Bolivia es un país mutilado. Uno al que le falta un brazo, o quizás una pierna, o quizás incluso un pulmón. Y es que casi un cuarto de las y los bolivianos y su descendencia no viven en Bolivia; una enorme mayoría fue expulsada por las políticas económicas neoliberales de los 80’, 90’ y principios de los 2000’. De esos millones, casi la mitad vive en Argentina.
Esa migración está hoy en el centro de nuestra relación y también de nuestras tensiones con el país del sur. Todos sabemos de alguno de los nuestros que se fue a trabajar allá. Pero, seguramente, desde Bolivia no nos preguntamos tan seguido cómo viven y, definitivamente, la política boliviana nunca se ocupó lo suficiente de quienes fueron empujados a ese exilio ni de construir las condiciones para que pudieran volver. Como si al cruzar la frontera hubieran dejado también de ser parte de nuestro país.
Hoy, en el contexto del Mundial de fútbol, hay muchos ojos sobre Argentina aunque no solamente por su fútbol. En redes sociales se hicieron virales una serie de denuncias de creadores de contenido de todo el mundo, pero sobre todo estadounidenses, ingleses y franceses, que denuncian que Argentina es un país racista. La polémica provocó una respuesta defensiva de distintos sectores de la sociedad argentina, incluidos sectores progresistas.
Paradójicamente, no somos las y los bolivianos los que promovemos la denuncia a pesar de ser parte de sus principales agredidos. Por eso, aunque valga la pena cuestionar qué voces del norte global son las que hacen la crítica y con qué intereses, las y los bolivianos tenemos cosas que decir al respecto.
No, no es un lloriqueo sin fundamentos
En una barrida rápida en redes sociales podemos encontrar grupos explícitamente racistas, generalmente afines al gobierno de Javier Milei, organizados bajo consignas como TBD (Total Bolivian Death) o APA (Argentina Para Argentinos). En las calles, “bolita” o simplemente “boliviano” es un insulto común y consolidado en el imaginario colectivo argentino; tanto así que, a diferencia de otros gentilicios, ni siquiera necesita el sufijo “de mierda”. Nada de esto es un descubrimiento, sucede desde hace décadas; sin embargo, bajo el gobierno de Javier Milei ese racismo encuentra una traducción política institucional volcada, por ejemplo, en una reforma migratoria que recorta derechos y en operativos policiales construidos para el amedrentamiento a las pieles oscuras bolivianas, peruanas y paraguayas, entre otras.
Ahora bien, este texto no pretende centrarse en esa parte de la población argentina que es explícitamente racista y que hace del racismo parte de su capital político. Con ellos sabemos dónde estamos parados. Pero del otro lado, ¿con qué nos encontramos? ¿Qué ocurre con quienes se reconocen progresistas, populares y antiimperialistas, pero no necesariamente incorporan el antirracismo a su lectura de la sociedad argentina?
Ante las denuncias de racismo que se hicieron virales en estas semanas, sectores progresistas argentinos respondieron con argumentos que básicamente se pueden resumir en dos: que quienes denuncian desde el norte global son más racistas y que Argentina es un país mestizo donde todos son bienvenidos.
En el desarrollo de ese primer argumento hay verdad. Las potencias imperialistas han masacrado y robado nuestros territorios. No está de más afirmar que, si hay países ricos, es porque hay países pobres. Todos nosotros, los argentinos incluidos, somos los pobres, y sobre nuestros territorios se han ejercido todos los sistemas de dominación, derivando incluso en el despojo de nuestras tierras y recursos que sigue vigente hasta hoy. Pero que la denuncia provenga del norte global puede cuestionar la autoridad moral de quien denuncia; no modifica la realidad de lo denunciado. Hecha esta afirmación, el balance del racismo argentino sobre las y los bolivianos (y peruanos, y paraguayos, y etcétera, etcétera…) no cambia.
Por ello, el segundo argumento es un poco más difícil de sostener. No todos somos bienvenidos y esto nos lo recuerdan todos los días. Además, el mestizaje no es la historia de amor entre un europeo colono y una mujer negra esclavizada que vivieron felices y comieron perdices. De hecho, incluso hoy, la marginalización y hasta la guetización de las poblaciones migrantes son una realidad en la que el vínculo familiar y sexual con lo hegemónico establecido no es común. Habría que preguntarse cuánto de esa integración proclamada atraviesa realmente las fronteras íntimas. Basta con ver que entre las y los militantes progresistas que “bajan al territorio”, expresión tan repetida que carga en sí misma la desigualdad, no es común que se entablen vínculos sexoafectivos con esos mismos cuerpos militados, marcando otra vez la distancia.
Mucho racismo, como en todo lado. ¿Y el antirracismo?
Las y los bolivianos sabemos que la grieta que divide nuestra sociedad es el racismo. Sería hipócrita señalar el racismo argentino sin mirarnos a nosotros mismos. Quizás la diferencia está en que en Bolivia existen movimientos que viven y entienden esas opresiones sistémicas y que hacen de la descolonización y, por ende, del antirracismo una columna vertebral de su proyecto político. Si a un boliviano politizado hacia la izquierda o dentro del Movimiento Indígena Originario Campesino le señalas el racismo que existe en el país, es casi imposible que te lo niegue y probablemente pasará a explicarte cómo una parte fundamental de su lucha se propone desestructurarlo. En Argentina, como ya vimos, la respuesta es cuanto menos esquiva, y esa negación termina negando también a los cuerpos que sufren ese racismo.
A esto se suma el nacionalismo argentino enarbolado por el peronismo y la progresía, que constituyen el principal campo político popular. Un nacionalismo atravesado también por sus propias contradicciones: capaz de construirse como una trinchera contra el imperialismo y, al mismo tiempo, de convivir con otras formas de penetración extranjera y con una mirada jerárquica hacia los pueblos vecinos. Así, mientras hoy las calles arden con pancartas que gritan que las Malvinas son argentinas, en el Congreso se votan leyes que le quitan límites a empresas y personas extranjeras para detentar tierras en territorio argentino. En ese sentido, se reconoce con claridad el poder colonial cuando viene de Londres y ocupa las Malvinas, pero no siempre cuando adquiere otras formas ni cuando las relaciones de poder se invierten y es Argentina la que mira desde arriba a otros pueblos de la región.
En una Argentina donde prevalece el mito de su blanquitud, construida sobre el borramiento sistemático de sus propias raíces y donde el color de la piel todavía explica buena parte de la marginalización de ciertos grupos, es llamativo que el antirracismo no sea una de las principales banderas de los movimientos que confrontan las opresiones del poder.
Es más, hay cierta crueldad en que los compañeros se defiendan a capa y espada de las denuncias virales que vienen del norte antes siquiera de cuestionarse la realidad descrita. Podemos cuestionar quién denuncia, desde dónde lo hace y con qué intereses, sin negar aquello que la denuncia deja al descubierto.
Sin purismos y con todas las contradicciones
Esta columna debiera cerrar con una referencia al Mundial y, si siguiéramos la conclusión coherente con todo lo argumentado, podría terminar negándole el apoyo a Argentina y también a ese Messi que le sonríe y le estrecha la mano a Trump. Sin embargo, eso no es verdad.
No apoyar a Argentina frente a Cabo Verde e incluso frente a Egipto es una cosa, pero todo lo que se podía argumentar entonces perdió validez cuando la Selección argentina se enfrentó a Inglaterra. Más bien, fueron los propios jugadores, esos mismos que están llenos de contradicciones, los que terminaron justificando ese apoyo con la malcriadez de sacar una bandera improvisada que gritaba “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”. Ahora queda España. Y allí se abre otro debate que ya no le corresponde a este texto. Eso sí, podemos gritar que las Malvinas son argentinas y, al mismo tiempo, exigir que Argentina mire hacia adentro. Porque una parte de la Bolivia mutilada sostiene la vida en esa Argentina que le recuerda que nunca será completamente bienvenida.
