La comunicación estatal no es un juego. Puede construir legitimidad o dinamitarla en un segundo. Un minuto mal calculado desordena la escena, hiere el mensaje. Y cuando eso ocurre, lo que debía ser central desaparece bajo el peso del error.
Anoche, el presidente Rodrigo Paz ofreció un discurso por el Día del Trabajador. Lo que debía ser una pieza política que buscaba ilustrarnos sobre lo que quiere el gobierno para el futuro, terminó en una radiografía involuntaria del poder. No se trata solo de lo que se dijo en el mensaje formal- de lo que hablaremos- sino por lo que ocurrió cuando ese mensaje ya debía haber terminado.
Primero, la forma. Se anuncia una intervención a las 20:00. Sale a las 22:30. En política, el tiempo también comunica. Y comunicar tarde es comunicar mal. No hay un gesto de mayor arrogancia que el de “hacer esperar”. Se le permite, y cada vez menos, a una novia; no al presidente.
Segundo, la ejecución. Cuando una transmisión no es prolija, el centro deja de ser el contenido y pasa a ser el error. El cierre del discurso -que nunca debió emitirse- mostró al presidente Paz evaluándose a sí mismo: “no estuve lúcido”, dijo. De fondo, el coro automático de llunkus: “noooo”. Pero sí, presiente, usted tiene razón. Quien domina la palabra sabe perfectamente cuándo no estuvo a la altura, esto lo saben por demás los políticos experimentados. El hecho abre una sería de preguntas, no tanto por lo que ocurrió, que es un accidente, sino el por qué nadie tuvo la capacidad o el valor de decir: “lo hacemos de nuevo”. Algo tan sencillo pueda indicar el registro de cómo van las cosas. “Al presidente no se le dice nada”, la tragedia de nuestra historia.
Tercero, el fondo. El mensaje insiste en “los 20 años” y en una “reconstrucción” que, paradójicamente, se pretende llevar adelante con los sectores que son interpelados, o para ser precisos, directamente ofendidos y a diario. Hay una contradicción. Las organizaciones vivas no esperan un gobierno que les “pase bola”, esperan un gobierno que gobierne. Mucho menos esperan que se les traslade responsabilidades estructurales por errores ajenos de personas concretas.
Cuarto, la propuesta. Un “encuentro nacional con todas las fuerzas políticas” para aprobar normas transformadoras suena bien en el papel, pero lo que hoy tenemos es desconfianza. ¿Dónde estuvo esa vocación de encuentro, de diálogo cuando se discutió-entre gallos y media noche- la Ley 1720, hoy cuestionada por sectores campesinos movilizados? En ninguna parte. Otro ejemplo: cuando se plantea que la minería debe generar mayores ingresos, todos estamos de acuerdo. La pregunta es a qué costo. Y ahí emerge la memoria reciente: lo ocurrido en Tariquía, donde la intervención avanzó sin preguntas, sin boleta… sin nada. La duda es: ¿será igual? ¿Seguridad jurídica para quiénes?
Quinto, la unidad. El llamado es insistente, pero poco creíble. La unidad no se recita, se demuestra. Y difícilmente puede proyectarse hacia afuera cuando hacia adentro las fracturas son visibles, constantes, públicas. La disputa con Lara desde el inicio de gestión, las tensiones permanentes, incluso el pedido del PDC para anular el cargo presidencial: la interna no solo existe, se nota.
Sexto, el método. Gobernar también es tejer. Y tejer implica integrar. No se construye cohesión atacando sistemáticamente a partes del mismo tejido social, incluso a aquellas con las que se pretende (o se necesitará) construir acuerdos. La política no es solo correlación de fuerzas, es también capacidad de articulación. Y esa capacidad, hoy, está en duda.
Al final, la escena que no debía salir al aire termina siendo la más honesta. Un presidente que duda de sí mismo. Una pregunta lanzada casi al vacío: “¿cuadra o no cuadra?”
La respuesta, por ahora, también se nos escapa: no cuadra. El problema, mi gente, no es de edición. Es de fondo.





