“…. cada generación escribe su propia historia, tiene también su propio pasado. Precisamente por eso tiene su propio futuro. Nuestro presente es el futuro de un pasado, que ha sido el presente antes y que ha tenido su futuro”.
Juan José Bautista
La Revolución de 1952, bajo el paraguas del “nacionalismo revolucionario”, alteró la organización del capitalismo mercantil minero, transformó política y socialmente al Estado y reorientó territorialmente —de occidente a oriente— la visión de la posesión privada masiva de la tierra. Así, el sujeto hegemónico minero-campesino cedió su liderazgo a la cúpula clasemediera del MNR. En poco tiempo, dicho liderazgo proscribió del nacionalismo lo “revolucionario” y abanderó un nacionalismo reaccionario, subordinado incondicionalmente a los Estados Unidos.
El capitalismo prescindió de la democracia e importó de Europa el sistema nazifascista para reapropiarse del poder; el golpe militar de Barrientos en 1964 es la manifestación plena del sistema civilizatorio euroamericano occidental. El control del poder por la vía de la violencia militar en todo el continente no es solo un conjunto de golpes militares, sino el desplazamiento continental del nazifascismo bajo la hegemonía estadounidense, cuya finalidad era asesinar social, política, ideológica y culturalmente al socialismo como ideal libertario.
Las clases y sectores sociales subalternos asumían al socialismo como el horizonte civilizatorio; era el sentido común de la época y el nuevo paradigma estatal. El socialismo constituía un movimiento continental con diversas manifestaciones —políticas, sociales, académicas, religiosas (como la Teología de la Liberación), culturales e insurreccionales— que cruzó transversalmente a las generaciones, convirtiéndolas en portadoras creativas de la esperanza desde el presente. No ofrecían el porvenir, sino que lo representaban. El sistema de creencias del orden social capitalista colonial dejaba de ser la médula de la columna estatal; transitábamos, mediante el esfuerzo movilizado de los plebeyos, hacia un nuevo tiempo.
Este proceso no estaba inscrito en la mecánica evolutiva o determinista de la inevitabilidad del derrumbe capitalista; por el contrario, la subjetividad construida desde la cotidianidad se alimentaba de una profunda convicción anticapitalista. Esa era la fortaleza que describía al sujeto plurisocial. El horizonte no era una fórmula social y económica, sino una esperanza de vida diferente a la existente; su sentido de lucha fue y es la universalización de los derechos. Parafraseando al cantautor revolucionario Benjo Cruz, buscaban un mundo «donde nadie escupa sangre pa’ que otros vivan mejor»; ese era el sentido profundamente humano.
Un nuevo tiempo civilizatorio, diferente al del occidentalismo euroamericano, es siempre una amenaza para los grupos fácticos de poder. El capitalismo no defiende la validez de su lógica civilizatoria en la disputa cultural, sino a través del uso de la violencia estatal, mediática, empresarial, simbólica y religiosa; es decir, normalizó el nazifascismo no como método, sino como un estado de situación constante. Desde 1964 hasta 1980, las resistencias a las dictaduras militares no se limitaban a demandar libertades democráticas, sino que combatían lo que el nazifascismo representaba en nuestra sociedad. El proletariado, los pueblos y naciones, y las izquierdas recuperaron el derecho a opinar, a reunirse y a votar, devolviéndole al soberano —al pueblo— un derecho confiscado por toda la extrema derecha criolla, militar y civil. La democracia no se reduce al acto electoral, sino que es la libertad plena como derecho inherente para todas y todos los habitantes.
El capitalismo reorganizó su lógica de poder a través del neoliberalismo sobre una tríada: hegemonía imperialista, coerción financiera (a través del FMI, el Banco Mundial, el BID, la CAF, etc.) y gobiernos serviles con un sistema político integrado por vasallos. El capitalismo no concentra su lógica en la apropiación del excedente, sino en el control y la reproducción del poder por la vía democrática o dictatorial; esa es la premisa del euroamericanismo occidental.
En el siglo XXI, en nuestra Bolivia, el anticapitalismo se manifestó socialmente en defensa de la vida contra la privatización del agua (Guerra del Agua de 2000), de la hoja de coca por la soberanía, de la tierra y el territorio contra su mercantilización, y contra la enajenación transnacional de la patria recuperando la soberanía de nuestros recursos naturales. Asimismo, se expresó en la refundación descolonizada del Estado a través de la Asamblea Constituyente. Nuestras banderas tienen la cualidad innata de representar la totalidad de los intereses porque son el sustrato de nuestra pluralidad y plurinacionalidad boliviana.
Hoy la humanidad agoniza. El sistema imperial, liderado por el baluarte del nazifascismo —Trump—, amenaza la existencia de la vida, y sus cómplices son los gobiernos de extrema derecha de nuestro continente. El anticapitalismo no es solo una lucha, sino una forma de vida de los hombres y mujeres que nos negamos a ser parte de la civilización euroamericana occidental, la cual pregona la destrucción del sistema de vida: conformado por los seres humanos, los animales y la naturaleza.El anticapitalismo se refleja en múltiples manifestaciones sociales: antirraciales, contra el sionismo genocida, contra los multimillonarios y millonarios que degradan la vida de miles de millones de seres humanos en el planeta, contra el machismo, contra la pobreza y contra la destrucción de la Madre Tierra. Asimismo, se manifiesta contra la industria militar multinacional que lucra con la muerte y frente a las redes mundiales —mediáticas, tecnológicas y religiosas— cuya razón de ser es validar la destrucción del sistema de vida. Ser parte de los movimientos contra el capitalismo euroamericano occidental es luchar por la vida.
