Scaloni no tiene redes. No cree en conspiraciones. Argentina perdió la final del Mundial porque jugó peor que España. He estado un mes sin redes. Y me siento mejor. Los que defienden su uso/abuso hablan de que con ellas uno se entretiene, se informa, cotillea y tiene relaciones sociales. Mi vecino del barrio natal, el del cuarto derecha, no tiene redes, como Scaloni. No se entera de las cosas que pasan por el mundo y dice que vive (más) feliz así. El cotilleo y las relaciones sociales las consigue gracias a su perro.
Antes iba de bar en bar tomando vinos para construir eso que los sociólogos llaman micro-interraciones sociales, esas que dan arraigo. Y felicidad. Ahora saca a pasear al perro y charla con otros hijos de perro como él. Así se entretiene y averigua los chismes del barrio. Y luego me los cuenta. Su perro -antropomorfizado y convertido en “perri-hijo”- es ahora su (mejor) red social. Nota mental: sin perro ya no se socializa ni con Cristo, asegura.
Me gustaría hacer como él pero tengo alergia al pelo de los perros y de los gatos. Estoy cagado. Así que compro el periódico y me siento en la plaza del barrio. Es lo mismo que hacían antes muchas personas. Ahora soy una “rara avis”. El otro día un chico, celular en mano, me pidió permiso para sacarme una foto mientras hojeaba el periódico. Nunca había visto eso antes. La quería para subirla a sus redes, obviamente. Me preguntó si yo tenía. Le dije que no, mintiendo. ¿Sabes que Scaloni tampoco tiene redes? le pregunté mientras se alejaba fijando la mirada en su celular subiendo la puta foto.
Los periódicos de papel llevan meses hablando todos los días de lo mismo: la IA (y el ChatGPT) y las ultraderechas (y sus obsesiones). Ambas, redes y fachos conspiran todo el rato. Desde que coloqué hace un mes el letrero “Cerrado por vacaciones” en mi “feis” y “tuiter” mis niveles de ansiedad, polarización y enojo han bajado. También la cabeza me duele menos. Me aburro más, grito menos. Escucho más, leo más libros. Escribo a mano en la libreta de las vacaciones.
Nota mental dos: la escritura analógica tiene propiedades terapéuticas, es un rito de meditación, una pausa voluntaria. Reconecta tus emociones. Es como la magdalena de Proust, trae viejos recuerdos personales y olores. Las psicólogas lo llaman “recuerdos autobiográficos involuntarios” (de eso escribe Julian Barnes en la que será su última novela).
El ruido de las adictivas redes viene a rellenar nuestro miedo al silencio (y a la soledad). Por eso (casi) todos tenemos redes. Y perros. Las máquinas (y los perros) se humanizan y las personas se robotizan. Y cuando quieres o necesitas la respuesta un problema o simplemente charlar lo haces con el puto ChatGPT, Gemini o Claude.
Ni este “chatbot” de inteligencia artificial ni tu perro te van a llevar la contraria y menos contradecir. Los dos quieren seguir contigo. A los dos les das de comer. Ninguno de los dos te va a juzgar y menos reprochar. Ninguno sabe que lo importante no son las respuestas que te dan sino las preguntas.
Cada día que pasa nos miramos menos. Reinan las pantallas. Entre redes/perros cada día estamos más solos, aislados. ¡Ay, de nosotros! Rodeados de gente pero solos. Reinan las barricadas/trincheras. Cada día más ciegos. Viendo no vemos, como nos contó Saramago hace ahora tres décadas. No por nada, la última frase de la novela de Barnes termina con una súplica/invitación: “no, no dejes de mirar”. De observar, de pasear.
Por todo esto, algunos colegas periodistas están desactivando de sus celulares las aplicaciones de redes sociales. Las siguen usando (el oficio así lo exige) pero desde la computadora. Un ratito a la mañana y/o noche y listo. Como se hacía antes con el correo electrónico, con el LatinMail. El ego es la verdadera sustancia adictiva/tóxica de nuestro tiempo. Van a disculpar el uso de la primera persona del singular en esta columna (escrita a mano y luego pasada a máquina). Las drogas más dañinas (desde la cocaína hasta las redes) exacerban el yo histriónico, el narcisismo; un yo hipertrofiado y exhausto a estas alturas. Las redes y los tecno-oligarcas lo saben. La ultraderecha, también. Alimentan la enfermiza propensión a dramatizar y victimizar; tirar pelotas fuera; encabronar/ensuciar todo: culpar al otro, a la cancha que no estaba buena, al árbitro. A la conspiración, cuanto más extraña y bizarra mejor. Scaloni lo sabe y por eso no quiere enterarse de nada. Así vive más feliz, como mi vecino y su perro.
