Poco a poco la cámara se acerca hasta el solitario basurero en el baño principal. El camarógrafo se toma su tiempo en el zoom in y luego se detiene en un plano detalle. Un arrugado preservativo sobre papeles también estrujados está en el centro de la toma.
Es muy fácil imaginar el bolero que se armó, con amenazas de poner todo el pasado en una maleta y abandonar el espacio compartido. La frase de él podría entrar en un record Guiness de lo increíble: “Amor lo que pasa es que me puse el condón para masturbarme”. Como ella no come vidrio y sabe que no se puede embarazar a la mano ni contagiarse por esa vía de enfermedades de transmisión sexual, su respuesta incluía varios adjetivos calificativos de grueso calibre. Y entonces, él monta en furia: la golpeó e intentó ahorcarla. Acababa de iniciarse un drama que tendría al país y a una variada tribuna latinoamericana con los nervios en punta y el rating a tope por varios días.
Ya los medios la llaman la Telenobeller, y es que tiene todos los componentes del drama: muerte, sexo, dinero y poder.
Y en el centro: la construcción de relatos, de novelas como las llamaría Rodrigo Paz, y una derecha que acaba de descubrirse desnuda frente a la historia.
Qué difícil que es ocultar la verdad
Tapar una mentira sólo logra generar nuevas falsedades hasta que la farsa se vuelve tan grande que nadie cree nada.
A Rodrigo Paz le hubiera convenido seguir callado, o, mejor aún, decir: “sí, él fue un consultor ad honorem y me dio muchos consejos. Lamento lo que le está pasando y espero que la investigación judicial determine la verdad”.
Pero no, el primer mandatario, en esto también, actuó con la sutileza de un elefante en una cristalería: se hizo el del otro viernes, dijo que Cerimedo sólo ayudó en la campaña y los primeros meses. Y la catarata de fotos y de audios le explotaron en la cara. Hay grabaciones hasta del 7 de junio cuando finalizaba el bloqueo. No es poco lo que dice ahí. Con sangre fría propone “sacarles la mierda a los del Chapare”. Es decir, entrar a sangre y fuego en esa región bajo el pretexto de que son narcotraficantes y buscando detener a Evo Morales aunque eso llene el Trópico de sangre.
Pero Paz además propone “construir la novela” es decir guionizar la realidad con la finalidad de que el pueblo (al que, finalmente, él desprecia) le apoye.
A estas alturas del partido uno se pregunta si Paz y Cerimedo estudiaron política, porque por lo que se ve ignoran de la mesa la media de un arte que requiere más que pinta y buena verba saber leer los ríos subterráneos.
Creerse la novela
Cuando uno construye narrativas, es decir versiones de la realidad para
que el público crea tal o cual cosa, debe tener en claro que esta no es la verdad. Enamorarse de ella es caer en un gran error. Mario Vargas Llosa decía: “Las narrativas son las mentiras que nos contamos para que la realidad nos duela menos”, o mentiras para que la gente vote o nos apoye.
Durante el conflicto de los 53 días de paro la narrativa fue: “Detrás de esto está Evo Morales y el financiamiento viene del narcotráfico”. Era un discurso sobre todo para la exportación, es decir para los gringos de Trump empeñados en fusionar terrorismo con el comercio de drogas.
La idea de que Evo Morales ordenó a sus huestes bloquear y que estas pusieron piedras en el camino por dinero no es seria. Tal vez sirva para propaganda en la atemorizada clase media pitita, pero cualquiera que conozca a la Bolivia profunda sabe que determinaciones como los bloqueos son tomadas en asamblea y que se necesita de la aquiescencia de la comunidad, entre otras cosas porque el corte de ruta significa la inversión de mucho dinero comunitario.
La verdad es que quienes votaron por Rodrigo Paz, y sobre todo por Edman Lara, lo hicieron creyendo en sus promesas de no prestarse plata del FMI y no privatizar las grandes empresas estatales. Rodrigo había prometido que se acabarían las colas de gasolina y que el dólar estaría estable. No cumplió. Y con mayor velocidad que en otras regiones la gente salió a castigarlo. No ver esto es no saber por dónde solucionar los problemas.
En este tipo de lectura que la derecha tiene de la realidad boliviana es donde está la esencia de por qué no puede ver el tsunami que pronto le caerá encima. En el fondo desprecian profundamente a la gente y creen que se trata de “inventar una novela” como le diría Paz a Cerimedo. Idea complementada por: “Las novelas no van de acuerdo a la expectativa de la gente sino de lo que uno quiere vender en la novela. La narrativa la armamos nosotros…”.
El problema es cuando, como hoy, la gente ya no cree en esa narrativa ni en ninguna que diga el presidente a quién la inmensa mayoría de los bolivianos tacha de mentiroso. La reciente encuesta de Ipsos muestra que tiene 21 % de aprobación en las cuatro ciudades más pobladas del eje. Y en El Alto apenas 11 % lo que quiere decir que en el sector rural es menos todavía. Ningún presidente desde la reconquista de la democracia dio esos resultados tan bajos. Ni siquiera Jeanine Añez que se fue muy mal después de usurpar el poder.
El mal sin cura
“Sabe usted cuál es la peor enfermedad del mundo. Es una para la que no hay ni vacuna ni tratamiento, una que no se cura jamás, se llama cojudes” me dijo un día al salir de una entrevista don Guillermo Bedregal, el político movimientista.
Fernando Gabriel Cerimedo debe tener sus virtudes pero indudablemente la inteligencia emocional, y quizá de la otra, no figuran en el reparto que recibió de la naturaleza.
Resulta difícil de entender cómo una persona que se reclama agente de la CIA es capaz de contarle todo a su pareja y no darse cuenta de que lo están grabando. Más aún anotar cosas del intento de feminicidio e infanticidio en su celular y entregar éste conjuntamente con la clave para que se desbloquee.
Lo que sí sabía hacer el consultor argentino era usar la tecnología para cambiar la voluntad popular. Existen serios indicios de que las elecciones en las que ganó la ultraderecha fueron manipuladas desde el universo digital.
Y, aquí entramos más allá de la anécdota (que debo admitir que es muy jugosa) y entramos en el campo de lo trascendente: los bot sirven mientras la gente no sabe que es un bot. Las campañas de la ultraderecha funcionaron para amañar elecciones mientras la ciudadanía ignoraba que esto se hacía.
Con el Caso Cerimedo se descorre el velo y seguramente Brasil y México liderarán la toma de previsiones para evitar en el futuro el uso de bots, el cambio de las votaciones y la manipulación digital. El futuro de la democracia está ahí.
Claro, durante un tiempo en algunos sectores todavía existirá la “espiral del silencio”, es decir, debo pensar como la minoría. Pero una vez que el truco de cartas se revela ya nadie apuesta con el truhan.
Pero además todo este escándalo ha permitido ver el entramado de la derecha para hacerse del poder: beneficiarse con negocios, tan sucios como la gasolina basura. No les tembló la mano para destrozar el parque automotor boliviano con tal de enriquecerse.
El día en que perdieron la batalla
Por lo pronto la batalla cultural ha sido de nuevo ganada por la izquierda. Los fachos han quedado desnudados como el rey del cuento de nuestra niñez. Y eso deja una gran enseñanza: no basta con contar la “novela”, la gente debe creer el argumento, porque si no es otra narrativa la que aparece. En nuestro caso la palabra que lo resume todo es octubre. Lo dice la calle y no solo los callejones. Y la derecha más lúcida lo sabe. Algunos ya alistan maletas y otros están perdiendo el pelo pensando cómo deshacerse de Edman Lara y que en las nuevas elecciones gane Tuto Quiroga. Pero más de uno piensa que de momento han perdido el tren de la historia. ¿Logrará la izquierda tomar la locomotora y encarrilarla? o ¿vamos directo al despeñadero?
