viernes, septiembre 4, 2026

Bolivia ante una encrucijada: entre la restauración oligárquica y el surgimiento de una nueva izquierda

Bolivia atraviesa hoy una de las coyunturas políticas, económicas y sociales más complejas de las últimas décadas. No estamos simplemente frente a un cambio de gobierno o a una disputa entre partidos. Estamos ante una disputa por el sentido mismo del Estado Plurinacional, por el modelo económico que queremos construir y, sobre todo, por el futuro de las mayorías que históricamente han sostenido este país.

Considero que la crisis actual no tendrá una salida real mientras no se produzca un cambio profundo en la conducción política y en el proyecto de país. Bolivia necesita recuperar la capacidad de pensar su propio destino y dejar de aceptar que las decisiones fundamentales sean tomadas en función de los intereses de pequeñas minorías económicas.

La Constitución Política del Estado no es un papel cualquiera

Uno de los aspectos que más preocupa de la coyuntura actual es la amenaza de modificar la Constitución Política del Estado aprobada en 2009.

Aquella Constitución fue aprobada mediante referéndum con más del 60% de respaldo popular. Representó un momento histórico en el que amplios sectores de la sociedad boliviana —particularmente los pueblos indígenas, originarios y campesinos— participaron en la construcción de un nuevo pacto social.

Por eso, cualquier intento de modificarla no puede ser entendido simplemente como una decisión técnica o jurídica. Debe ser discutido por el conjunto de la sociedad.

Bolivia es un Estado Plurinacional. Es un país construido por sus pueblos, por sus trabajadores, por sus comunidades, por sus campesinos, por sus pueblos indígenas y por millones de ciudadanos que durante décadas fueron excluidos de las decisiones fundamentales.

Las minorías económicas tienen derechos y deben ser respetadas. Pero no pueden pretender que sus intereses particulares se conviertan automáticamente en los intereses de toda Bolivia.

¿Para quién se está gobernando?

Desde mi perspectiva, el actual gobierno de Rodrigo Paz está tomando un rumbo que favorece principalmente a sectores económicos dominantes y a determinados grupos empresariales, particularmente vinculados a la agroindustria y a los grandes intereses económicos.

La pregunta fundamental, entonces, es sencilla:

¿Para quién se está gobernando?

¿Para las mayorías que viven de su trabajo?

¿Para los jóvenes que estudian y buscan oportunidades?

¿Para los pequeños productores?

¿Para las familias que necesitan estabilidad económica?

¿Para los trabajadores?

¿O para quienes concentran capital, tierras y capacidad de decisión?

La política no debería convertirse en el instrumento mediante el cual una minoría económica determine el destino de la mayoría.

Y si existen denuncias de corrupción o de utilización indebida de recursos públicos, estas deben investigarse con absoluta seriedad y transparencia. El dinero del Estado pertenece a la sociedad boliviana y nadie debería apropiarse de él, independientemente de su cargo o filiación política.

El retorno de una lógica que Bolivia ya conoció

Lo que preocupa aún más es que el rumbo actual pueda significar el retorno de una lógica política que Bolivia conoció durante las décadas de 1980 y 1990: gobiernos alejados de las mayorías, multipartidismo convertido en reparto de cuotas de poder, concentración económica y una política cada vez más subordinada a intereses particulares.

No debemos olvidar que aquel modelo terminó provocando una profunda crisis de legitimidad y desembocó en la expulsión política de quienes habían gobernado bajo esa estructura.

La historia debería servirnos para aprender.

Bolivia no puede volver simplemente al pasado.

El problema no es solamente económico: es cultural

Existe algo todavía más profundo.

Cuando un modelo económico obliga a las personas a concentrarse exclusivamente en sobrevivir, se destruye algo fundamental: la capacidad de soñar y planificar el futuro.

Una sociedad en la que una persona debe preocuparse únicamente por llegar al final del mes difícilmente puede construir un proyecto colectivo.

¿Qué ocurre con nuestros jóvenes?

Estudian durante años. Se esfuerzan. Se forman profesionalmente. Muchos pasan gran parte de su juventud dentro de las universidades. Sin embargo, después de obtener un título, no encuentran oportunidades suficientes para ejercer aquello para lo que se prepararon.

Y entonces aparece una realidad dolorosa: profesionales que terminan buscando cualquier actividad que les permita sobrevivir.

Ese no puede ser el horizonte de Bolivia.

No podemos construir un país donde estudiar sea un sacrificio para terminar sobreviviendo.

El conocimiento debe convertirse en una fuerza productiva y transformadora.

La crisis también está generando una nueva generación política

Paradójicamente, las mismas condiciones materiales que están provocando frustración pueden generar algo nuevo.

Una juventud que observa cómo se deterioran sus oportunidades, que cuestiona el modelo económico y que ve cómo las promesas políticas se contradicen con las acciones de gobierno, tarde o temprano comenzará a buscar alternativas.

Por eso considero que Bolivia puede estar frente al surgimiento de una nueva generación de jóvenes revolucionarios.

No necesariamente una revolución entendida como violencia o destrucción, sino como una transformación profunda de las estructuras económicas, culturales, educativas y políticas.

Una generación que ya no quiera aceptar que su destino sea simplemente sobrevivir.

Una generación que quiera estudiar, producir, investigar, crear, gobernar y transformar.

La extrema derecha puede terminar provocando su propia contradicción

Cuando una sociedad es llevada hacia una posición extrema, también puede producirse una reacción desde el otro extremo.

Si Bolivia está experimentando un avance de políticas de extrema derecha, considero que también puede surgir una nueva izquierda con mayor fuerza.

Pero esa izquierda no puede ser una simple repetición del pasado.

No puede limitarse a reivindicar viejos liderazgos.

No puede repetir los errores del Movimiento al Socialismo.

Porque también debemos reconocerlo: el proceso de cambio fue traicionado desde dentro.

Áñez representó una ruptura traumática y profundizó la crisis política. Posteriormente, el gobierno de Luis Arce generó enormes decepciones dentro del movimiento popular. Y ahora el gobierno de Rodrigo Paz, desde una orientación distinta, corre el riesgo de llevar al país hacia un modelo que muchos bolivianos creían superado.

Por eso la nueva izquierda que Bolivia necesita debe ser crítica incluso consigo misma.

Debe aprender de sus errores.

Debe recuperar la ética.

Debe recuperar la capacidad de escuchar.

Y debe volver a colocar a las mayorías en el centro de la política.

El litio y los recursos estratégicos no pueden convertirse en una nueva historia de saqueo

Existe además una preocupación fundamental respecto a nuestros recursos naturales.

Bolivia posee litio, minerales y otros recursos estratégicos que pueden convertirse en una oportunidad histórica.

Pero también pueden convertirse en una nueva historia de dependencia.

Si Bolivia entrega sus recursos estratégicos sin condiciones adecuadas, sin transferencia tecnológica, sin participación nacional, sin industrialización y sin beneficios suficientes para el pueblo, estaremos repitiendo una historia que América Latina conoce demasiado bien.

No podemos permitir que Bolivia venda sus recursos a precio de “gallina muerta” mientras otros obtienen la mayor parte del beneficio.

La riqueza natural debe convertirse en conocimiento, tecnología, industria, empleo y bienestar.

El recurso no debe ser el final del proceso productivo. Debe ser el punto de partida.

La respuesta debe ser una revolución cultural

Por eso planteo una idea central:

Bolivia necesita una revolución cultural.

Una revolución cultural que transforme nuestra manera de pensar el país.

Que permita que nuestros jóvenes vuelvan a soñar.

Que convierta la educación en una herramienta de liberación.

Que reconozca los saberes de nuestros pueblos.

Que fortalezca la investigación científica.

Que impulse la creatividad.

Que genere una nueva ética pública.

Que nos permita dejar de importar recetas y empezar a construir soluciones desde nuestra propia realidad.

Pero esa revolución cultural necesita también una revolución económica.

Una economía que produzca.

Que industrialice.

Que genere empleo digno.

Que fortalezca al pequeño productor.

Que proteja al trabajador.

Que impulse a nuestros profesionales.

Que genere oportunidades para la juventud.

Y que distribuya de manera más justa los beneficios del crecimiento.

No basta con cambiar de gobierno: debemos cambiar el sentido del poder

El desafío histórico no consiste únicamente en sacar a un gobierno para poner a otro.

Ese sería un error.

El verdadero desafío es construir un nuevo proyecto nacional.

Uno que entienda que la política no existe para enriquecer a una élite ni para satisfacer los intereses de pequeños grupos de poder.

La política debe servir para satisfacer las necesidades de las mayorías.

Esa debería ser la medida de cualquier gobierno.

No cuánto favorece a sus amigos.

No cuánto beneficia a los grandes grupos económicos.

No cuántas promesas puede pronunciar.

Sino cuánto mejora la vida concreta de la gente.

Una nueva izquierda para un nuevo momento histórico

Si efectivamente está naciendo una nueva izquierda en Bolivia, esta debe ser diferente.

Debe ser profundamente democrática.

Debe ser popular sin ser populista.

Debe ser revolucionaria sin ser ingenua.

Debe ser nacional sin caer en nacionalismos excluyentes.

Debe ser indígena y plurinacional sin excluir a nadie.

Debe defender la soberanía de Bolivia sin cerrar las puertas al mundo.

Debe utilizar la ciencia y la tecnología sin someterse culturalmente a quienes las producen.

Y, sobre todo, debe ser capaz de construir.

Porque criticar es fácil.

Lo verdaderamente revolucionario es resolver.

Resolver el problema educativo.

Resolver el problema productivo.

Resolver el desempleo juvenil.

Resolver la dependencia económica.

Resolver la corrupción.

Resolver la desigualdad.

Resolver la falta de oportunidades.

El futuro todavía está abierto

Bolivia no está condenada.

La crisis no tiene por qué convertirse en derrota.

Puede convertirse en una oportunidad histórica.

Las sociedades cambian cuando las personas dejan de resignarse.

Y hoy existe una generación que comienza a preguntarse por qué debe aceptar un país en el que estudiar no garantiza oportunidades, trabajar no garantiza estabilidad y tener recursos naturales no garantiza bienestar.

Esa generación puede convertirse en protagonista de una nueva etapa.

Pero para hacerlo necesita ideas.

Necesita organización.

Necesita conocimiento.

Necesita ética.

Y necesita, sobre todo, recuperar la capacidad de imaginar un país diferente.

Bolivia necesita volver a soñar.

Y cuando un pueblo vuelve a soñar, también vuelve a luchar por aquello que considera posible.

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