viernes, septiembre 4, 2026

La izquierda: sin perder la memoria y reinventando el futuro

Mientras esperaba el bus de regreso a casa, después de una jornada intensa de trabajo, me quedé mirando esta imagen. Parada en una fila cualquiera, en medio del cansancio y de la rutina, la memoria comenzó a hacer lo suyo.

Pensé en la retórica cansada del desgobierno de Rodrigo Paz y de sus aliados de derecha, esos que se presentan como opositores, pero que terminan acompañando las mismas recetas que ya conocemos.

Y casi sin darme cuenta, aquella espera cotidiana se convirtió en un viaje por la historia reciente de Bolivia.

Recordé primero a Gonzalo Sánchez de Lozada. Recordé la llamada Guerra del Gas, la indignación de un pueblo frente a un gobierno insensible que entendía el país desde los intereses de unos pocos y que respondió a la protesta social con represión.

Más de sesenta vidas quedaron en el camino. Siete de ellas eran de vecinos de Ovejuyo y Chasquipampa. No son una cifra para mí. Son rostros, familias, barrios y recuerdos. Son parte de una herida que no se borra.

La caída de Goni no fue solamente la caída de un Presidente. Fue la expresión de una sociedad que había llegado al límite frente a un modelo político y económico que había dejado de escucharla.

Después vino Carlos Mesa

Recuerdo aquel gobierno y aquella Plaza Murillo cerrada en más de una ocasión, mientras un Presidente atrapado entre sus propias contradicciones parecía no encontrar el rumbo ni la fortaleza para ejercer el liderazgo que el momento exigía.

Finalmente, después de una profunda crisis política y social, Mesa dejó la Presidencia y el país entró en una nueva etapa.

Pero algo ya había cambiado para siempre

Las luchas de octubre habían puesto sobre la mesa demandas que ya no podían ser ignoradas: la recuperación de nuestros recursos naturales, la soberanía sobre el gas y la construcción de una nueva institucionalidad que reconociera a quienes durante décadas habían sido excluidos.

Un país comenzó a mirarse de otra manera. Recuerdo la inauguración de la Asamblea Constituyente y aquel desfile multicolor del 6 de agosto.

Yo estaba allí y pude mirar una escena que, para mí, resumía una transformación profunda.

Vi dignidad.

Vi inclusión.

Vi pueblos, naciones, identidades y culturas que durante décadas habían sido relegadas a los márgenes ocupando finalmente un lugar visible en el Estado.

Era la imagen de una Bolivia que comenzaba a reconocerse a sí misma. No era solamente un desfile. Era la representación de un país plural y diverso que empezaba a sentirse parte de la construcción de su propio Estado.

La Asamblea Constituyente fue parte de esa transformación y dio paso a una nueva Constitución Política del Estado, que reconoció el carácter plurinacional de Bolivia y amplió derechos y formas de participación históricamente postergadas.

Y luego llegó una de las decisiones que marcaron ese nuevo momento histórico. El 1 de mayo de 2006 se nacionalizaron los hidrocarburos.

YPFB volvió a ocupar un lugar central en la administración de nuestros recursos naturales y una mayor parte de la renta hidrocarburífera comenzó a quedarse en Bolivia para financiar inversión pública y políticas de redistribución social.

No se trataba solamente de petróleo y gas. Se trataba de soberanía, de recuperar para el Estado lo que durante años había sido entregado a intereses privados y transnacionales. Se trataba de que los recursos naturales pudieran convertirse en escuelas, caminos, hospitales, infraestructura y políticas sociales.

Y basta mirar alrededor para encontrar parte de aquellas transformaciones.

Una ciudad que también cambió…

Mientras esperaba aquel bus, vi también el maravilloso Teleférico desplazándose sobre La Paz. Ese mismo Teleférico que quienes desprecian los llamados «20 años» utilizan, paradójicamente, todos los días. Miles de paceños, paceñas y residentes lo utilizan para volver a sus casas, llegar a sus trabajos, encontrarse con sus familias o simplemente tomarse un api en una estación antes de continuar el camino.

Las obras, cuando son apropiadas por la gente, dejan de pertenecer a un gobierno. Se convierten en parte de la ciudad. Se convierten en parte de la vida cotidiana.

Y allí estaba también YPFB, como un recordatorio de lo que significó recuperar para el Estado la renta de nuestros recursos naturales.

2019: el quiebre…

Pero la historia no terminó allí. Llegó 2019. Llegó una crisis política profunda, una elección cuestionada, movilizaciones, violencia, una ruptura institucional y finalmente la salida de Evo Morales del poder.

Después vino el gobierno de Jeanine Áñez. Y con él volvimos a conocer la persecución política, la violencia y la represión. Bolivia volvió a quedar profundamente fracturada. 

Pero el pueblo boliviano volvió a votar y con su voto decidió recuperar la institucionalidad democrática y dar continuidad a un proyecto político que había nacido de las luchas sociales y de las demandas históricas de octubre.

Casi de repente pasó algo inesperado, impensado, increíble y eso fue la traición al proceso de cambio, encabezada por Luis Arce, irónicamente cuando volvió la institucionalidad democrática a Bolivia el 2020. La disputa interna fue irremediable y dolorosa. Y ojalá hubiera sido sólo la lastimera traición, sino que a eso se sumó una corrupción deplorable, junto a una administración deficiente.

Hoy, sin embargo, veinte años después de aquellas jornadas que cambiaron Bolivia, vuelvo a mirar la realidad desde una parada de bus.

Y me pregunto, ¿Cómo llegamos nuevamente hasta aquí?

El retorno de las viejas recetas

Hoy atravesamos una crisis de combustible sin soluciones concretas y responsables. Una crisis económica que golpea directamente a las familias. El costo de vida aumenta, el salario pierde capacidad adquisitiva y cada vez resulta más difícil garantizar una vida digna.

Mientras tanto, el gobierno insiste en una retórica que parece desconectada de la realidad cotidiana. Nos hablan de renacimiento mientras la gente hace filas.

Nos hablan de futuro mientras las familias hacen malabares para llegar a fin de mes. Nos hablan de libertad mientras crece la presión sobre quienes protestan.

Y cuando la gente se indigna, cuando reclama, cuando sale a las calles porque ya no encuentra respuestas, aparece nuevamente la tentación de responder con represión.

Eso ya lo vivimos. Lo vivimos con Goni. Lo vivimos antes de él. Lo vivimos en 2019.

Y no podemos permitir que vuelva a convertirse en una receta de gobierno.

Hoy vemos además cómo una YPFB que debería estar al servicio del interés nacional vuelve a estar amenazada por una lógica de privatización y entrega, donde el patrimonio público corre el riesgo de convertirse nuevamente en negocio de unos pocos, incluso de intereses extranjeros.

La historia parece regresar por la puerta de atrás. Pero, no vuelve exactamente igual. Vuelve disfrazada de modernidad, de libertad, de eficiencia, de inversión, de «renacimiento».

Y, sin embargo, debajo de los nuevos discursos aparecen viejas recetas: de menos Estado, más negocio privado; menos derechos, más ajuste; menos redistribución, más concentración; menos diálogo, más represión.

La memoria también es una forma de resistencia. Quizás por eso aquella imagen me hizo pensar tanto.

Porque mientras esperaba el bus, no solamente estaba mirando La Paz. Estaba mirando un pedazo de nuestra historia.

Vi las heridas de octubre 2003. Vi la Plaza Murillo cerrada.

Vi la Asamblea Constituyente. Vi las banderas y los rostros de aquella Bolivia diversa que comenzaba a reconocerse.

Vi la nacionalización de nuestros Hidrocarburos. Vi el Teleférico. Vi también 2019. Y vi, finalmente, la Bolivia de hoy.

Una Bolivia cansada, golpeada económicamente y nuevamente enfrentada a discursos que pretenden convencerla de que no existen alternativas. Pero sí existen. Porque Bolivia ya demostró que puede cambiar.

Ya demostró que puede recuperar sus recursos naturales, ampliar derechos, redistribuir riqueza, reconocer su diversidad y construir un Estado que no dé la espalda a las mayorías. También demostró que ningún gobierno es eterno y que ningún proyecto político está por encima del pueblo.

Por eso, recordar no significa vivir del pasado.

Recordar significa saber qué conquistamos, qué perdimos y qué no estamos dispuestos a volver a entregar.

Hoy la derecha vuelve a gobernar y pretende presentarse como el futuro.

Pero un país no construye futuro destruyendo sus conquistas ni entregando su patrimonio.

No se construye democracia acallando la protesta.

No se construye libertad empobreciendo a las mayorías.

No se construye desarrollo privatizando lo que pertenece a todos.

Y definitivamente no se construye un nuevo país olvidando a quienes dieron su vida por él.

Mientras llegaba el bus, pensé que quizás esa es nuestra principal tarea en este momento: recordar. 

Recordar para no permitir que nos vuelvan a contar la historia como si todo comenzara hoy.

Recordar para distinguir entre un verdadero proyecto de transformación y una vieja receta con un nuevo nombre.

Y recordar, sobre todo, que las mayorías nacionales ya hemos demostrado que podemos levantarnos.

Porque la historia de Bolivia no la escriben los gobiernos de turno… La historia la escribe su pueblo.

Claudia Herbas Siles
Claudia Herbas Siles
Politóloga y Diputada Nacional

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