“Al pobre se la cae el pan con la mantequilla hacia abajo”, escuché decir una vez. Recordé el dicho cuando, hace horas apenas, se dieron las explosiones en un cuartel militar en Viacha. Las más de las veces, los que pagan los platos rotos, son las y los de abajo. En el caso de la tragedia de Viacha la lista de víctimas se escribe con los apellidos indígenas; jóvenes conscriptos hijos de esas madres del pueblo que mandan a sus seres más amados a hacer el servicio militar. Como cuando se dan enfrentamientos en la ciudad de El Alto: caen los alteños que poco tienen que perder. Cae con un disparo una niña que se acerca a una ventana en el corazón de Senkata. Cae el joven Mamani o Condori al que los policías le revientan el rostro por órdenes de algún coronel. Como cuando un avión repleto de dinero se desliza e impacta contra autos, buses, peatones, vendedoras: pagan con la vida los humildes que están vendiendo en la lluvia, los alteños que se están batallando en las calles. Y cuidadito se vayan a alzar billetes en la zona del desastre. Ay, estos alteños.
Se cae el pan con la mantequilla hacia abajo para los que levantan sus viviendas al borde de los ríos porque no tienen para comprar una propiedad en un barrio privado. Sí, se saltaron las normas y cuando remueven la tierra o cuando las lluvias furiosas de inicio de año pisotean zonas completas llevándose las viviendas clavadas en los cerros se pierden los muebles baratos, el ropero con sus abrigos, la plata y los documentos, los bañadores, los juguetes, las ollas, la tele… El pan con la mantequilla hacia abajo en las zonas donde la minería ilegal e impune lo contamina todo y deja desnuda la tierra de los humildes que ven en el barro lo poco que se ha juntado.
Se cae el pan con la mantequilla hacia abajo para productores campesinos que juntan la papa y se quedan con las más pequeñas, con las que tienen gusanos, con las que no pueden mandar a las ciudades por feítas. Esas serán parte de su alimento. No están entre los principales autores del cambio climático, pero son los primeros en la lista de los afectados. Los malos tiempos para los cultivos vienen solos: ni fondos de compensación ni mensajes de solidaridad. Ni pan ni mantequilla cuando no se cosecha la papa.
Se cae el pan con la mantequilla hacia abajo para los pequeños comerciantes que no tienen ni salario ni aguinaldo ni quinquenio ni seguro de salud y aplanan las calles con su montonera de ganchos, con sus cajas de helados, con sus canastas de llauchas que se parquean en una esquina. Pagan alquiler o levantan tres comidas si hay venta. A diferencia del Gobernador paceño y sus asambleístas, no se pueden subir su sueldo a Bs. 18.500 porque la crisis económica se ha puesto muy dura.
Se cae el pan con la mantequilla hacia abajo a los transportistas de abajo que agarraron la manía de pasar noches enteras y fines de semana o feriados en una fila interminable para llegar a la manguera de una gasolinera. La impotencia les hace llorar frente al periodista que llega a tomar el pulso para difundirlo en directo por un canal de televisión. Primero se preguntaban: “¿cuándo va a solucionar esta situación el gobierno?”. Esta semana la teleaudiencia vio a un chofer impotente que sentenció: “ya no va a haber solución, así nomás vamos a vivir ahora”.
Se cae el pan con la mantequilla hacia abajo a ese jubilado que camina las calles buscando la ecuación que le estire su dinero para llegar a fin de mes. Carne no es, pollo, tal vez, vete al mercado y verás lo que no es. ¿Será jubilada esa señora que ocupa un asiento de minibús con dos bolsas de mercado, un atado y su tejido en plena ejecución? ¿Y será jubilada la abuelita sin dientes que extiende su mano lastimada por la vida y el abandono frente a un semáforo del centro histórico? ¿Habrá conocido algún bono? ¿Cuándo comió pan con mantequilla? ¿Dónde dormirá esta noche?Hace poco, un policía de caseta pegada a una casa bien pintada sale apurado a comprar su almuerzo a dos cuadras de su oficinita verde. Pensión con cartel en la puerta. Sopa de fideo y falso conejo a Bs.15. El policía vuelve a su caseta casi corriendo sosteniendo su bolsa de sopa y su plato de plástico con su falso conejo. Cruza la calle. Comienza a subir apurado las gradas de la calle empinada. Tropieza. Su almuerzo vuela por los aires. No hay nada que hacer, los fideos terminan en cualquier lado, las papas se estrellan entre dos escalones, revienta la bolsa de la sopa. El uniformado mira silencioso el desastre. No vuelve a la pensión. Se va a meter en su caseta resignado. No se le cayó el pan con la mantequilla hacia abajo; su almuerzo se hizo trizas. Qué retrato de la patria.
