viernes, septiembre 4, 2026

¿Tricentenario?

En la víspera del 6 de agosto teníamos la casi imposible misión de llegar a una reunión de trabajo. El trayecto, en La Paz, de la zona sur al centro, era un tema de mucha suerte o de trayecto en helicóptero. Sucedió lo primero. Un trufi decidió travestirse en radio taxi en cuestión de segundos. Chau letrero del parabrisas y a negociar un precio que sobrepase sus ganancias como transporte de ruta fija y le justifique bordear la ciudad para llegar a destino en medio del caótico desfile escolar por la fecha patria. Una vez firmado el acuerdo económico, solo quedó abandonarnos a la charla sobre la especialidad de los taxistas: la situación del país. Comenzó echando chispas por las colas, nuevamente, para comprar gasolina o diésel y siguió con la inflación. Los pasajeros hacían coro recapitulando cómo subió la leche, el café o el pollo. El neotaxista remató con los desfiles que nos tenían ahí, en las curvas salvadoras de Alto Obrajes. “¿Para qué hacen estos desfiles? No se puede trabajar. Encima lo que hay que gastar. Todo nuevo nos hacen comprar para los chicos. ¿O con zapato viejo les podemos mandar? No se puede. Todo nuevo siempre hay que comprar.” Sus palabras y nuestras amarguras quedaron atrapadas en su gastado auto. 

Afuera solo se percibían los vientos preparativos del 6 de agosto. Llegó el 6 y en el centro de las banderas y las bandas de música se esperaba el discurso del Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Rodrigo Paz Pereira. Más de una hora montado sobre una narrativa que sella la continuidad a estos nueve meses: enlosetar la idea de que los “20 años” del MAS (aquí no es rentable distinguir los 14 de Morales, el año de Añez y los 5 de Arce) fueron el fango que hoy su gobierno tiene que limpiar para inaugurar la nueva Bolivia, Bolivia, Bolivia. Queda claro que ha sido monumental la descomposición del MAS y el actual poder puede ganar tiempo con el discurso salvador de la “cloaca masista”. Es políticamente astuto si en la otra mano nos plantean un proyecto de país que ponga ya los cimientos de la Bolivia del Tricentenario que Paz estaría fundando. Volvamos a su mensaje. El riesgo país cayó drásticamente; siguen “ordenando la casa”; el anuncio de un Alto comisionado para la Integridad Institucional y la Justicia; la convocatoria a un Gran Acuerdo Nacional para el Desarrollo para llegar a consensos sobre políticas públicas y plazos para las leyes prometidas. El tono positivo del Presidente nos levantaría el ánimo si en la acera política de las oposiciones no fueran tan altisonantes las críticas. Jorge Quiroga no bajó el tono a sus cuestionamientos a la gestión de Paz Pereira desde el minuto uno. En estos últimos días afirmó en un comunicado que “se puede ganar una elección sin alianzas pero no se puede gobernar un país sin construir acuerdos políticos” acusando al gobierno de aislamiento. Samuel Doria Medina ya dijo y confirmó que se va del gobierno porque no saben gestionar el tiempo y las urgencias, porque no responden a sus sugerencias, porque no reaccionan a las denuncias sobre corrupción que afirmó haber puesto en conocimiento del Gobierno, entre otros reproches. Después de la pulseta pírrica en los más de cincuenta días de bloqueos dejó minado el campo de diálogo con los sectores populares organizados. Ni hablemos del bloque político de la Vicepresidencia que dejaron herido de guerra. El desafío político para el oficialismo no es menor tomando en cuenta el rosario de cambios de autoridades a lo largo de estos nueve meses de gestación de la Bolivia que Rodrigo Paz afirma que está naciendo. En todo caso, ya se ve qué actores están consolidando su poder en torno al mandatario. Lupo no es uno de ellos. 

Mientras tanto, en las calles, las serpientes caprichosas que aparecen reiteradamente en las estaciones de combustible contienen en su larguísimo cuerpo vehículos de transporte pesado, de transporte público o de transporte privado que a su vez contienen en sus interiores desesperados bolivianos que pasaron los feriados de las fiestas patrias interminables horas y días esperando cargar su tanque. Ni familia, ni almuerzo, ni cena, ni baño, ni himno, ni esperanza. Mientras tanto, en los mercados los pollos están uno sobre otro esperando clientes que todavía puedan pagar su precio. La fruta sigue siendo un lujo. La leche ya no baja. El pan amenaza con llegar a Bs. 1,30. La ropa para el desfile cuesta más, un pasaje de avión o de flota cuesta más, un almuerzo cuesta más, un chicle cuesta más. En los trabajos, en los hogares, en los cafés o en los buses, la gente no descorcha una botella para celebrar las cifras de Rodrigo Paz. 

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