El otro día me reuní con unos amigos que hacía bastante tiempo no conseguíamos reunir a todos al mismo tiempo y en el mismo lugar, algo que a cierta edad empieza a sentirse menos como una reunión espontánea y más como una operación logística de Naciones Unidas. Uno tiene trabajo, otro tiene pareja, alguien está cansado, alguien más desapareció durante tres días porque necesitaba “desconectarse”, y siempre existe esa persona que confirma la reunión con una semana de anticipación para después escribir, dos horas antes: “No iré y no pregunten por qué”. Al final nos encontramos, porque aparentemente todavía existen milagros, y como corresponde a cualquier reunión de adultos funcionalmente disfuncionales, hubo vino, anécdotas y suficiente chisme como para justificar meses de ausencia.
Fue durante una de esas conversaciones, mientras el vino comenzaba a hacer lo que el vino hace mejor que cualquier terapeuta de bajo presupuesto, que dos de mis amigas empezaron a hablar de Sex and the City. No fue simplemente una conversación sobre una serie. Fue una especie de seminario universitario no solicitado en el que, durante más de una hora, me explicaron personajes, situaciones, relaciones, capítulos y el impacto cultural de cuatro mujeres caminando por Nueva York mientras hablaban de sexo, amor, amistad, trabajo y todas esas cosas que los seres humanos llevamos siglos intentando entender sin demasiado éxito.
Yo, que hasta ese momento tenía un conocimiento de Sex and the City basado principalmente en saber que existía y que Sarah Jessica Parker tenía unos zapatos que costaban más que mi dignidad financiera, terminé entendiendo algo bastante más interesante: quizá lo que hace especial a esa serie no es el sexo, es la curiosidad.
Después de ver el primer episodio, terminé viendo una cantidad irresponsable de capítulos y entendí por qué mis amigas hablaban de ella como si fuera simultáneamente una serie, una tesis y un recuerdo de juventud. Más allá del humor y de lo bien construidas que están muchas de sus historias, hay algo particularmente interesante en la manera en que la serie observa a las personas: no parece existir una experiencia humana demasiado extraña como para no merecer una conversación.
Vivimos en una época en la que tenemos acceso a más personas que nunca y, paradójicamente, sabemos cada vez menos de ellas. Tenemos cientos de amigos en Facebook, seguidores en Instagram, conversaciones pendientes en WhatsApp y una cantidad absurda de personas que podemos observar diariamente sin haber hablado realmente con ninguna. Sabemos qué desayunó alguien, dónde salió el fin de semana, qué piensa sobre las elecciones, qué restaurante visitó y hasta qué canción está escuchando mientras mira por la ventana, pero podemos pasar años sin preguntarle qué le da miedo, qué desea, qué relación tuvo que lo cambió, qué cosa le avergüenza admitir o por qué decidió convertirse en la persona que es.
Tenemos información, nos falta curiosidad y no me refiero a esa curiosidad de redes sociales que consiste en averiguar con quién salió alguien o por qué dejó de seguir a determinada persona. Hablo de una curiosidad mucho más sencilla y, probablemente, mucho más difícil: sentarse frente a alguien y querer saber cómo funciona su cabeza.
La idea puede parecer bastante obvia, pero últimamente tengo la impresión de que hemos convertido las diferencias entre nosotros en una especie de amenaza. Si alguien piensa distinto, vota distinto, ama distinto, trabaja distinto o simplemente entiende la vida de una manera que no nos resulta familiar, nuestra primera reacción suele ser decidir qué está mal en esa persona.
Tal vez porque juzgar es mucho más sencillo que preguntar. Preguntar implica aceptar que no sabemos y admitir que no sabemos algo parece haberse convertido en una experiencia insoportable. Quizá por eso las conversaciones más interesantes siguen ocurriendo alrededor de una mesa, en una plaza, en un bar o en cualquier lugar donde dos personas tengan suficiente tiempo para dejar de intentar demostrar que tienen razón. Porque hablar realmente con alguien requiere algo más que emitir opiniones. Requiere escuchar una historia completa antes de decidir qué pensamos de ella.
Mis amigas, por ejemplo, podían hablar durante una hora sobre una serie que yo ni siquiera había visto y conseguir que me interesara por ella simplemente porque conocían algo que yo no conocía. No intentaron convencerme de que Sex and the City era importante porque sí. Me contaron por qué había significado algo para ellas. Y probablemente esa sea una de las formas más honestas de transmitir una experiencia: no decirle al otro qué debe sentir, sino contarle por qué tú sentiste algo, hay algo profundamente humano en eso.
Un extraño sentado a nuestro lado en una plaza puede haber vivido una vida completamente diferente a la nuestra. Puede haber amado de una manera que nosotros jamás entenderíamos, haber perdido algo que nunca supimos que podía perderse, tener una idea sobre la felicidad que nos parecería absurda o una historia que, de escucharla completa, podría hacernos reconsiderar alguna de las certezas con las que salimos de casa todos los días.
Diez personas en una plaza pueden tener diez maneras distintas de entender la vida y, sin embargo, muchas veces preferimos mirar el teléfono, tal vez porque las redes sociales nos acostumbraron a conocer personas sin tener que escucharlas. Nos permiten construir versiones extremadamente cómodas de los demás, versiones que caben perfectamente dentro de nuestras propias opiniones. Si alguien publica algo que nos gusta, lo sentimos cercano. Si publica algo que nos molesta, lo convertimos inmediatamente en un enemigo. Ya no necesitamos conocer a la persona porque internet nos permite construir un personaje y discutir con él.
La curiosidad verdadera tiene una característica bastante incómoda: puede cambiarte de opinión, quizá por eso necesitamos recuperarla. No hablo de dejar de tener convicciones ni de aceptar cualquier cosa en nombre de la tolerancia. Hablo de algo mucho más sencillo: entender que detrás de cada persona hay una historia que probablemente desconocemos. Que incluso alguien con quien no estamos de acuerdo tiene razones, experiencias, deseos y contradicciones que no aparecen en una publicación de Instagram ni en una discusión de cinco minutos.
Quizá eso era lo que mis amigas estaban viendo en Sex and the City y que yo no había entendido hasta entonces. No se trataba solamente de cuatro mujeres hablando de sus relaciones, sus problemas y sus vidas sexuales. Se trataba de observar cómo cuatro personas podían vivir el mismo mundo de cuatro maneras completamente diferentes y, aun así, sentarse juntas a discutirlo y es una habilidad que estamos perdiendo. Nos estamos quedando sin conversaciones porque creemos que ya conocemos las respuestas.
Últimamente me pregunto si no deberíamos volver a hacer algo bastante antiguo: hablar con desconocidos, escuchar historias ajenas, hacer preguntas sin saber hacia dónde nos van a llevar y permitirnos descubrir que la vida de otra persona puede enseñarnos algo que ningún algoritmo tenía previsto mostrarnos.
Después de todo, quizá para entender una ciudad no necesitamos conocer todos sus lugares. A veces basta con sentarse en una plaza y preguntarle a diez personas cómo llegaron hasta ahí y escuchar.
