De Katmandú a Tirana, de París a Belgrado, la juventud ha salido a las calles a reclamar un futuro que le fue expropiado. En Bolivia, entre el ajuste, el estado de excepción y el gas lacrimógeno, esa misma generación empieza a preguntarse si le toca esperar o le toca moverse.
Hay momentos en los que la historia parece acelerarse sin pedir permiso. En el último año, una generación que los manuales de marketing describían como apática, encerrada en sus pantallas y desinteresada de la política, ha derribado gobiernos, ganado elecciones, paralizado países y obligado a ministros a renunciar. No lo hizo de la mano de los partidos tradicionales ni de los sindicatos de siempre, aunque terminó encontrándose con ellos en las calles. Lo hizo desde la rabia de quien comprende y asume que aquel futuro prometido nunca llegará por sí solo.
Bolivia es parte de esa historia. Las condiciones que alimentan la ola mundial están aquí, a la vista de todos, y la juventud boliviana ya ha empezado a moverse. Lo que viene ocurriendo en otros países sigue el relato de un mismo proceso, con los mismos adversarios, desplegándose en distintos territorios.
Una ola que recorre el mundo
Vale la pena mirar un poco hacia lo que ha estado sucediendo. En 2024, la juventud de Bangladesh y Kenia abrió el ciclo. En 2025, Nepal vio caer a su gobierno tras un intento de bloquear las redes sociales; Madagascar se levantó por los cortes de agua y luz; Marruecos estalló porque se invertían millones en estadios para el Mundial mientras las mujeres morían en hospitales públicos; Perú salió a las calles contra una reforma de pensiones hecha a la medida de las AFP. La bandera pirata de One Piece se volvió el símbolo compartido de los inadaptados contra una oligarquía global.
En 2026 la ola cambió de continente. En India, la juventud convirtió un insulto del presidente de la Corte Suprema, que la llamó “cucarachas”, en un movimiento satírico de millones de seguidores que terminó llevándose al ministro de Educación. En septiembre, en un colegio a las afueras de París, los estudiantes de nivel secundario bloquearon su escuela por la falta de profesores y las aulas que son un horno en verano y se congelan en invierno. Semanas después, más de medio millón de personas marchaban por toda Francia. Bélgica, Italia, Portugal, Albania y Alemania siguieron. En España, la muerte de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años desalojada de su casa, encendió acampadas en decenas de ciudades y desembocó en una huelga general por la vivienda convocada para el 11 de noviembre.
Incluso en Japón, un país al que se suponía inmune a la protesta juvenil, miles de jóvenes se reúnen frente al Parlamento con lightsticks de K-pop para defender la Constitución pacifista frente a la política militar actual.
Sería un error leer estas revueltas como estallidos aislados, cada uno con su detonante local. Se ha dicho que esta es la generación más educada de la historia, pero también la más endeudada y subempleada. A la juventud se le prometió que el estudio sería la llave del ascenso social, y descubrió que la llave no abre ninguna puerta. Le dijeron que si se esforzaba tendría una vivienda, un empleo estable, una vida digna, y se encontró con alquileres imposibles, trabajos precarios, servicios públicos en ruinas y una clase política sorda, que intenta eternizar la manera de administrar poder.
Por eso los reclamos se parecen tanto. En Francia, escuelas dignas. En Chile y Argentina, ni un peso menos para la educación pública. En Albania, matrículas universitarias accesibles, en España y Portugal, por un techo digno, en Italia, la consigna “bajen las armas, suban los salarios”. Detrás de cada bandera lo mismo: un sistema que concentra la riqueza en pocas manos y le carga la cuenta a quienes recién empiezan a vivir. Son reivindicaciones del presente, la educación, que se articulan con las de siempre: el pan, el trabajo, la paz, la vida misma.
Hay además un rasgo cada vez más extendido en estos movimientos que nos devuelve un poco de esperanza y es que de París a La Paz, ondea la bandera palestina. Para esta generación, Gaza se volvió el símbolo de un orden mundial que normaliza la barbarie y de la contradicción de quienes hablan de derechos humanos mientras financian la destrucción. Las luchas de la juventud son parte de una disputa mayor por el mundo que viene ese que las oligarquías tecnológicas diseñan para unos pocos ganadores, con el resto reducido a consumidores desechables, o uno distinto, construido desde la diversidad de los pueblos y el respeto a la vida.
Los medios y la violencia
Cada vez que la juventud toma las calles, los gobiernos y los grandes medios repiten la misma operación, separar a los “buenos manifestantes” de los “violentos”, exigiendo orden, reduciendo un movimiento social a una lista de vidrieras rotas, minimizando el descontento a un movimiento vandálico. Es una trampa que intenta esconder lo que nuestros abuelos entendieron bien, que, ninguna transformación profunda de la sociedad ha sido pacífica. Ninguna revolución fue un trámite administrativo ni una concesión amable de quienes detentaban el poder. La Revolución Francesa, la independencia de nuestras repúblicas, la Revolución de 1952 con las milicias mineras y fabriles derrotando al ejército de la rosca: todas fueron violentas, porque el poder nunca se ha retirado por voluntad propia.
Y hay que tener claro que esa violencia no empieza en la calle. Empieza mucho antes. Es violento que una generación entera tenga que elegir entre la precariedad y la migración. Es violento que una mujer de 87 años muera tras ser arrojada de su casa. Es violento que se recorte la educación mientras se aumenta el gasto militar. Y es y será violenta, por supuesto, la respuesta de los Estados hacia las movilizaciones: en Francia, estudiantes que perdieron una mano o un ojo por las armas policiales; en Albania, 269 menores de edad detenidos; en Bolivia, maestros y estudiantes gasificados en las puertas de los ministerios, bajo un estado de excepción que presume legal todo lo que hagan las fuerzas del orden. Detenciones arbitrarias y sin la explicación de los protocolos definidos por norma, al amparo de la fuerza policial beligerante con la mirada policial por encima del hombro y los medios de comunicación aplaudiendo al unísono, simplemente porque sus dueños son parte de la misma plana que se está distribuyendo el poder. Quienes exigen a la juventud que proteste en silencio rara vez dicen una palabra sobre esa otra violencia, esa que viene de arriba.
Bolivia guarda esa memoria. En octubre de 2003, la guerra del gas fue un levantamiento popular que el Estado enfrentó con balas, dejando decenas de muertos en El Alto, y que terminó con la huida de un presidente. Nadie recuerda aquellas jornadas como un exceso. Se las recuerda como el momento en que el pueblo recuperó la palabra.
Esto no significa que toda violencia sea igual ni que toda acción sea útil. La experiencia francesa lo ha mostrado que los saqueos aislados sirven a los gobiernos para justificar la represión y desviar la atención de las demandas. De hecho, los poderes en los distintos países en conflicto, están aprendiendo a utilizar esta herramienta para desviar la atención de lo realmente importante y de la profundidad del cuestionamiento. La pregunta decisiva no es si habrá confrontación, porque el poder se encarga de que la haya, sino si esa confrontación tendrá organización, dirección y un horizonte político, o si se agotará en la rabia de una noche.
¿Y qué hay más allá de la movilización?
Toda revuelta choca tarde o temprano con la misma pregunta ¿y después qué? Pocos lo pensaron tan bien como René Zavaleta Mercado. Las crisis, decía, abren momentos excepcionales en que las masas quedan disponibles para lo nuevo. Pero lo que no se acumula en organización y en memoria colectiva se pierde cuando la calle se vacía. Una revuelta sin estructura se dispersa o la capturan otros. Madagascar lo vivió así, cayó el régimen y fueron los militares quienes ocuparon el vacío.
En Serbia, dos años después de que el derrumbe de la estación de Novi Sad matara a dieciséis personas, los estudiantes armaron su propia lista, eligieron a sus candidatos en asambleas y el 25 de octubre derrotaron a Aleksandar Vučić tras catorce años de dominio. Con la televisión en contra y sin caudillo. En Brasil, ese mismo día, los universitarios que tomaron las calles tras la primera vuelta fueron decisivos para frenar a la ultraderecha y reelegir a Lula. Caminos distintos, con la misma lección, la juventud dejando de ser un dato de las encuestas para convierte en sujeto político.
Bolivia y su generación a la deriva
Y entonces está Bolivia, un país donde la canasta familiar se encarece mes a mes, donde los combustibles escasean y donde el gobierno de Rodrigo Paz negocia con el FMI mientras repite que el ajuste es el único camino. Un país donde la corrupción se profundiza día a día y el narcotráfico avanza sobre las instituciones. Un país que vive desde junio bajo estado de excepción y que se alinea con el Escudo de las Américas, mientras los recursos naturales vuelven a estar en la mira de intereses ajenos.
En ese contexto, los jóvenes se movilizan, aunque casi nadie los mire. El 7 de octubre, estudiantes de secundaria y universitarios marcharon desde la UMSA en solidaridad con Palestina y fueron gasificados frente a la Vicepresidencia. El 20 de octubre, estudiantes y colectivos juveniles marcharon en La Paz contra el acuerdo con el FMI y el costo de vida. “Marchamos para que mi madre ya no pase hambre”, decía una de sus consignas. Y en estas semanas, los maestros ocupan las calles contra la descentralización de los institutos técnicos, una decisión cuyo peso también cargarán los estudiantes. El gobierno ya anunció descuentos. El diálogo está roto y el paro de 48 horas está convocado para el 9 y 10 de noviembre.
Mientras tanto, miles de jóvenes sienten que el país no tiene nada que ofrecerles. Muchos ven en la migración la única salida, como aquellos jóvenes nepaleses que gritaban que querían trabajo en su tierra y no tener que irse a buscarlo afuera. Otros se refugian en la desconfianza hacia toda la política, convencidos de que oficialismo y oposición son lo mismo. Razones no les faltan. Pero la desconfianza, por sí sola, no construye nada.
Lo que está en juego
La experiencia internacional deja dos certezas. Nadie le regala el futuro a una generación, ni los gobiernos que piden sacrificios temporales ni los caudillos que prometen salvarla desde arriba le van a devolver lo que le arrebataron. Y cuando los estudiantes se organizan, cuando se encuentran con los trabajadores, los maestros, los barrios, los sindicatos y las organizaciones sociales, dejan de ser una suma de frustraciones individuales y se convierten en fuerza colectiva.
Existe también el riesgo de que el descontento sea apropiado por otros. En México, el nombre de la Generación Z fue tomado por sectores empresariales de ultraderecha. En Italia, mientras unos estudiantes marchaban contra el rearme, otros salían con consignas opuestas. La rabia juvenil es hoy un territorio en disputa, si no la organiza la juventud misma, otros lo harán por ella.
Bolivia conoce ese riesgo de cerca. El 2019, el malestar de una parte de la juventud urbana fue encauzado por un bloque cívico y empresarial que tenía su propio plan. Desde el Comité Cívico de Santa Cruz, encabezado por Luis Fernando Camacho, las protestas por la denuncia de fraude se convirtieron en una cruzada con la Biblia en mano. Los grandes medios privados, en manos de grupos empresariales, repitieron un solo relato presentando a los jóvenes de las «pititas» como la voz de una generación harta y volvieron invisibles a los otros jóvenes, los de El Alto y del trópico, que también salieron a las calles. Tras el motín policial y la “sugerencia” del alto mando militar, Evo Morales renunció el 10 de noviembre. Lo que vino después no fue la democracia que muchos de esos jóvenes creyeron defender. Fueron las masacres de Sacaba y Senkata, documentadas como tales por el grupo de expertos independientes de la CIDH, y un gobierno de facto que amenazó con juzgar por sedición a los periodistas críticos. La rabia de unos jóvenes fue utilizada; la sangre la pusieron otros.
Bolivia tiene una larga tradición de juventudes que fueron chispa de grandes rebeliones: la resistencia a las dictaduras, la guerra del agua, la guerra del gas. Esa memoria no está muerta. Está esperando una generación que la reconozca como propia en contra de lo que hoy el Gobierno Nacional nos muestra como única vía para el futuro, que corresponde a más desigualdad, mayor incertidumbre y más muerte para el pueblo.
Frente a ello, es urgente e indispensable que desde las mismas movilizaciones se trace una ruta de organización. Es urgente que la movilización se concentre, primero, en la defensa de los avances alcanzados y de los derechos adquiridos a lo largo de la historia nacional. Es imprescindible, además, que las movilizaciones tengan en cuenta que aquella defensa significa también defendernos unos a otros. Algunos caeremos presos y quedaremos fuera de la contienda, pero si la movilización se concentra como cuerpo y se enfrenta como cuerpo, la defensa de nuestras compañeras y compañeros significará también una manera de protesta, desde donde nos toque hacerlo. Articulación, desprendimiento y priorización, pueden ser las claves para enfrentar en el futuro inmediato, una embestida que, está claro, se viene por todos, pero comenzará precisamente por esa juventud rebelde que se encuentra incrustada en todas nuestras organizaciones.Esta generación tiene motivos de sobra para levantarse, hace falta saber si se reconocerá en esta realidad sobre un futuro que ya no puede mendigarse y tendrá que conquistarse.
