domingo, noviembre 1, 2026

Memoria, territorio y resistencia: de la marcha de 1990 a las actuales tensiones socioambientales en la Amazonía boliviana

El presente artículo analiza la evolución histórica, política y territorial de los derechos de los pueblos indígenas en Bolivia, tomando como hito fundacional la histórica Marcha Indígena de 1990 «Por el territorio y la dignidad». A partir de un enfoque teórico que articula la teoría del control cultural de Guillermo Bonfil Batalla, los aportes sobre subjetividad política de Esteban Ticona, la territorialidad de Xavier Albó, los estudios amazónicos de Zulema Lehm y las advertencias sobre biopiratería de Annie Oehlerich de Zurita, el trabajo examina cómo las comunidades transitaron desde la invisibilidad colonial y las Tierras Comunitarias de Origen (TCO) hacia la reapropiación de estructuras burocráticas estatales mediante los Gobiernos Autónomos Indígena Originario Campesinos (GAIOCs), destacando el caso pionero de Charagua Iyambae. Finalmente, el ensayo aborda las contradicciones contemporáneas del modelo neoextractivista, centrándose en la contaminación aurífera por mercurio en la Amazonía norte y la reciente criminalización de las dirigencias de la CIPOAP en Pando, cuyo contrapeso jurídico ha recaído de manera casi exclusiva en el acompañamiento estratégico del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS).

MEMORIA, TERRITORIO Y RESISTENCIA; LA MARCHA POR EL TERRITORIO Y LA DIGNIDAD

Desde la histórica Marcha Indígena «Por el territorio y la dignidad» de 1990, la sociedad boliviana constató de manera categórica la existencia de los pueblos originarios de las tierras bajas. Hasta ese momento, el Estado reconocía formalmente de manera exclusiva a la población andina (aymara y quechua) bajo la categoría reductiva de «campesinos», invisibilizando la existencia, identidades y formas de vida de más de treinta naciones indígenas de la Amazonía, el Oriente y el Chaco.

La llegada de la marcha a la ciudad de La Paz significó el encuentro de dos realidades distantes. La prensa escrita reflejó este choque cultural con titulares de alto impacto como: «La Paz abraza a la Amazonía: apoteósico recibimiento a los marchistas del Beni» (Presencia, 18 de septiembre de 1990). Aunque la opinión pública paceña se solidarizó masivamente con los marchistas, en un principio lo hizo desde la empatía urbana, sin dimensionar aún la profundidad estructural y política de sus demandas territoriales.

EL DESPOJO TERRITORIAL Y LA INVISIBILIDAD HISTÓRICA

En las décadas previas a 1990, la supervivencia de los pueblos indígenas se vio fuertemente amenazada por la invasión de sus hábitats. Por un lado, el otorgamiento de concesiones madereras masivas en zonas del Bosque Chimán y el Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) provocó una deforestación indiscriminada que afectó de forma directa la subsistencia, la recolección, la caza y la pesca de las comunidades locales. Por otro lado, el avance de la frontera agrícola, las estancias ganaderas y el asentamiento incontrolado de colonizadores sobre tierras ancestrales propiciaron el despojo gradual de los hábitats de pueblos como los Moxeños, Yuracarés, Chimanes y Sirionós.

Ante la inexistencia de titulación y seguridad jurídica legal, los pueblos indígenas de las tierras bajas no eran reconocidos como propietarios colectivos de sus tierras; ante la ley, eran considerados simples ocupantes de terrenos estatales «baldíos». Esto impulsó una reivindicación fundamental: el reconocimiento del territorio y no solo de la «tierra». Para estas comunidades, el territorio constituye un espacio geográfico y cultural indispensable para la reproducción física, social, espiritual y cultural, configurando una visión integral del hábitat.

Junto a la demanda territorial emergió la exigencia de dignidad y visibilización histórica. La invisibilidad política y legal del pasado colonial persistía en diversas zonas de la cuenca amazónica y del Chaco, donde aún sobrevivían formas de patronaje, servidumbre por deudas y trabajo no remunerado que atentaban directamente contra la dignidad humana elemental. Asimismo, los pueblos exigieron el respeto a sus estructuras organizativas propias —como cabildos indigenales, consejos de sabios y capitanías— y la inclusión de reformas constitucionales que garantizaran su ciudadanía plena sin pérdida de sus identidades culturales.

SABERES TRADICIONALES, IDENTIDAD Y EL RIESGO DE LA BIOPIRATERÍA

El proceso político-cultural detonado en los años 90 permitió visibilizar, mediante diversas investigaciones antropológicas, las complejas estrategias de salud y reproducción de los pueblos de tierras bajas. Un ejemplo emblemático lo constituye el aprovechamiento y conocimiento milenario de la flora medicinal por parte del pueblo Tsimane.

No obstante, esta revalorización cultural e identitaria ha estado expuesta a profundas vulnerabilidades. Tal como advierte Annie Oehlerich de Zurita en su obra Ni robo ni limosna: los pueblos indígenas y la propiedad intelectual (1999), los saberes ancestrales enfrentan la amenaza constante de la biopiratería: un mecanismo por el cual corporaciones transnacionales patentan y se apropian privadamente de conocimientos colectivos, vulnerando el consentimiento fundamentado previo y negando cualquier retribución justa a sus legítimos creadores.

En esta misma línea, los aportes de Oehlerich de Zurita evidencian cómo, bajo el pretexto de la investigación científica, se han invisibilizado las capacidades técnicas y farmacológicas de los pueblos amazónicos en el manejo forestal, cuyos aportes en salud no solo resguardan a sus propias comunidades, sino que frecuentemente benefician a sectores urbanos más amplios a escala nacional.

LAS GAIOCS, EL INICIO DE LA AUTODETERMINACIÓN Y LA APROPIACIÓN DE LO AJENO

El impulso organizativo de los pueblos indígenas durante los años noventa encontró un cauce institucional clave con la promulgación de la Ley de Participación Popular (LPP) de 1994. Como lo analizan Esteban Ticona, Gonzalo Rojas y Xavier Albó (1995) en su obra fundamental Votos y Wiphalas, este proceso de descentralización administrativa y política comenzó a desmantelar el monopolio del poder local que ostentaban las élites urbanas tradicionales. La municipalización dejó de ser un espacio ajeno: mediante el voto, las comunidades indígenas y campesinas empezaron a ganar alcaldías y concejalías, utilizando las herramientas de la democracia representativa occidental para subvertirlas desde adentro y ponerlas al servicio de sus necesidades territoriales y comunitarias, configurando así una forma pragmática de autogobierno municipal.

Para comprender la transición desde las municipalidades tuteladas hacia la consolidación de los Gobiernos Autónomos Indígena Originario Campesinos (GAIOC), resulta fundamental acudir a la teoría del control cultural formulada por el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla. Desde esta perspectiva, el Estado boliviano se ha configurado históricamente como un aparato de dominación basado en elementos ajenos —una burocracia centralizada, un sistema jurídico occidental y una democracia representativa de élites— concebidos para excluir a las poblaciones originarias. Sin embargo, lejos de la postura del purismo cultural o del aislamiento pasivo, los pueblos indígenas han demostrado una profunda capacidad política para apropiarse de esos instrumentos formales ajenos y someterlos a sus propias dinámicas de decisión comunitaria.

En este sentido, la conformación de las GAIOCs —como el proceso pionero de Charagua Iyambae— responde a una reapropiación estratégica: las comunidades no asumieron la estructura institucional del municipio como un fin en sí mismo, sino como un recurso material y político ajeno que decidieron intervenir, desmantelar parcialmente y resignificar desde lo propio. Al suprimir los concejos municipales tradicionales y sustituir sus normas por formas de deliberación colectiva basadas en la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG), los pueblos originarios evidenciaron que la autodeterminación no consiste en la creación de un mundo puro y aislado frente al Estado, sino en la capacidad soberana de decidir sobre el funcionamiento y los límites de las propias herramientas burocráticas impuestas.

En este escenario, la wiphala —que da título a la obra de Ticona et al. (1995)— trascendió su condición de elemento meramente folclórico para erigirse como el estandarte político de una nueva gramática de poder. Su visibilización masiva en el espacio público y electoral marcó la irrupción de una cosmovisión que desafiaba abiertamente el monoculturalismo del Estado republicano. El texto documenta cómo las comunidades comenzaron a articular conceptos de «otros pluralismos» y de Estado plurinacional décadas antes de su consagración formal en la Constitución Política del Estado de 2009. La autodeterminación se nutrió de la capacidad de formular un discurso político propio que articulaba la democracia liberal con las formas comunitarias de deliberación, tales como los ayllus, los sindicatos agrarios y las capitanías.

Este proceso histórico de descentralización y lucha local constituyó el antecedente político indispensable para que el municipio de Charagua protagonizara una transición pionera y compleja que demandó casi ocho años, convirtiéndose en la hoja de ruta de la libre determinación en Bolivia:

  1. Consulta democrática y decisión voluntaria (2009): En el referendo del 6 de diciembre de 2009, el municipio de Charagua decidió por más del 53% de los votos convertirse en Autonomía Indígena Originaria Campesina, acogiéndose a las disposiciones de la nueva Constitución Política del Estado.
  2. Construcción y aprobación del Estatuto Autonómico (2010–2015): A través de asambleas comunitarias convocadas por la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG), se redactó el Estatuto Autonómico de Charagua Iyambae, suprimiendo la estructura tradicional de alcaldes y concejales. El documento fue validado por el Tribunal Constitucional Plurinacional y ratificado mediante un segundo referendo en septiembre de 2015.

CHARAGUA EN EL HILO HISTÓRICO: DE LA MARCHA DE 1990 A LAS AMENAZAS EXTRACTIVISTAS ACTUALES

La experiencia de Charagua Iyambae no es un hecho aislado, sino la encarnación práctica del mandato de la Marcha por el Territorio y la Dignidad de 1990:

  • De la TCO a la GAIOC: La Marcha de 1990 conquistó las Tierras Comunitarias de Origen (TCO) como propiedad colectiva. Charagua demostró que el territorio no es solo un título agrario de propiedad, sino una jurisdicción política soberana capaz de gobernarse a sí misma.
  • Estrategia de Legitimidad Territorial y Cultural: Como GAIOC, Charagua fortaleció la protección de su patrimonio ambiental y cultural (como el Parque Kaa-Iya del Gran Chaco) promoviendo sistemas de producción ecológicos y la medicina tradicional guaraní.
  • Muro de Contención frente al Extractivismo: Al igual que las organizaciones indígenas en la Amazonía (como la CIPOAP frente a la minería ilegal y la contaminación por mercurio en Pando), la GAIOC de Charagua se posicionó como una trinchera legal e institucional. Permite que las decisiones sobre megaproyectos, exploración hidrocarburífera o uso de fuentes de agua se sometan al principio del Consulta Previa, Libre e Informada y a la decisión colectiva de la comunidad

LA PERSISTENCIA DE LA EXCLUSIÓN Y LA CRIMINALIZACIÓN EN LA AMAZONÍA ACTUAL

Desde los años 90 hasta la fecha, los derechos de las naciones indígenas —hoy reconocidas formalmente en el marco del Estado Plurinacional— enfrentan nuevas amenazas estructurales. La persistencia de dinámicas extractivistas se refleja crudamente en la situación socioambiental de la Amazonía norte.

Un claro ejemplo de esta tensión institucional quedó de manifiesto cuando la Fiscalía de Pando conminó a la Central Indígena de los Pueblos Originarios de la Amazonía de Pando (CIPOAP) a presentar pruebas técnicas sobre contaminación y minería ilegal en el río Madre de Dios, bajo advertencia de consecuencias penales en caso de incumplimiento.

La organización indígena respondió al requerimiento cuestionando legítimamente que se traslade a los pueblos originarios la carga de demostrar hechos —como la contaminación por mercurio— que vienen denunciando desde hace años ante distintas instancias del Estado sin obtener respuestas efectivas. Exigir peritajes científicos complejos a las propias víctimas de la contaminación, sumado al intento de requisar nombres de dirigentes que convocan a asambleas, evidencia una preocupante tendencia a la criminalización de la defensa territorial, demostrando que la lucha por el territorio, la salud y la dignidad iniciada hace tres décadas sigue vigente y bajo constante asedio.

Es importante mencionar que son diversas las ONG que priorizan en sus proyectos a la Amazonía y que han desarrollado trabajos en torno a la contaminación por mercurio en los ríos de esta gran reserva ecológica de Bolivia, sin embargo, al momento de brindar apoyo técnico-científico y patrocinio legal, solo el CEJISdestaca como una de las pocas instituciones que han brindado un respaldo directo. Esto evidencia que muchas organizaciones de la sociedad civil supeditan la defensa efectiva de las naciones indígenas al cumplimiento formal de sus propios objetivos institucionales.

CONCLUSIÓN

El tránsito político de las tierras bajas de Bolivia, cimentado en la exigencia histórica de territorio y dignidad desde 1990, revela que la emancipación de los pueblos originarios no se reduce a un reconocimiento formal de derechos constitucionales, sino a una disputa permanente por el control cultural de la vida y el espacio geográfico. La consolidación de las GAIOCs confirma que los pueblos indígenas no buscan el aislamiento, sino la facultad soberana de resignificar los instrumentos institucionales heredados del Estado monocultural para ponerlos al servicio de la deliberación comunitaria.No obstante, las actuales tensiones socioambientales —ejemplificadas por la minería aurífera ilegal, el envenenamiento de las cuencas amazónicas y la persecución judicial a autoridades indígenas que defienden sus derechos— exponen los límites del actual modelo de desarrollo estatal frente a las autonomías. Ante la débil respuesta de una institucionalidad pública cooptada por intereses extractivos y el limitado acompañamiento real de las organizaciones de la sociedad civil, las naciones indígenas de la Amazonía continúan sosteniendo, desde sus capitanías y organizaciones matrices, la última línea de defensa de la soberanía territorial y ecológica del país.

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