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La Paz
martes, junio 16, 2026
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Malas víctimas/malas

Uno: en La Paz hace más frío en casa que en la calle. En casa mis manos se congelan en la noche pues mi escritorio está cerca de la ventana. En la cama, durante la madrugada, los pies también se congelan. Las bolsas de agua caliente en el mercado Rodríguez cuestan el doble o el triple que antes; como los huevos cuando llegan, como el pollo cuando lo bajan de El Alto descargado de aviones/donaciones de países “amigos”. No sé si estamos en guerra o ha vuelto la pandemia. El calentito de muña contra la hipotermia también se enfría. O lo tomo o escribo. Un poncho negro y blanco de llama y alpaca calienta mis rodillas. No hay leche para hacer café con leche.

La ciudad de noche está sumergida en un silencio ensordecedor. Ya no pasan por debajo de mi ventana los camiones ruidosos que subían lentamente desde Río Abajo hasta el mercado en plena madrugada. He terminado de leer el libro “Matarlo todo: escritos en tiempos de genocidio” (editorial boliviana Mantis) de la “chilestina” (chilena de origen palestino) Lina Meruane. Habla de Palestina y ese “omnicidio” (matar/aniquilar a la palestinidad en todas sus formas). A mí me parece que habla (también) de nosotros. 

Dos: Lina escribe contra la muerte, escribe para que Palestina no muera. Su libro trae una columna censurada de prensa (“La ecuación anexionista”); un ensayo literario que da título a su obra incluido en el libro “Palestina: anatomía de un genocidio”; un prólogo (de otro libro llamado “Palestina sitiada: ensayos sobre el devenir Nakba del mundo” de su compatriota/chilestino Rodrigo Karmy); otro prólogo (esta vez del libro “Víctimas perfectas y la política de la apelación” del palestino Mohammed El-Kurd); otro ensayo sobre glotopolítica y genocidio linguistico llamado “Respuestas únicas”; una charla ficcional de la autora (con Susan Sontag, Judith Butler, Cristina Rivera Garza, Edward Said, Masha Gessen, Rashid Khalidi, Ilan Pappé, Ahmad Qabaha, Noura Erekat, Gabriel Giorgi y Riga Segato); una crónica-poema; un cuento distópico; y un micro-relato poema con QR. Tiene 156 páginas y lo he comprado en la librería de El Cuervo por noventa bolivianos, lo que ayer costaba un pollo.

Tres:  Lina pone en palabra todo lo que el estado terrorista/genocida de Israel (y los colaboradores del sionismo en el mundo entero) han hecho y hacen contra el pueblo palestino; el genocidio extendido hacia el futuro, un infanticidio. Palabras contra el silencio; palabras contra el “cállate, amigo/amiga de los terroristas”. A mí me retumba el “cállate, masista”. 

Lina habla de cálculos coloniales sionistas, de poetas y periodistas asesinados, de muertos vivientes que no se dejan matar, de “acabar con todos los palestinos para no tener que volver a matarlos”. A mí me resuenan todas las masacres de la Bolivia de todos los siglos: Taraco (1869), Kuruyuki (1892), Jesús de Machaca (1921), Uncía (1923), Chayanta (1927), Catavi (1942), San Juan (1967), Tolata y Epizana (1974), Villa Tunari (1988), El Alto (2003), Senkata y Sacaba (2019). Son números/matemáticas coloniales. Acabar con los salvajes para no tener que volver a matarlos. 

Dice el poeta palestino Nur Al-Din Hayyay que el único lugar seguro sobre la tierra es una tumba. Para romper el silencio, basta con pedir a un poeta un verso y verás el poder de la palabra ante la opresión colonial/capitalista. No están callados/no estamos callados. ¿Cuántos muertos son demasiados? pregunta Lina. ¿Cuántas masacres son demasiadas? pregunto yo.

Cuatro: el lenguaje está siendo purgado. Y las palabras, prostituidas. Un ex periodista (muy activo en redes sociales y virado en fracasado político) dice que no defiende al gobierno de Paz Pereira ante los bloqueadores; dice que defiende la “democracia”. Es la máquina colonial, funcionando mañana, tarde y noche. Es la imposición de la definición de las palabras, es un “nuevo vocabulario”. Es la “libertad” de Milei; la “democracia” de Paz, que manda desobedeciendo al pueblo que votó por su binomio. Nota mental: a mí no me jodan, yo voté nulo en primera y segunda vuelta.

Cinco: los palestinos y palestinas son “malas víctimas”. Las únicas víctimas (en todo este lío, homenaje al “Indio” Solari) son las judías. El que niega el monopolio de la victimidad judía (la víctima absoluta sionista del “holocausto eterno”) es/será acusado de antisemita. Los palestinos ni siquiera son consideradas víctimas, aunque veamos en vivo en y directo un genocidio/omnicidio televisado. ¿Por qué? Porque no se rinden ni se cansan, porque resisten, porque se sublevan. “Por eso el palestino resulta insoportable: se opone al daño y lo visibiliza”, dice el “chilestino” Rodrigo Karmy. 

El palestino no es víctima porque la víctima perfecta es una persona débil/indefensa. Solo lo será cuando se entregue dócilmente a su extinción. Si resiste, será “terrorista” aunque el derecho a resistir por cualquier medio necesario fuera reconocido por la ONU hace medio siglo. Es la “trampa de la perfección”, dice Mohammed El-Kurd. 

La víctima perfecta tampoco puede usar el lenguaje, ni hablar, ni usar una “kefiya”, ni enarbolar su bandera. Ni sentir odio ante quien extermina un pueblo porque “ese odio ante la violencia del opresor desmerece a la víctima, socava su estatus sufriente”.

La patria palestina es un laboratorio; será el paradigma colonial revelado y aplicado contra otros pueblos. Los palestinos son “animales humanos” (Yoav Gallant, ex ministro de Defensa de Israel dixit). A mí me parece que el libro de Lina (con tapa hermosa de mi cuate Sergio Vega) habla (también) de los “vándalos” en Bolivia, esas malas víctimas/malas, victimas imperfectas que osan bloquear y exigir sus derechos; que no se dejan matar. Ellos también “bestias humanas” (Rómulo Calvo, ex presidente del Comité Pro Santa Cruz, dixit). 

Seis: el proyecto colonial de ayer pretendía civilizar e incluir. Convertir a los indígenas en mestizos. “Todos somos cholos”, decía el MNR del 52 y el mirismo de Paz Zamora, el padre del “Pollo”. El proyecto colonial sionista de hoy va un paso más allá: es excluyente y exterminador. Es la única manera del ente colonial para quedarse con las tierras ancestrales de la Palestina histórica. Y quien se resista solo encontrará dos palabras: víctima (sumisa) o terrorista (si alza la voz). Pero hemos llegado a un punto que al pueblo palestino (y otros pueblos del mundo) ya no le importa lo que le digan. Unos no se van de este planeta en silencio, otros no marchan solos. 

A mí me parece que el libro de Lina Meruane habla (también) del pueblo boliviano. “A veces uno sabe de qué lado estar simplemente viendo quiénes están de otro lado”, decía el poeta Leonard Cohen. Suena en mi gélida habitación su canción “I’m your man” y unos versos de empatía y solidaridad: “If you want a boxer/I will step into the ring for you”). Ya no hace tanto frío.

Vuelvo a la cama con mi bolsa de agua caliente entre los pies y arranco con un nuevo libro. Son los últimos cuentos de Lina Meruane. El último relato de “Avidez” (editorial española Páginas de Espuma) narra la historia de una familia que no puede ni quiere enterrar a su hija muerta porque no se ha encontrado su cabeza. A mí me parece que habla de Palestina. 

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