- plantea una duda: ¿el marino en tierra antes de subir al barco y el tripulante a la deriva que se convierte en caníbal son la misma persona? La respuesta es no. 

Durante un periodo de tiempo, ambos conviven, se desdoblan; solo el autocontrol -de momento- impide comer carne humana de amigos muertos. Pronto, la culpa y el asco desaparecen. Entonces, la “transformación molecular” da paso -partido a partido- a un orgulloso caníbal. ¿Cuántos músicos, periodistas, artistas, poetas, cineastas y demás personas de las culturas conoces que han sufrido estas “transformaciones corporales” y hoy en día se muestran en sus redes sociales (en la calle todavía existe el autocontrol) abiertamente racistas? La lista es larga como un día sin huevo. Pasó en 2019, está pasando de nuevo.

Dos: “A los que sabemos, que los parta un rayo” (escritora, cronista; “inventó” la crónica en Bolivia). Ella está en esa etapa de transición entre la parte observadora y la personalidad seducida por el canibalismo frontal en la balsa. Desea inconscientemente que esos pequeños cambios en su cuerpo individual anuncien -como pesadilla- grandes cambios colectivos. Ella no votó por Paz y Lara. Faltaría más. 

Antonio Gramsci relató el origen cotidiano del “fascio” en esas cartas a la cuñada, a los hijos (Delio y Giuliano), a la esposa (“Yulca”), a los hermanos y a la madre Giuseppina, a la que llamaba de cariño “Peppina”.

Tres: “se merecen que los masacren” (actriz de teatro independiente, no hay otro en Bolivia). La deshumanización, la falta de compasión, la animalización y la basurización del otro son rasgos del fascismo. “Masillamas, hendiondos, hay que exterminarlos, mulas/no piensan, son pagados/basura son”. No se ataca a personas particulares, se odia en abstracto desde la comodidad del anonimato, desde la segura impunidad del celular en un hogar donde no falta el pollo. La “transformación molecular” reina ya en el cuerpo y ella es feliz; hasta hermosa se ve en el espejo deformante. Faltaría más.

Los insectos kafkianos son gente de bien. Los vándalos son los otros. El desprecio aclara la piel. El canibalismo viral es el nuevo vegetarianismo. “Mi perri-hijo sería un buen presidente. ¿Has visto como esos indios de mierda venden y torturan animalitos vivos en la 16 de Julio? Son los mismos que querían volar por los aires toda una ciudad como en Senkata”.

Cuatro: “¡Unánse, dejen de grabar, digan a las cholas que las vamos a quemar!”. (señora anónima, de esas que no te saludan en el ascensor, grita a los inocentes transeúntes). Es una de las primeras marchas “ciudadanas” (de la Resistencia Juvenil Paceña) que recorre el Prado de noche en la tercera semana de mayo. No es la “Noche de los Cristales Rotos” pero se parece. Al final de la marcha, quemarán una wiphala, a falta de chola. Bolivia no es el problema, el problema es el problema.

Los marchistas que bloquean el centro paceño (hay bloqueos y bloqueos) hablan de libertad y democracia. Se saben caníbales. Nota mental: la señora que quiere pegar fuego a las cholas ha eliminado hace años la fotografía de su abuela de pollera del álbum familiar. Ella viene de los barcos. Faltaría más.

Cinco: “hay que encerrarlos de por vida” (historiador/periodista con apellido judío, transformado molecularmente hoy en nazi-sionista). Los insurrectos invisibles de color marrón son como los locos y las locas: peligrosos, irreversibles, improductivos, crónicos. Merecen descalificación y desprecio, amén de cadena perpetua, nacieron culpables. Si acaso son reincidentes, matadlos. Para eso, el otro debe ser radicalmente otro. El otro no es diferente, es ajeno; a caballo entre humano o infrahumano y animal. Es la higiene de la raza con la que suena todo genocida. El desprecio es la medicina del caníbal, mutado de rebelde con moto a represor sin pausa. El otro es repugnante, merece esa violencia justificada. Su cuerpo debe ser castigado, troceado, disciplinado. Es la “solución final” para terminar con la pesadilla de las dos Bolivias. Es “Holocausto caníbal”, la película que nunca pudieron ver por aquella culpa y aquel asco.

Seis: “Defendamos Calacoto, no dejemos que los indios ingresen a nuestro barrio” (grupo anónimo de “guasap”). Los caníbales que piden mano dura, estado de excepción, militares y grupos parapoliciales en las calles para despejar los malos bloqueos no se harán cargo después de los muertos. El próximo año subirán al preste/cholet para bailar tecno, irán de compras a la 16 de Julio para lucir el último vestido de la moda étnica llegado de la India por 20 lukitas, adorarán al sol en la fiesta del Inti Raymi, bailarán morenada o caporal en Oruro, se harán leer la coca por un yatiri en las casetas de El Alto y jurarán que ellos jamás comerían carne humana aunque sintieran morir. “Never in the life”. Y volverán a decirte “hermano” en la próxima feria del libro. Faltaría menos.

Más picante

Muy Picantes