¿Qué hay detrás de la cruzada “antiterrorista” de Trump?
Su nombre era Dalton Trumbo. Era guionista. Sus trabajos le dieron dos premios Óscar, que recogió su pareja, pues él estaba en la lista negra y tenía que firmar con otro nombre.
Y su película más famosa no fue ni Vacaciones en Roma ni El Bravo, por las que mereció las estatuillas, sino Espartaco, basada en la novela de Howard Fast.
Trumbo y Fast fueron condenados a prisión por negarse a dar los nombres de otros izquierdistas que, en los años cuarenta, se reunían con ellos para hablar de cosas tan peligrosas como la “justicia social” o apoyar a la España democrática. A Charles Chaplin le negaron la entrada a Estados Unidos por haber ayudado a reunir dinero para comprar comida y medicinas para los huérfanos de la Guerra Civil Española.
Trumbo fue uno de los Diez de Hollywood, grupo de guionistas que, acusados de comunistas, no podían trabajar con sus propios nombres en los estudios cinematográficos.
Después de once meses de prisión, Trumbo, quien se había negado a delatar a sus compañeros, declaró: “No me arrepiento. Si mañana me vuelven a llamar, haré lo mismo. Porque el día que entregue a un amigo para salvarme yo, ese día ya estoy muerto por dentro”.
Pero además agregó: “Me quitaron un año. Pero no me quitaron la pluma. Y mientras tenga pluma, voy a escribir. Aunque tenga que firmar con otro nombre”. Tiempo después escribiría el guion de la rebelión de los esclavos.
Y Kirk Douglas, quien interpretó al gladiador rebelde, exigió que en los créditos apareciera el nombre real de Trumbo. Fue el primero en romper la lista negra.
El tiempo en espiral
Casi diríamos que vivimos un tiempo repetido. Donald Trump y sus secuaces buscan repetir la era de oscuridad que significó el macartismo: la cacería de brujas bajo la acusación de comunismo.
Entre los presos estuvo también el padre de la novela negra estadounidense, Dashiell Hammett; y entre los perseguidos, las extraordinarias escritoras Dorothy Parker y Lillian Hellman. El FBI también vigiló a Ernest Hemingway, acusado de “comunista” y de “borracho peligroso”. Aun así, “Papá” ganó el Premio Nobel. Precisamente porque no pudieron quitarle la pluma.
Y también estuvo preso Howard Fast, el hombre que rescató a Espartaco.
La reunión de los fachos
Presidió el cónclave de los “antiterroristas” Marco Rubio. Asistieron unos treinta cancilleres y representantes de los países aliados de Trump.
Rubio habló del peligro del terrorismo de izquierda, mencionando a grupos como los Tupamaros, los Montoneros, Sendero Luminoso, el ELN o las FARC.
Cualquiera que tenga un mínimo de información sabe que ninguna de esas organizaciones se encuentra hoy en actividad y que, por ejemplo, un ex tupamaro fue presidente del Uruguay.
Creando al enemigo
Por más ignorante que sea el secretario de Estado de Estados Unidos, es elemental que sepa lo anterior. Entonces, el enemigo no está constituido por los fantasmas de los años sesenta o de los setenta. Tampoco es Antifa ni unas pocas bombas molotov.
Se trata de perseguir a los movimientos sociales, al feminismo, a la izquierda y a los movimientos anticapitalistas.
Nada nuevo bajo el sol. Donde no hay enemigo hay que crear uno y, esta vez, son dos, aunque los trumpistas tratan de fundirlos en uno solo: narcotráfico y terrorismo. Ninguno de los dos goza de buena prensa.
Pero el rótulo de “terrorismo” sirve para perseguir a los disidentes, apresarlos e incluso extraditarlos.
Una vieja historia
1992. El siglo XX ya se despide. “El verdadero error que cometimos fue desarmar demasiado rápido los movimientos terroristas nacientes en los noventa en Bolivia”, me dijo “Jorge”, un oficial de la Policía antiterrorista a quien contacté para mi libro sobre el Ejército Guerrillero Túpac Katari.
Los whiskys habían aflojado la lengua del jefe de agentes, quien concluyó:
“Hubiéramos vivido mucho más tiempo con plata y apoyo si dejábamos que esos locos se desarrollaran un poco más. Hay que pensar también en el negocio, jovencito”.
Y este es uno de los motivos por los que los halcones gringos están tan interesados en una nueva organización mundial para luchar contra el “terrorismo”: allí habrá financiamiento.
Pero para Donald Trump el resurgimiento de la Doctrina de Seguridad Nacional va mucho más allá de engordar la burocracia. Como decíamos arriba, se trata de tener el justificativo necesario para combatir las movilizaciones sociales contrarias a su política y a los gobiernos de ultraderecha aliados.
El caso boliviano
Bolivia es un conejillo de Indias pequeño y barato. En ese país se dio el primer golpe de Estado por “fraude electoral”. Luego se repitió el experimento, por suerte sin éxito, en el Capitolio y en Brasil cuando Lula ganó.
Y ahora, como no se puede castigar que la gente salga a las calles —porque eso es libertad de expresión—, se utiliza una palabra que puede resultar más que ambigua: terrorismo, delito que además tiene una pena mayor.
La vieja excusa
¿Qué permite esta denominación? La historia es larga. Pero, si de documentos se habla, los archivos de la Ojrana rusa tal vez sean los más útiles.
La policía política zarista infiltró a veintiséis mil agentes entre los diferentes grupos revolucionarios. La misión de estos topos era delatar a sus compañeros para que fueran apresados, informar dónde se encontraban las imprentas que editaban periódicos y panfletos subversivos y, aquí viene lo más terrible, dividir a las organizaciones y alentar atentados terroristas.
En el caso de la división, la policía secreta encargó a su agente mejor pagado, Román Malinovski, que hiciera hasta lo imposible para impedir que bolcheviques y mencheviques volvieran a unirse. Gran orador, Malinovski era obrero metalúrgico. Se inscribió en el partido en 1906 y llegó a ser presidente de la bancada bolchevique en la Duma en 1912, el mismo año en que fue apadrinado por Lenin para ingresar al Comité Central del Partido.
En el caso de los atentados, el elegido fue Yevno Azef, nada menos que el líder de la Organización de Combate del Partido Social-Revolucionario. La policía avisaba a su topo qué objetivo debía atacar y luego desataba una persecución sin piedad, no solo contra los partidarios del terror, sino contra todo el movimiento social.
Después de las bombas, el gobierno decretaba el estado de sitio y podía apresar, sin orden judicial, a quien quisiera y enviarlo a Siberia.
Todo se descubrió cuando, después de la Revolución de Octubre, los revolucionarios en el poder lograron apoderarse de los archivos de la Ojrana.
El autor de ¿Qué hacer? no era un hombre al que se sorprendiera fácilmente ni alguien dispuesto a cambiar de opinión con facilidad. Ya había rechazado los rumores que circulaban antes de la insurrección sobre la condición de agente de Román Malinovski y los había calificado de simples chismes. Pero los archivos ya no dejaban dudas: Malinovski, que en el partido usaba el seudónimo de Ernest, trabajaba para la Ojrana, donde era conocido como Potnoy, es decir, “Sastre”. Y no era un simple infiltrado: era el agente mejor pagado de toda la organización.
Trotski ya lo tenía en la mira. Lo hizo regresar y, para que no existiera la tentación de perdonarlo, lo llevó ante un tribunal revolucionario que lo condenó frente a un pelotón de fusilamiento.
Mientras tanto, antes de la toma del Palacio de Invierno, Yevno Azef recibía órdenes para realizar atentados que justificaran la persecución.
Hoy varios dirigentes de los bloqueos en Bolivia están presos acusados precisamente de terrorismo. Trump hizo la receta y sus seguidores en Bolivia prepararon con ella la comida.
Y para ello se recurrió a otro viejo guion. Como en el golpe de 2019, cuando una marcha que gritaba “El Alto de pie, nunca de rodillas” fue convertida en un video que reemplazó esa consigna por “Ahora sí, guerra civil”, durante el conflicto se difundieron imágenes de campesinos armados con viejos fusiles.
La clase media conservadora sufrió un temblor.
El objetivo
Trumbo lo dijo: “No ganan cuando meten a uno preso; ganan cuando mil deciden callarse”. Y agregó: “La pregunta no es si eres culpable; la pregunta es si tienes miedo”.
Y, sin embargo, esos hombres y mujeres perseguidos hicieron obras de arte que pasaron a la posteridad porque no callaron pese a la persecución.
Otro de los perseguidos por el macartismo fue Arthur Miller, quien en Las brujas de Salem escribió: “Hay veneno en Salem. Somos lo que siempre fuimos y, sin embargo, de repente es pecado ser lo que somos”.
Pero eso es lo que construye la historia, que recuerda mucho más a Espartaco que al general romano que lo venció.
Porque, como decía Trumbo, la represión solo funciona si la gente tiene miedo; sin miedo, se derrumba. Volvamos a Miller: “La histeria es como el fuego en el horno. Si no se alimenta, se apaga”.
Nuestros mayores no callaron. La policía secreta rusa no pudo detener la revolución. El capitalismo sobrevive precarizando las condiciones de vida de miles de millones de personas. Los perseguidos triunfaron, también en la cultura, y el miedo no es eterno. No lo fue y nunca lo será.