La crisis continúa, se profundiza, expande, devasta. Ya no son sólo las olas de calor, todo ello deriva, también, en incendios e inundaciones.
De acuerdo al Sistema de Observación y Seguimiento Copérnicus, Programa de observación de la tierra de la Unión Europea, el mes de julio de 2026 fue el segundo más cálido jamás registrado. La temperatura media fue 1,47 °C superior al nivel preindustrial. En las series históricas, Europa Occidental vivió su período junio-julio más cálido, con una media de 21,62 °C.
Francia registró una segunda ola de calor con un saldo de 1243 muertes por encima de lo habitual, según la Agencia Nacional de Salud Pública, Santé Publique France (tres cuartas partes de las víctimas mortales fueron personas de 75 años o más).
En Estados Unidos, julio fue el mes más caluroso de su serie histórica, con una temperatura media cercana a los 25 °C, siendo un 1,8 °C mayor del promedio del siglo XX.
En Asia, al noroeste de Corea del Sur, luego de semanas de calor con temperaturas más altas registradas, los agricultores encontraron papas blandas y aparentemente cocidas al sacarlas de la tierra. The Independent informó que los agricultores reportaron cosechas sin productos aprovechables.
Todos estos eventos, en diferentes continentes, están relacionados directamente a la crisis climática que estamos viviendo y que no es un fenómeno temporal.
En una correlación positiva, las olas de calor vienen acompañadas de grandes incendios. En Europa, incendios en Huelva arrasaron más de ocho mil hectáreas, obligando a la evacuación de cientos de personas. En Valencia se dio otro incendio que demandó a la evacuación de miles de personas. Desastre que se suma a un año crítico para la península ibérica, en lo que va del año, en España se quemaron cerca de 200.000 hectáreas. Seis veces más que en 2025.
Más al norte, un incendio forestal afectó a la provincia de Lieja, en Bélgica, perturbando la región fronteriza con Alemania. En Francia, en el departamento de Gironda, los bomberos enfrentaron durante semanas la violencia inédita de incendios forestales masivos. Las llamas destruyeron decenas de viviendas, vehículos y más de 40.000 hectáreas de vegetación, llevando a la evacuación de más de 220.000 personas.
En la región mediterránea, medios locales griegos reportaron un incendió en la isla griega de Salamina que provocó muertos y centenares de evacuados.
En Canadá, en la Columbia Británica, se dio un incendio forestal de dimensiones y velocidad de expansión inéditas. Llevaron incluso a conflictos geopolíticos con su vecino, Estados Unidos, cuyo presidente amenazó con imponer aranceles adicionales, por el humo de los incendios que afectaron a ciudades como Nueva York, Detroit y Chicago.
Sin embargo, el incremento de temperaturas no sólo se traduce en incendios, también observamos precipitaciones e inundaciones excepcionales. Por ejemplo, en China, la temporada de tifones tuvo una variedad e intensidad sin antecedentes.
De acuerdo al Centro Meteorológico Nacional de China, el tifón Dolphin, número 13 en la temporada, golpeó con inusitada fuerza la costa este del país y tocó tierra en la provincia de Zhejiang con vientos de hasta 151 km/h. Toda la franja oriental de China sufrió el impacto del supertifón, que desató fuertes precipitaciones y vientos huracanados, con vientos sostenidos de 140 km/h; lo que llevó a las autoridades a activar la alerta roja, y evacuar a más de 1,6 millones de personas.
En nuestro continente, en México, las fuertes precipitaciones provocaron severas inundaciones en varias zonas de la Ciudad de México. Ante la emergencia, las autoridades activaron la Alerta Púrpura —el nivel máximo del sistema de alertamiento nacional— exclusivamente para la alcaldía Tlalpan, donde se registraron los mayores estragos.
Pero en Estados Unidos también se dieron devastadoras inundaciones. En el Estado de Indiana, a lo largo del río White, se dieron las peores inundaciones en más de 30 años, según información del Servicio Meteorológico Nacional. Ante la magnitud de la catástrofe (las autoridades confirmaron que la subida del nivel del agua batió un récord de 133 años), la Casa Blanca aprobó una Declaración Presidencial de Emergencia con hasta cinco millones de dólares para labores de rescate, instalación de refugios y entrega de suministros.
Paradójicamente, a la par de inundaciones se experimentan sequías de magnitud no vista previamente. En el Reino Unido, de acuerdo a la Agencia de Medio Ambiente británica, el 71.3% de los ríos del país enfrentaron situaciones de sequía. Las regiones de East Midlands, Lincolnshire, Northamptonshire, Kent, East Sussex, Solent y South Downs, entre otras, fueron declaradas oficialmente en sequía, afectando a 45 millones de personas, de las cuales 27 millones viven bajo restricciones de uso de agua.
En estas regiones se vivió el mes de julio más seco en 190 años. De acuerdo al responsable de sequía de la Agencia de Medio Ambiente, Tony Grayling, «Las condiciones de sequía están empeorando y continuarán haciéndolo hasta que veamos lluvias significativas y sostenidas». Los niveles de los embalses cayeron al 69 % (un 11,6 % por debajo de lo normal para esta época), mientras que el 22 % de los ríos presentó caudales excepcionalmente bajos.
En el continente europeo, el caudal de los ríos más importantes, incluidos el Rin y el Danubio, registraron niveles mínimos récord. Niveles que no sólo incidieron en la falta de agua para el riego y consumo humano, sino que también afectó al sector energético. Varios países se vieron obligados a detener los reactores de sus centrales eléctricas, afectando directamente al funcionamiento de todo el sistema en la región.
Un caso paradigmático lo encontramos en Rumania, donde la única central nuclear, la planta de Cernavoda que genera el 20 % de la electricidad del país, desconectó uno de sus dos reactores a fines de julio por falta de agua en el río Danubio, como declaró la empresa estatal de producción de electricidad en centrales nucleares, Nuclearelectrica. Más aún, buscando elevar el caudal del río su gobierno hundió cuatro barcazas, de forma controlada, cargadas con rocas.
La falta de precipitaciones también comenzó a afectar en nuestro continente. En Centroamérica, más específicamente en Panamá, se enfrenta una sequía mayor que afecta la circulación de naves en el Canal de Panamá y pone a las autoridades ante el dilema de lograr ingresos por el uso del Canal o asegurar el acceso al agua para su población. La sequía provocada por efectos tempranos del fenómeno de El Niño, con lluvias un 34% por debajo del promedio que afectan los embalses Gatún y Alhajuela, obliga a reducir el paso diario a 32 buques y limitar el calado. La tensión social se profundiza dado que los mismos embalses abastecen de agua potable a más del 50% de la población panameña.
Por el sur, en Chile, a contrapelo de lo habitual, la Región de Atacama, conocida por su falta de precipitaciones, calor intenso incluso en invierno y cielo despejado, sufrió una intensa nevada. El desierto más árido del mundo amaneció con un manto blanco de nieve. Una masa de aire frío y un sistema frontal de alta montaña generó la nevada, pero también desató violentas lluvias. Las intensas precipitaciones provocaron demoledores aluviones e inundaciones que llevaron a su gobierno a decretar estado de catástrofe en Tocopilla.
En Perú, el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) reportó precipitaciones que superaron máximos históricos en la costa central y sur, con registros sin precedentes en Lima y Tacna.
En la costa atlántica, a principios de agosto un tornado golpeó Brasil en el Estado de Rio Grande do Sul. Igualmente, Río de Janeiro fue puesto en alerta por fuertes vientos y avance de un ciclón bomba. Defensa Civil y la Alcaldía de Río emitieron una alerta urgente ante vientos de hasta 90 km/h en la región metropolitana y de 110 km/h en el interior del estado.
Para empeorar la situación, viene el fenómeno de El Niño.
Más allá de explicaciones y términos científicos, el fenómeno de El Niño se traduce en eventos climáticos (lluvias, sequías y vientos) con intensidad incrementada, de acuerdo al nivel de la temperatura de las aguas en el Océano Pacífico.
De acuerdo al mencionado Servicio de Cambio Climático de Copernicus, el 22 de agosto pasado los océanos del planeta registraron la temperatura diaria más alta desde que se tienen datos. Ese Programa de la Unión Europea que brinda datos abiertos y gratuitos sobre el clima, reportó una media de 21,1 °C en la superficie oceánica (excluyendo los polos), lo que rompió el récord del promedio de 21,09 °C que tuvimos en marzo de 2024. Estas cifras afectan directamente al fenómeno de El Niño, a la vida marina y al incremento del nivel del mar (el agua caliente se expande y ocupa más espacio). «Este récord es otra señal clara de que el océano está sometido a un estrés cada vez más grande», afirmó la doctora Samantha Burgess, subdirectora de Copernicus.
Igualmente, Jeremy Grist, investigador principal del Centro Nacional de Oceanografía en Southampton (Reino Unido), declaró: «El hecho de que ya estemos rompiendo récords es un indicador temprano de cuán fuerte se está volviendo El Niño […] Si todo sigue igual, podríamos esperar que el récord de temperatura oceánica se rompa nuevamente en marzo o abril de 2027».
Brindando algunos elementos de contexto, es importante tener presente que los océanos absorben más del 90 % del exceso de calor atrapado por las emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente por la quema de combustibles fósiles. Pero lo que se observa últimamente es que los océanos ya no solo se debilitan en su capacidad de absorción del calor, sino que ellos mismos comienzan a emitir calor. Mares más cálidos contribuyen a fenómenos climáticos más extremos. Aportan humedad y energía adicionales a las tormentas, y pueden intensificar las olas de calor en tierra en algunas regiones costeras al reducir el efecto refrescante de las brisas marinas.
De acuerdo a la Organización Meteorológica Mundial (OMM), es de esperase que El Niño se intensifique durante los próximos meses y algunos pronósticos sugieren que este fenómeno apunta a un evento histórico. Pero no son sólo los datos de la OMM, de acuerdo al último informe del Centro de Predicción Climática de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos, el fenómeno de El Niño continúa fortaleciéndose en el océano Pacífico y existe una probabilidad superior al 90 % que se consolide como un evento de gran magnitud durante el otoño-invierno de 2026-2027 en el hemisferio norte. Con la probabilidad de convertirse en el episodio más intenso registrado desde que comenzaron las mediciones oficiales en 1950.
La crisis climática está aquí y quien no quiera verlo que no vea. No será por falta de información que nos juzgue la historia.
¿Qué se puede hacer frente a estos escenarios?
Por supuesto que ya hay debates, programas, políticas, indicadores, metas que buscan atacar el problema; pero son medidas que se ven lejanas de la población, tan de instituciones, tan de burocracias que, al final, desincentivan cualquier reacción o iniciativa que provenga de la sociedad civil. Se hace necesario salir de la dinámica perniciosa y circular de discursos-catástrofes-damnificados-muertes-declaraciones-discursos. Esa dinámica de pretender cambiar todo para que nada cambie.
Europa lleva décadas calentándose aproximadamente el doble de rápido que el promedio mundial. Ahora sus autoridades empiezan a planificar las infraestructuras en base a escenarios que superan las proyecciones anteriores del calentamiento global (SSP2-4.5, en términos técnicos); es decir que entendieron que, aunque discursivamente intentan limitar el calentamiento global, las carreteras, hospitales, redes eléctricas o sistemas de abastecimiento que se están construyendo o se piensan construir a futuro, deberán resistir condiciones climáticas considerablemente peores que las actuales. Comienzan a tomar medidas prácticas, inmediatas, más allá de la retórica de “todavía podemos controlarlo”.
Por otro lado, el presidente chino, Xi Jinping, instó a llevar adelante un cambio de paradigma en la gestión de desastres naturales, abogando por un enfoque centrado en la prevención en lugar de la respuesta posterior a la catástrofe. Subrayó la necesidad de integrar seguridad y resiliencia en la planificación de su país. Los datos ya preocupan a algunos dirigentes del mundo.
Es importante comprender las causas, las fuentes del problema; buscar cambiar la dinámica mayor, la causa raíz no sólo de la degradación ecológica y la crisis climática, sino de la desigualdad, la pobreza en la cual sumimos a la mayoría de la población mundial y la neurosis generalizada catalizada por un consumismo atroz; pero, simultáneamente, debemos actuar de inmediato.
Un pequeño paso, pero sustantivo, es cambiar el enfoque y las palabras con las que se están enfrentando el problema. La palabra importa. Se tiene que dejar de hablar del Cambio Climático; se trata de un eufemismo que desarma y desmoviliza. Es necesario declarar que estamos frente a una Crisis Climática; ya no es un cambio, ya no son proyecciones a futuro ni es un proceso que tendrían que enfrentar las generaciones futuras. Es una crisis en la cual estamos ya inmersos y que no tiene reversibilidad, por lo menos hasta fin de siglo. No se trata de adoptar posiciones catastrofistas, pero es necesario asumir el espíritu de urgencia que la dimensión del fenómeno exige.
Si dejamos de hablar de un cambio climático, también tendríamos que dejar de denominar “desastres naturales” a todos los desarreglos/desastres/catástrofes/calamidades que estamos viviendo.
Parece poco, pero este cambio de enfoque es fundamental. Tenemos que comenzar a llamar las cosas por su nombre. Ya estamos viviendo esta crisis. Los científicos señalan que las temperaturas extremas que vivenciamos en distintas partes del planeta no son algo pasajero ni acotado, también nos dicen que los calurosos días actuales serán días templados en el futuro, nos muestra que estamos en los inicios de un proceso de décadas. Por eso la necesidad de reconocer la urgencia y nombrarla.
Como dice el experto climatólogo, Raúl Cordero, en una entrevista con BBC News Mundo, “El planeta en el que nacimos ya no existe”. «No vamos a recuperar, al menos en un futuro previsible, el clima y la atmósfera que ya hemos perdido», dice quién trabajó durante años en Chile y que realizó diversas investigaciones en la Antártida. Actualmente es profesor en la Universidad de Groninga, en los Países Bajos.
Declaraciones ratificadas por el profesor Jorge Olcina, director del Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante: “Llevamos desde 2020 en una nueva normalidad climática que se caracteriza por el calor continuado, tanto por la mañana como por la noche. Llevamos años experimentando una subida progresiva de noches muy calurosas, pero este año ya son excesivas. El calor que estamos viviendo ya no es algo puntual, sino que se va a ir manteniendo o intensificando en las próximas décadas.”
“Me preocupa que el proceso va más rápido de lo que parecía hace 15 o 20 años. Los primeros modelos de cambio climático a principios de siglo marcaban horizontes en la segunda mitad de siglo. Ahora estamos viendo que hay umbrales que estaban previstos para finales de siglo que se van a dar en menos de 10 años”, confirma el experto.
Si se trata de un fenómeno que no es pasajero, que nos acompaña el día a día, también tendría que ser un tema y debate de nuestro cotidiano. Queda claro que es necesario hablar de las crisis económicas, la inflación y el incremento de los precios; pero igual es necesario hablar de esta crisis climática (luego veremos que ambas crisis están íntimamente relacionadas).
Ya que todavía no se trata el tema en el seno de las familias, podemos comenzar por lograr cambios en la educación y los colegios. Se hace imprescindible que la Crisis Climática y sus efectos actuales, sea parte curricular de todas las escuelas y colegios.
Revisando el currículo de primaria y secundaria, encontramos que en los planes y programas de educación primaria comunitaria vocacional sí se toca el tema dentro del campo vida-tierra-territorio, área de ciencias naturales. Con ello se busca, como perfil de salida, que él y la estudiante Reflexiona críticamente sobre las consecuencias de la acción humana en la estabilidad del medio ambiente, proponiendo acciones de reducción del riesgo y adaptación al cambio climático. Entre los contenidos curriculares se hablan sobre el calentamiento global y resiliencia al cambio climático, agua segura y sus beneficios para la vida.
En el currículo de Secundaria encontramos contenidos más explícitos en los planes y programas. Existe un bloque llamado “efectos del cambio climático en la madre tierra”; entre las causas y efectos nombran la deforestación, gases de efecto invernadero y medidas de mitigación y adaptación al cambio climático, además de energía verde. Sin embargo, no se trata la urgencia e inmediatez del problema. Todavía se lo toma como un problema con consecuencias futuras. Por ello la necesidad de un enfoque de Crisis Climática vigente.
A nivel de educación superior, técnica, de grado y post grado, la Crisis Climática tendría que ser materia transversal de todas las carreras universitarias y de los estudios técnicos, con énfasis en el aspecto específico de cada profesión frente a la crisis climática. También se podrían conformar brigadas de descontaminación y de reforestación en cada carrera o cada centro de estudios.
Igualmente, asumiendo (como ya lo hacen muchos Estados) que la crisis climática es un tema de seguridad, y que el agua y los alimentos son recursos estratégicos fundamentales, se tendría que repensar y reorientar los objetivos y funciones de las Fuerzas Armadas. Sólo como ejemplo, se podría aprovechar de mejor manera los recursos humanos y la energía de toda la juventud que cumple con el servicio militar obligatorio, capacitándolos con orientación a enfrentar la crisis climática.
Actualmente existen en las Fuerzas Armadas las Unidades, como el Comando Conjunto de Respuesta a Eventos Adversos (CCREA), destinadas a la protección ambiental y al combate de incendios forestales; con la función principal de prevención, mitigación y combate directo de desastres naturales a nivel nacional, con énfasis en incendios forestales e inundaciones. Pero, como dice literal, en una concepción de desastre naturaly, por lo tanto, un enfoque de fenómenos eventuales, coyunturales. Lo propio ocurre con la Unidad Militar Ecológica y de Emergencias (UMEE).Se trata de ejemplos puntuales que buscan mostrar la amplia gama de posibilidades para una acción inmediata. Acciones que sólo requieren de una mayor actualización y decisión política. Luego podremos debatir temas estratégicos, pero si no contamos con la sensibilidad y concientización suficiente, de nada valdrá cualquier retórica teórica.
