lunes, noviembre 2, 2026

Sacudir el árbol…

No sé si les pasó a Uds. pero últimamente -y cada vez más-, cuando me acerco a un producto en los supermercados, los encuentro cargados de etiquetas y advertencias: “Exceso en azucares”, “exceso en grasas saturadas”, “exceso en grasas totales”, “exceso en calorías”, y cosas por el estilo. Cada vez resulta más trabajoso encontrar un producto que no tengan estos avisos. En un principio, estos pequeños anuncios me causaban un sentimiento de reivindicación lograda; las grandes transnacionales de alimentos -y también las industrias locales-, tenían que advertir sobre el contenido de sus productos y lo dañinos que son para la salud.

Debo reconocer que, actualmente, ese sentimiento de logro alcanzado ha cambiado radicalmente. No sólo porque cada vez hay menos alimentos industrializados sin esas advertencias…, y seguimos consumiendo, sino también porque tenemos toda la información sobre sus consecuencias nocivas sobre la salud…, y seguimos consumiendo. 

De acuerdo al informe de Naciones Unidas, “Panorama regional de la seguridad alimentaria y la nutrición 2023”; la Región enfrenta, cada vez más, el complejo problema de malnutrición que abarca tanto la desnutrición como el sobrepeso y la obesidad. Comentando dicho informe, el doctor Jarbas Barbosa, director de la OPS, señalaba que “En los últimos 50 años, las tasas de sobrepeso y obesidad se triplicaron, afectando al 62,5 por ciento de la población en la región”, resultando doblemente preocupante el sobrepeso en niños, niñas y adolescentes que se ubicaba en el 33,6 por ciento, mayor al promedio mundial. 

Mientras tanto, de acuerdo a informes oficiales, la multinacional de refrescos Coca-Cola anunció que durante los primeros nueve meses del presente año, había alcanzado una ganancia neta de 12 mil 358 millones de dólares, un 14% más que en el mismo periodo del año 2025; aumentando sus ventas en un 6% en América Latina y un 5% en Europa, Oriente Medio y África. Ello a pesar que sus envases tienen señalado la cantidad excesiva de azucares y otros elementos que la componen.

Qué mayor triunfo para las grandes empresas y sus campañas mediáticas que ya no requieren mentir para envenenarnos. Lo que fue una reivindicación y una causa de lucha para que se informe con veracidad a los consumidores y consumidoras, actualmente se convirtió en una cachetada de regreso. Como diría Agárrate Catalina, “si no cambias tú, no cambia nada”. Normalizamos el mal alimentarnos y el consumo de bebidas y comida chatarra (literal).

Este es el punto sobre el que me interesa abundar. Durante los últimos decenios y, más todavía, durante el siglo XXI, fuimos normalizando un conjunto de acciones, señales, abusos, mentiras, violencias -a cuál peor-, como si fuera parte del paisaje. De pronto, un genocidio transmitido en vivo y en directo, dejó de ser noticia y, más grave todavía, dejó de despertar sentimientos minúsculos de empatía hacia otros seres humanos. Que Gaza se haya convertido en el campo santo a cielo abierto más grande del mundo, o que Cisjordania se convierta cada vez más en un campo de concentración, un Gueto plagado de abusos y muerte, ya es parte de la cotidianidad mundial. 

Que el presidente de la primera potencia militar del planeta, con el ejército más interventor y sanguinario de la historia moderna, amenace a otro país con exterminarlo, con acabar con toda una civilización (en sus palabras), y que aproveche el podio de la Asamblea General de Naciones Unidas para hacerlo, fue titular de dos días; y no conllevó una representación oficial del conjunto de las Naciones Unidas (ni de su Secretaría General), cuando esa amenaza viola todo precepto de la institucionalidad misma de un mundo basado en reglas. 

Ni siquiera nos llama la atención que, el pasado 28 de octubre, la Asamblea General de la ONU volviera a rechazar, por trigésima cuarta vez desde 1992, el bloqueo y embargo unilateral que Estados Unidos mantiene sobre la soberana República de Cuba desde 1960; y que, a pesar de todas esas resoluciones, logradas con la casi totalidad de miembros del organismo, Estados Unidos siga endureciendo cada vez más el cerco sobre la isla. Claro, si pueden secuestrar a un presidente constitucional electo de un país soberano, y que luego señalen que el botín es del “ganador”, sin consecuencias en la comunidad de naciones, ¿qué más se puede esperar?

Esta normalización de eventos y políticas filibusteras tienen su correlato en la concentración de riqueza y poder que se dan, como si fuera destino, frente a nuestros ojos. Tuvimos que innovar aún con los términos para poder describir la situación actual. Ahora hablamos de los milmillonarios: de acuerdo a un último informe de OXFAM, durante el último año la riqueza de los milmillonarios a crecido tres veces más rápido que en los cinco años anteriores (no fue casual la llegada de Trump, en noviembre de 2024, y que el mayor crecimiento corresponda a los milmillonarios estadounidenses). Por cada dólar que gana el 90% más pobre del planeta, un milmillonario se embolsa más de 1.7 millones de dólares. Y claro, esa cantidad ingente de recursos comenzó a incidir en la política global, a derrocar y boicotear gobiernos de carácter popular y sustituirlos por “gobiernos del algoritmo” (no sólo por su “método” para ganar elecciones sino también por el perfil de sus presidentes).

Nos dijeron que se trataba de la derechización de nuestras sociedades y del planeta. Que las elecciones y la política tenían una dinámica de “péndulo”; que luego de un ciclo de gobiernos progresistas o de izquierda, le “tocaba” a la derecha. Es más, para darle un cariz científico social, elaboraron toda una narrativa sobre la “ventana de Overton”, ¿recuerdan? Que la sociedad se fue desplazando para aceptar, cada vez más, propuestas e ideas de derecha. Toda una narrativa que nos fue “preparando” para cuando llegaran los cerimedos y sus granjas de boots y trolls, y nos digan que es sólo otra estrategia comunicacional para hacer campañas políticas.

¿Quién habla ahora de la ventana de Overton? Ya no es necesario. Naturalizamos la idea que la derecha y el fascismo están copando el espacio político por voluntad de la gente; y, junto con el planeta, nuestro paisito. No es que el fenómeno no exista (el crecimiento de proyectos de derecha y el resurgimiento de los fascismos); el tema es con qué narrativa los abordamos y/o los explicamos. Porque se tienen distintas miradas y se pueden construir distintas narrativas sobre un mismo hecho. Por ejemplo, en el ámbito de la política nacional, se llegó al extremo de reconocernos como “víctimas de nuestro éxito”, al sacar a mucha población de la pobreza durante el gobierno del MAS; para no ver las inconsecuencias, incongruencias, defecciones y la corrupción que llevaron a la debacle de un gobierno que costó sangre y vidas al campo popular.

Necesitamos comenzar a llamar las cosas por su nombre. Mover las ramas del árbol, para que caigan todas las hojas podridas, las mentiras y eufemismos, y logremos ver el cielo y horizontes alternativos, de nuevo. 

Querer acabar con toda una población por razones ideológicas, políticas, económicas o raciales, es genocidio. Lo que está pasando en Gaza y Palestina es genocidio. Sólo una mentalidad enferma puede pretender bloquear y exterminar a la población de la isla de Cuba; o pretender apoderarse de otra isla como Groenlandia; someter por medio de las bombas a Irán; o querer cambiar las denominaciones de los mapas. El lugar para ese individuo es un sanatorio o penitenciaría, nunca una presidencia.

La concentración de la riqueza, aquí y en todas partes del mundo, da lugar a la concentración del poder político, y una concentración del poder da lugar al autoritarismo y luego, el fascismo para defender y mantener esos privilegios. Por tanto, la concentración de la riqueza que vivimos actualmente no sólo es obscena, sino que va a contracorriente de cualquier proyecto político democrático o participativo; se encuentra en las antípodas de una sociedad humana defensora de la vida.

En nuestro país, el gobierno actual nos está robando y la corrupción impregna todas sus acciones. El presidente y su gobierno mienten cotidianamente y sólo se ocupan de buscar mayor liquidez para beneficio propio; no importa si viene de préstamos, impuestos, volteos, de bienes incautados, de cooperativistas de oro, del narcotráfico o de hacer la cara a un lado para no ver ni escuchar, aún a sus aliados políticos.

La concentración de la riqueza también campea en Bolivia. Nunca los bancos y el sistema financiero boliviano habían ganado tanto dinero como durante el gobierno del MAS, y sus derivaciones hasta el presente. No es normal ni se puede explicar sólo con argumentos económicos, que los banqueros puedan tener ganancias como para constituir otro banco en dos años y medio; o que puedan abrir otros bancos en Panamá, para seguir blanqueando y permitiendo que los productos que salen de Bolivia no retornen en forma de dólares. 

Con este gobierno, así como el gobierno de Añez, queda claro que cuando no hay un proyecto político, un proyecto de país, detrás de un partido o de un gobierno, sólo se trata de juntuchas que se unen para robar y beneficiarse de las arcas del Estado. Y el “50-50” o el “capitalismo para todos” no son un proyecto político, son consignas vacías que, a lo más, buscan disimular las ganas de llenarse los bolsillos e irse a vivir a Boca Ratón.En este escenario, punto de inflexión en muchos sentidos, resulta urgente reorganizar al campo popular. Autoconvocarnos y autoorganizarnos; eso de que “solo el pueblo salva al pueblo”, es un dato verificado por la historia y por nuestra historia. En ese camino, resulta imprescindible mover las ramas que nos separan y nos impiden ver el horizonte, nos impiden ver las causas y la magnitud de los problemas. Es más, creo que ya no es suficiente con sacudir las ramas, tenemos que sacudir el árbol en su conjunto y poder ver nuevamente el cielo y sus estrellas.

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