viernes, septiembre 4, 2026

Ensayo en 5 partes sobre la nueva derecha en Latinoamérica

¿La nueva derecha o la vieja receta?

Hay algo particularmente latinoamericano en nuestra manera de hacer política: podemos pasar veinte años discutiendo si el Estado debe intervenir en la economía, otros veinte discutiendo si el mercado debe salvarnos de nosotros mismos y, cuando ninguna de las dos cosas funciona exactamente como prometieron, elegir al señor que grita más fuerte contra el sistema. Durante buena parte de la primera década del siglo XXI, América Latina tuvo su famosa “marea rosa”. Gobiernos de izquierda o centroizquierda llegaron al poder prometiendo recuperar el papel del Estado, reducir la desigualdad y construir una mayor autonomía frente a Washington. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina, Uruguay y otros países tomaron caminos diferentes, pero compartieron una idea bastante sencilla: después de décadas de neoliberalismo, quizá América Latina podía intentar gobernarse un poco más por cuenta propia. Sin embargo, hoy se vive una marea absolutamente distinta.

Desde Jair Bolsonaro en Brasil en 2018, pasando por Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina desde 2023, Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile, hasta los recientes gobiernos de Rodrigo Paz en Bolivia y Keiko Fujimori en Perú, América Latina está atravesando un giro hacia la derecha que ya no parece una colección de accidentes electorales aislados. En 2026, incluso Colombia acaba de incorporarse a esta tendencia con la victoria de Abelardo de la Espriella. Distintos países, distintos problemas y políticos bastante diferentes entre sí, pero una coincidencia cada vez más evidente: el péndulo latinoamericano volvió a moverse hacia la derecha.

Esta nueva derecha no es exactamente la de nuestros padres. No necesita necesariamente generales para gobernar, ni golpes de Estado para llegar al poder, ni discursos interminables sobre la civilización occidental pronunciados desde un balcón militar. Tiene elecciones, TikTok, X, Instagram, podcasts, influencers, campañas digitales y una capacidad extraordinaria para convertir cualquier problema estructural en un enemigo con nombre y apellido. Antes el enemigo podía ser el comunismo, ahora puede ser la casta, el progresismo, los zurdos, los delincuentes, la ideología de género o cualquier persona que haya cometido el error de parecer demasiado de izquierda en internet. La fórmula resulta particularmente atractiva porque combina dos cosas que históricamente funcionan muy bien en sociedades desesperadas: miedo y promesa de orden. ¿Hay inseguridad? Mano dura, ¿inflación? Recortemos el Estado, ¿corrupción? Destruyamos a la clase política, ¿migración? Cerremos fronteras, ¿protestas? Más policía y si después de todo eso los problemas continúan, siempre queda una explicación disponible: la culpa es de los que gobernaron antes.

Bukele convirtió la lucha contra las pandillas en el principal símbolo de su gobierno y consiguió una popularidad enorme dentro y fuera de El Salvador. Su modelo de seguridad, basado en encarcelamiento masivo, militarización y una política de mano dura, comenzó a ser observado e imitado por otros gobiernos latinoamericanos. Milei, por su parte, convirtió el rechazo al Estado y a la llamada “casta” en una identidad política. Su victoria en 2023 no fue simplemente el triunfo de un candidato liberal: fue la expresión electoral de una sociedad profundamente frustrada con décadas de crisis económica. No estamos viendo simplemente una conspiración internacional de derechistas con trajes oscuros reunidos en algún sótano de Miami para decidir cuál será el próximo país en ser neoliberalizado. Estamos viendo algo mucho más complejo: sociedades reales, con problemas reales, reaccionando a crisis reales y encontrando respuestas políticas que, cada vez con mayor frecuencia, favorecen a la derecha.

La derecha latinoamericana contemporánea tiene referentes internacionales. Tiene redes de asesores, comunicadores, organizaciones, empresarios, operadores digitales y vínculos políticos que atraviesan las fronteras nacionales. El caso del consultor argentino Fernando Cerimedo es particularmente ilustrativo: su influencia pasó de la campaña de Javier Milei a redes políticas más amplias de la derecha latinoamericana y, actualmente, a vínculos con el gobierno de Rodrigo Paz en Bolivia. La política latinoamericana está empezando a funcionar como una franquicia. Por eso Bukele puede convertirse en referencia para candidatos de países que no tienen maras como las salvadoreñas. Por eso Milei puede convertirse en referente incluso allí donde las condiciones económicas son completamente distintas. Por eso una campaña colombiana puede utilizar inteligencia artificial, WhatsApp, nacionalismo, religión y miedo al comunismo para construir una candidatura presidencial en 2026.

Y mientras América Latina gira hacia la derecha, Estados Unidos también está modificando radicalmente su relación con la región. La administración de Donald Trump ha adoptado una política mucho más agresiva en materia de seguridad y narcotráfico. Durante el último año, operaciones militares estadounidenses contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas han dejado más de 200 muertos, y Washington está intentando extender esa estrategia hacia operaciones terrestres mediante acuerdos con Colombia, Ecuador y Honduras. Associated Press describe este proceso como una de las intervenciones estadounidenses más asertivas en América Latina en décadas y aquí es donde resulta imposible mirar la nueva derecha latinoamericana únicamente como un fenómeno electoral interno, porque Estados Unidos nunca ha sido un espectador neutral de la política latinoamericana. La historia del continente está llena de ejemplos: Golpes de Estado, dictaduras, bloqueos, operaciones encubiertas, presiones económicas, entrenamiento militar, intervenciones. La Guerra Fría terminó hace más de tres décadas, pero Washington nunca abandonó completamente la idea de que América Latina pertenece a su esfera estratégica. Ya no necesariamente hablamos de “luchar contra el comunismo”, hablamos de combatir al narcotráfico, al terrorismo, proteger las fronteras, defender la democracia, garantizar inversiones, combatir organizaciones criminales.

La preocupación aumenta cuando determinados gobiernos latinoamericanos empiezan a considerar normal la presencia militar estadounidense como parte de su política interna de seguridad. En Ecuador, por ejemplo, el gobierno de Daniel Noboa ha solicitado cooperación militar estadounidense contra organizaciones criminales; en 2026 comenzaron operaciones conjuntas entre ambos países. En Colombia, el nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella autorizó operaciones militares conjuntas con Estados Unidos, marcando un cambio importante respecto a la política del gobierno anterior. Porque parece que cada generación latinoamericana tiene que descubrir nuevamente que cuando Washington dice que quiere “ayudarnos a combatir una amenaza”, conviene revisar primero dónde está la letra pequeña. La diferencia entre cooperación e injerencia no siempre está en el discurso, a veces está en quién toma las decisiones.

Aquí llegamos al verdadero motivo de esta serie. Porque el Plan Cóndor no apareció de la nada. Fue construido progresivamente sobre una época de Guerra Fría, anticomunismo, coordinación militar, inteligencia regional y una concepción política en la que determinados gobiernos consideraban que sus adversarios internos eran amenazas de seguridad y aunque hoy vivimos en otro mundo donde tenemos elecciones, tenemos redes sociales, instituciones civiles y gobiernos que llegaron al poder mediante el voto también tenemos una derecha regional cada vez más coordinada políticamente, una creciente militarización de la seguridad, una política estadounidense mucho más agresiva y una tendencia preocupante a presentar determinados conflictos sociales y políticos como problemas de seguridad. Quizá el mayor error que podemos cometer al mirar la historia es imaginar que los acontecimientos históricos regresan vestidos exactamente igual. Los fascismos no regresan necesariamente con uniformes, los golpes de Estado no siempre empiezan con tanques, la intervención extranjera no siempre comienza con una invasión y la pérdida de derechos rara vez comienza con alguien anunciando que mañana dejará de existir la democracia. Porque si algo demuestra la historia latinoamericana es que los problemas de nuestro continente pueden cambiar de nombre, de partido y hasta de generación, pero las grandes potencias, las élites y los gobiernos siguen teniendo intereses y los pueblos seguimos teniendo la desagradable costumbre de pagar la cuenta.

La nueva derecha latinoamericana está aquí, la pregunta es quién está escribiendo su guion y, sobre todo, quién va a terminar pagando por él.

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