El anticapitalismo tiene múltiples variantes; las más importantes se concentran en el rechazo al capital privado y al nivel de poder que este ha alcanzado sobre los Estados y gobernantes. Esta lectura es importante, pero reduce el capitalismo al capital y al poder. Por ello, los movimientos en diferentes partes del planeta, incluido nuestra Bolivia, tienden a maximizar la “nacionalización”, la “estatización” y la “expulsión del capital”. En sí mismos, estos hechos reescriben constantemente la historia, pero tienen la limitante de ver al capitalismo solo en su fuente primaria y no en su razón de ser: el capitalismo es un sistema organizador de la vida, de la cultura, de la producción, de la política, del poder, de la justicia, de la religión, de la propiedad, de la explotación, de la apropiación de la riqueza, de las relaciones sociales, de las relaciones internacionales y del uso de la violencia militar, policial, judicial y simbólica, también es sentido común fetichizado. Es decir, el capitalismo, en su acepción histórica e integral, es una forma civilizatoria, pero en su versión decrépita.
Este capitalismo contemporáneo, el que nos envuelve y rodea en nuestra cotidianidad, emergió de las cenizas del nazismo y el fascismo tras la Segunda Guerra Mundial. Esta versión criminal fue derrotada militarmente por las tropas soviéticas, los poderes fácticos del capitalismo comprendieron que el sentimiento universal era antinazi-fascista; por ello, coadyuvaron a condenar moral y jurídicamente a los regímenes políticos liderados por Mussolini y Hitler para “curarse en salud”, como decimos popularmente. Sin embargo, nunca sancionaron al nazi-fascismo como sistema, porque lo consideraban una variante dentro del capitalismo, necesaria e imprescindible para reprimir a su opuesto civilizatorio: el socialismo.
En nuestro continente, el capitalismo mercantil desembarcó en las costas del Caribe en 1492 y se impuso mediante la violencia monárquica colonial. La religión, en sus versiones católica y protestante, fue el medio para legitimar dicha violencia e instaurar todo un sistema civilizatorio de genocidio social y cultural, explotación social y saqueo de nuestros recursos naturales y saberes. El colonialismo capitalista mercantil se impuso a través de la espada, el cañón y la cruz cristiana.
Las nacientes repúblicas independientes de nuestro continente se erigieron sobre las estructuras del colonialismo racial, capitalista mercantil; es decir, fueron los códigos territoriales, políticos, culturales, económicos y religiosos los que definieron la continuidad del sistema civilizatorio, pero por la vía del republicanismo teóricamente independiente.
El capitalismo en nuestra Bolivia es la herencia de la invasión española y la fuente primaria para constituir el Estado oligárquico minero-feudal. Desde mediados del siglo XIX, los grupos políticos, militares y mineros de la plata construyeron vínculos de dependencia con el Estado chileno y la oligarquía anglochilena: cedieron la posesión y el control territorial mediante la invasión silenciosa del departamento del Litoral (conformado por Antofagasta, Tocopilla, Mejillones y Calama), y otorgaron concesiones de explotación del guano, el salitre, yacimientos de cobre y complejos de plata a empresas anglochilenas. Aquella oligarquía extranjera validó con la invasión su posesión previa de nuestro territorio. No hubo Guerra del Pacífico (1879) en el sentido estricto del hecho militar, los grupos de poder nunca defendieron militarmente nuestro territorio; capitularon, su acto antinacional nos enclaustró y dejo que nos cercenaran territorialmente. Sobre este drama, la oligarquía minera de la plata se erigió como propietaria de nuestra Bolivia.
La denominada Guerra Federal (1899) fue más bien una disputa entre fracciones de mineros, comerciantes y latifundistas por la sede de la capital. Los liberales, apoyados por el ejército indígena de Zárate Willka, derrotaron a los conservadores; sin embargo, para consolidar su control del gobierno, asesinaron a los indígenas que se habían movilizado en defensa de sus territorios y autoridades originarias contra la oligarquía de la plata y los latifundistas. El general Pando, reconocido por la historia oficial del republicanismo colonial como líder liberal, ordenó en su primer acto como presidente el asesinato de Zárate Willka y de su Estado Mayor Indígena; su segundo acto fue la capitulación militar y diplomática ante la oligarquía de la goma brasileña, con lo que nos volvieron a cercenar territorialmente el Acre.
Sobre esta estructura se erigió la oligarquía minera del estaño. Liberales, conservadores y republicanos —lobos de la misma camada del capitalismo mercantil— se alternaban en el gobierno para defender el orden social, político, económico, religioso y racial mediante el uso de la violencia militar y policial, asesinando a mineros e indígenas. En pleno auge del Estado oligárquico minero se produjo la tercera pérdida territorial: el Chaco Boreal, tras la derrota en la Guerra del Chaco (1935) con Paraguay y la empresa petrolera inglesa Royal Dutch Shell.
El capitalismo mercantil, colonial y racial, que se erigió como lógica civilizatoria republicana, se apropió del Estado su clase dominante nunca tuvo una visión universal del territorio nacional. Para ellos, la patria eran sus propiedades mineras y latifundios, y el control del gobierno y de la justicia. Sus instrumentos de dominación fueron la explotación de la riqueza y de nuestros pueblos, para ello tenían el control represivo de militares, policías y la justicia, todos imbuidos de la religiosidad del invasor: el catolicismo.
Los movimientos indígenas de Zárate Willka, de los ayllus de Jesús y Andrés de Machaca, de los mineros de la Patiño Mines and Enterprises Consolidated, y el Congreso Indigenal impulsado por los campesinos, cada movimiento fue reprimido, asesinados y masacrados. Los movimientos, en su respectiva temporalidad social, interpeló al republicanismo colonial y racial, al capitalismo mercantil minero-feudal y al sistema de creencias; la validez del orden social y político estaba cuestionada. El anticapitalismo, como sustrato de estos movimientos, no se reduce al capital, sino que interpeló al capitalismo en su esencia civilizatoria, colonial, racial y explotadora. Esa es la trascendencia de la lucha de los pueblos y obreros.En el próximo artículo desarrollaremos las luchas anticapitalistas desde mediados del siglo XX hasta el presente.
