viernes, septiembre 4, 2026

La batalla cultural choca con la vida cotidiana

El feminismo dejó huellas más profundas de lo que parece

Por Sonia Tessa

La socióloga Silvina Ramos analiza los resultados de una investigación nacional que encontró amplios acuerdos en torno a la igualdad de género, los derechos sexuales y reproductivos y el rol del Estado, pese a la ofensiva del gobierno nacional.

Nació a raíz de una “especie de pasmo” ante las afirmaciones violentas de Javier Milei sobre temas que la sociedad argentina viene construyendo desde hace décadas en cuanto a violencias machistasigualdad de género y derechos sexuales y reproductivos. Entonces, desde el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), decidieron hacer lo que mejor saben hacer: preguntar. Cuando empezaron a llegar los primeros resultados, sintieron “algarabía”. Como se vio en los últimos días con el debate social sobre la ley de tierras, hay temas que forman parte de consensos colectivos que van más allá de los gobiernos. Por eso, Silvina Ramos, socióloga de CEDES, considera que “la batalla cultural es del gobierno, no de la gente”. 

El estudio que elaboraron se llama “Nos une más de lo que creemos” y el equipo estuvo integrado por investigadoras del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), ELA y Luis Costa & Asociados. Realizado durante 2024, combinó una encuesta nacional a dos mil personas con grupos focales en distintas regiones del país para conocer el grado de adhesión a las agendas de género y derechos sexuales y reproductivos, las razones de esos posicionamientos y el lugar que esos derechos ocupan en la vida cotidiana.

Los resultados sorprendieron incluso a quienes impulsaron la investigación. Lejos de mostrar un corrimiento masivo hacia posiciones conservadoras, el estudio encontró que el 79 por ciento de las personas prefiere un Estado que brinde más servicios públicos antes que uno más pequeño; cerca del 90 por ciento considera que el Estado debe involucrarse mucho o bastante para reducir la pobreza y garantizar una educación de calidad y más del 70 por ciento respalda su intervención para prevenir el embarazo adolescente y garantizar la educación sexual integral. Las diferencias entre mujeres y varones existen, pero son de intensidad más que de orientación: los consensos atraviesan a la sociedad argentina. 

—¿Qué pregunta surgió como ordenadora para encarar este estudio?

—Veníamos de décadas de construir colectivamente acuerdos en torno a distintas agendas: los derechos humanos, la igualdad de género, el reconocimiento de derechos. Era un proceso con avances y matices, pero donde la sociedad argentina parecía consolidar determinados consensos. Con la llegada del gobierno de Javier Milei hubo un quiebre muy brusco, tanto en el discurso como en las políticas públicas. La llamada batalla cultural vino acompañada por una embestida sistemática contra la agenda de género y los derechos sexuales y reproductivos. Entonces nos preguntamos algo muy sencillo, pero muy importante: ¿ese discurso expresaba realmente lo que estaba pensando la sociedad argentina? ¿O era una agenda impulsada desde el gobierno? Nosotras trabajamos hace muchos años en estos temas y necesitábamos saber si, efectivamente, la sociedad había cambiado de manera tan radical como parecía desprenderse del debate público.

—¿Qué esperaban encontrar?

—Había mucha incertidumbre. Sabíamos que los discursos tienen efectos, que las ideas circulan y pueden modificar percepciones. También veíamos el desmantelamiento de políticas públicas, el retiro de financiamiento y un discurso muy agresivo. Entonces queríamos preguntarle directamente a la sociedad qué pensaba.

¿Y qué pasó cuando llegaron los resultados?

—Cuando empezaron a llegar los primeros resultados hubo una enorme algarabía. No porque confirmaran nuestras ideas, sino porque mostraban que los procesos culturales no desaparecen de un día para otro. Las sociedades pueden retroceder, por supuesto, pero también construyen aprendizajes, sentidos comunes y consensos que son mucho más resistentes de lo que muchas veces imaginamos. El estudio confirma esa intuición. Aunque existen diferencias en la intensidad de las respuestas, los acuerdos sobre el papel del Estado y sobre buena parte de las políticas vinculadas a la igualdad siguen siendo mayoritarios. Incluso en temas que el gobierno nacional convirtió en blanco de sus ataques, como la Educación Sexual Integral o la asistencia a víctimas de violencia de género, predominan las posiciones favorables a una intervención estatal.

—Es decir que el discurso oficial no ha pregnado en la sociedad…

—Exactamente. Una de las conclusiones más importantes para nosotras es que la batalla cultural es una batalla del oficialismo, no de la gente. La sociedad argentina incorporó muchos de los valores de la igualdad de género a su vida cotidiana. Que una adolescente pueda evitar un embarazo que no desea, que una mujer que atraviesa una situación de violencia reciba asistencia, que las tareas domésticas se distribuyan de una manera más equitativa. Todo eso dejó de ser solamente una consigna política para convertirse en parte de la experiencia cotidiana de muchísimas personas. Por eso decimos que estos temas ya no pertenecen únicamente a la agenda del feminismo. Son parte de la agenda de la vida. 

—¿El estudio encuentra algunas diferencias entre regiones?

—Hay matices. Sabemos, por ejemplo, que el NOA suele expresar posiciones más conservadoras y que la Patagonia o la región Centro, con algunas excepciones como Mendoza, tienen perfiles más progresistas. Pero esas diferencias no alcanzan para modificar el cuadro general. Cuando una sociedad expresa acuerdos del sesenta o del ochenta por ciento sobre determinados temas, es muy difícil encontrar variaciones regionales que cambien sustancialmente la fotografía. Los consensos existen y son bastante consistentes en todo el país. Lo que cambia, muchas veces, no es el acuerdo sino la intensidad con que se expresa. El trabajo buscó precisamente escapar de las respuestas binarias que dominan buena parte del debate público. Para eso combinó herramientas cuantitativas y cualitativas y procuró representar la diversidad social y territorial del país, además de distintos grupos etarios y niveles educativos.

—También aparecen diferencias entre mujeres y varones.

—Sí, aparecen prácticamente en todos los temas, pero tampoco son diferencias enormes. Las mujeres mostramos una adhesión mayor a cuestiones vinculadas con la sensibilidad social: los derechos de las personas con discapacidad, las personas LGBT+, la asistencia a quienes atraviesan situaciones de violencia, las desigualdades sociales. Eso también coincide con investigaciones realizadas en otros países. Las mujeres solemos expresar posiciones algo más progresistas que los varones. Nuestro estudio vuelve a mostrar esa tendencia. Pero hay algo que me parece todavía más importante: incluso donde existen diferencias, los varones también adhieren en porcentajes muy altos a muchas de estas agendas. Eso significa que los cambios no ocurrieron solamente entre las mujeres. Cambió la sociedad en su conjunto.

—¿Qué temas encontraron que también son preocupación de los varones?

Hay cuestiones que antes podían ser percibidas como exclusivamente femeninas y hoy muchos varones también las reconocen como propias, aunque sea en menor medida. Eso sucede, por ejemplo, con la necesidad de ampliar las licencias por paternidad o con la identificación de la violencia contra las mujeres como uno de los principales problemas que enfrentamos.

—La palabra derechos viene vapuleada, pero se hacen más concretos si se relacionan con la vida cotidiana.

—Me parece una diferencia central. Muchas veces se habla de estas cuestiones como si fueran discusiones ideológicas o abstractas. Pero cuando una madre piensa si quiere que su hija adolescente tenga herramientas para evitar un embarazo no intencional, eso deja de ser una discusión abstracta. Cuando una mujer necesita asistencia frente a una situación de violencia, tampoco. Nosotras preguntamos cuánto impactaban estos temas en la vida personal de quienes respondían la encuesta y encontramos un reconocimiento muy alto. La gente entiende que estas políticas tienen consecuencias concretas sobre su vida cotidiana. Por eso creo que ahí reside buena parte de la fortaleza que hoy tienen estas agendas. Ya no pertenecen únicamente al campo político. Forman parte del sentido común de la sociedad argentina.

—Uno de los resultados que más llama la atención es justamente el respaldo al Estado.

—Eso tiene que ver con una tradición de la sociedad argentina y de la política en la Argentina en general. Creo que ahí hay una confusión y un malentendido, muchas veces maliciosamente fomentado. La demanda de la población argentina es un Estado que responda más y mejor, no un no-Estado. Eso es una especie de malentendido, confusión o no sé. La sociedad argentina, al menos en este estudio muestra que le demanda al Estado intervención, porque sabe que el Estado protege, iguala oportunidades, la salud pública argentina, la universidad pública, tienen su sello en la cultura argentina y en el progreso social que hemos tenido a lo largo de varias décadas. Eso no lo borrás de la noche a la mañana, pero lo que se demanda es que el sistema de salud funcione mejor, que la universidad pública funcione mejor y son demandas totalmente atendibles. Eso no es una cuestión de ideología ni de posicionamiento político, salvo quienes piensan que el estado no debería cumplir ninguna función en una sociedad. 

—Sin embargo, el gobierno avanzó muy rápidamente en desfinanciar y desmantelar las políticas de género.

—Creo que hubo dos estrategias. Por un lado, una estrategia discursiva, muy agresiva, muy descalificadora, que intentó presentar la agenda de género como si fuera algo ajeno a la vida de las personas, como si se tratara de un conjunto de ideas abstractas impulsadas por un grupo reducido. Pero hubo otra estrategia, mucho más silenciosa, que consistió en desfinanciar las políticas públicas. Esa estrategia va socavando desde abajo algo que sabemos que es fundamental para construir una sociedad más igualitaria. Porque todos nacemos en condiciones diferentes. No tenemos las mismas oportunidades. Y justamente para eso existe el Estado: para ampliar esas oportunidades y proteger especialmente a quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad.

—Da la impresión de que, si esos consensos sociales existen, resulta más sencillo desarmar las políticas que intentar modificar las leyes.

—Puede ser una forma de leerlo. Porque el estudio muestra que la sociedad argentina valora estas políticas. Valora la educación sexual integral, el acceso a la anticoncepción, el acceso al aborto legal, la asistencia frente a las violencias. Entonces aparece una tensión. Por un lado existe un discurso oficial muy confrontativo. Pero, por otro, hay una sociedad que ya incorporó esos derechos como parte de su vida cotidiana. Eso hace que los cambios culturales sean mucho más difíciles de revertir que una decisión administrativa o presupuestaria. Las políticas públicas pueden desfinanciarse; los valores sociales tardan mucho más en modificarse.

Para Ramos, esa persistencia de los consensos no puede entenderse sin el recorrido del movimiento feminista durante las últimas décadas. Aunque el gobierno lo haya convertido en uno de sus principales adversarios políticos, sostiene que buena parte de sus conquistas ya exceden largamente a las organizaciones que las impulsaron.

—El feminismo aparece permanentemente señalado por el gobierno como un enemigo político. ¿Cómo imaginan que se enfrenta ese escenario?

—El estudio muestra algo muy importante: la sociedad argentina incorporó como propios los valores vinculados con la igualdad de género y los derechos sexuales y reproductivos. Ese es, probablemente, el legado más importante del feminismo argentino. Los cambios sociales nunca ocurren solos. Siempre existe algún actor político que los impulsa, que les da argumentos, que construye consensos. El feminismo hizo exactamente eso durante muchos años y la sociedad fue cambiando junto con esas transformaciones. Tal vez la sociedad no siempre reconozca cuánto le debe al feminismo. Pero, más allá de ese reconocimiento, lo importante es que esos valores ya forman parte del sentido común de la Argentina.

—¿Eso permite ser optimistas?

—Creo que sí. Porque, aunque el Gobierno haya desfinanciado muchas políticas nacionales, también estamos viendo otra cosa: muchas provincias decidieron sostenerlas. 

Compraron anticonceptivos, medicamentos para garantizar la interrupción voluntaria del embarazo y continuaron políticas que el Estado nacional abandonó. Ahí veo una enorme capacidad de resiliencia. No solamente de la sociedad argentina, sino también de muchos Estados provinciales, que entendieron que estas políticas responden a necesidades concretas de la población y que la gente las sigue demandando.

—También aparece la idea de una enorme capilaridad del feminismo.

—Sí. No hace falta militar en una organización para sostener una agenda feminista. Hay maestras, médicas, trabajadoras de la salud, personas que acompañan situaciones de violencia, que quizá no se presentan públicamente como feministas pero incorporaron esos valores a su práctica cotidiana. Esa es la verdadera capilaridad del feminismo. Y creo que esa presencia en las escuelas, en los hospitales, en las organizaciones sociales, en los sindicatos y en tantos otros espacios también explica por qué estas agendas siguen vivas. No dependen solamente de las organizaciones feministas. Forman parte de una trama social mucho más amplia. Y esa trama también nos va a permitir seguir defendiendo y ampliando derechos.

FUENTE: Pagina12

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