viernes, septiembre 4, 2026

Mi presidente favorito de Estados Unidos

De todos los presidentes que ha tenido Estados Unidos, Donald J. Trump es, sin duda alguna, mi favorito. Antes de que alguien se apresure a interpretar semejante afirmación, debería aclarar algo: no considero que Donald Trump sea un buen presidente. Tampoco considero que sea una buena persona, ni particularmente admirable, ni mucho menos un modelo de liderazgo político. De hecho, probablemente pocas personas podrían hacer una lista de las cualidades que uno esperaría encontrar en un jefe de Estado y concluir que Trump las representa de manera convincente.

Es cierto que vivir la presidencia de un país desde fuera es una experiencia muy diferente a vivirla desde dentro. No sé lo que significa despertar cada mañana bajo las consecuencias directas de las decisiones de Trump, ni cómo sus políticas afectan cotidianamente a una familia estadounidense, a un trabajador, a un migrante o a un empresario. Pero también sería ingenuo pensar que la presidencia de Estados Unidos puede vivirse únicamente desde dentro de sus fronteras. La influencia económica, política, militar y cultural de ese país es tan grande que las decisiones de su gobierno terminan afectando, de una u otra manera, a millones de personas que jamás tendrán la oportunidad de votar por su presidente.

Por eso, aunque no sea estadounidense, también experimento el fenómeno Trump. Y probablemente nunca antes había sido tan difícil ignorar a un presidente estadounidense. Desde su primera campaña presidencial, Trump convirtió la política estadounidense en un espectáculo permanente. Su manera de hablar, sus controversias personales, sus enfrentamientos con periodistas, políticos, jueces y aliados, y su utilización de las redes sociales transformaron la comunicación presidencial en algo mucho más parecido a una transmisión constante de impulsos personales que a la tradicional comunicación institucional de un jefe de Estado. Cuando las plataformas existentes dejaron de ser suficientes para él, terminó impulsando su propia red social, Truth Social, como otro espacio desde el cual comunicarse directamente con sus seguidores.

Para sus admiradores, precisamente ahí está su atractivo. Trump dice lo que otros políticos no se atreven a decir. Es directo, irreverente, políticamente incorrecto y aparentemente incapaz de someterse a las reglas tradicionales de la política. Para sus detractores, el mismo comportamiento representa exactamente lo contrario: irresponsabilidad, demagogia, improvisación y una preocupante indiferencia por las consecuencias que pueden tener las palabras de un presidente.

La primera razón por la que considero a Trump mi presidente estadounidense favorito es 7que, más allá de las voces que lo rechazan, Trump refleja de manera extraordinariamente visible a una parte enorme de la sociedad estadounidense. En las elecciones de 2024 obtuvo aproximadamente 77,3 millones de votos, equivalentes al 49,8 % del voto popular, y consiguió 312 votos electorales frente a los 226 de Kamala Harris. Eso significa que no estamos hablando de un accidente electoral, de una anomalía marginal ni de un pequeño grupo de extremistas que logró infiltrarse temporalmente en la Casa Blanca.

Trump fue elegido presidente por primera vez en 2016, perdió la reelección en 2020 y volvió a ganar en 2024. Durante ese recorrido sobrevivió a escándalos que probablemente habrían destruido la carrera política de cualquier candidato convencional. Fue sometido a dos procesos de impugnación: el primero por abuso de poder y obstrucción del Congreso, y el segundo por incitación a la insurrección tras los acontecimientos del 6 de enero de 2021. En ambos casos fue finalmente absuelto por el Senado. En 2024 se convirtió en el primer presidente estadounidense en la historia en ser declarado culpable de un delito, después de que un jurado de Nueva York lo encontrara culpable de 34 cargos relacionados con falsificación de registros comerciales.

Aun así, ganó nuevamente las elecciones. Porque si una sociedad puede elegir dos veces a un personaje político que ha acumulado semejante cantidad de controversias, acusaciones, escándalos y conflictos institucionales, entonces el problema —o al menos el fenómeno— no puede explicarse únicamente por las características personales del candidato. Pareciera que el personaje individual del presidente Donald J. Trump hubiera trascendido por encima del nombre familiar, el dinero heredado e incluso las controversias personales, dentro y fuera del asiento presidencial.

La segunda razón por la que Trump es mi presidente estadounidense favorito tiene que ver con algo que considero todavía más interesante: su relación con la imagen que Estados Unidos proyecta sobre el resto del mundo. Durante décadas, Estados Unidos construyó una enorme parte de su poder internacional alrededor de una idea: no solamente era una gran potencia militar y económica, sino también el supuesto defensor de la democracia, la libertad y el orden internacional liberal.

Washington podía intervenir militarmente en otros países, imponer sanciones económicas, presionar gobiernos, negociar tratados desde una posición de fuerza o utilizar su enorme influencia económica; pero todo ello solía venir acompañado de un lenguaje cuidadosamente construido alrededor de la democracia, los derechos humanos, la libertad y la seguridad internacional.

Independientemente de lo que uno piense de sus políticas, Trump ha hecho algo que considero políticamente revelador: ha reducido la distancia entre lo que Estados Unidos dice ser y la manera en que una parte de su poder realmente se comporta. La diplomacia tradicional utiliza el lenguaje como una herramienta para evitar conflictos innecesarios. Trump utiliza el lenguaje como una herramienta de confrontación. Su política comercial, por ejemplo, ha convertido los aranceles en uno de los principales instrumentos de presión de su gobierno. En 2025 la Casa Blanca impulsó una nueva ronda de aranceles que desencadenó represalias y tensiones comerciales con China, la Unión Europea y otros socios. El Banco Mundial había advertido incluso antes de la implementación de algunas de estas medidas que una guerra comercial podía reducir el crecimiento económico mundial. En 2026, esas tensiones continúan incluso con aliados tradicionales. Canadá, por ejemplo, enfrenta nuevas amenazas arancelarias mientras negocia con Washington, y empresas alemanas han reducido considerablemente sus nuevas inversiones en Estados Unidos en un contexto marcado por la incertidumbre generada por las políticas comerciales de Trump.

Quizá por eso mi posición respecto a este presidente resulta paradójica, no me gusta Trump, pero me interesa enormemente porque pocas figuras políticas contemporáneas han conseguido exponer con tanta crudeza las contradicciones de la potencia que representan. Estados Unidos sigue siendo una de las principales potencias económicas, militares, tecnológicas y culturales del planeta. Sigue teniendo una capacidad extraordinaria para intervenir en los asuntos de otros países, determinar agendas internacionales y afectar la economía mundial. Trump ha demostrado que esa capacidad puede coexistir con algo mucho menos impresionante: un liderazgo profundamente personalista, una comunicación política impulsiva y una enorme disposición a convertir prácticamente cualquier conflicto en un espectáculo.

Trump no inventó el intervencionismo estadounidense. No inventó la arrogancia de Washington. No inventó la desigualdad, el racismo, el nacionalismo, la xenofobia ni la desconfianza hacia las instituciones. Tampoco inventó la tendencia de Estados Unidos a presentarse como árbitro moral del planeta, lo que hizo fue quitarle buena parte del maquillaje. Mientras otros presidentes intentaban convencer al mundo de que Estados Unidos actuaba siempre movido por nobles principios, Trump parece mucho más cómodo diciendo, en esencia: Estados Unidos hace esto porque puede, porque le conviene y porque quiere obtener algo a cambio. Esa sinceridad —si podemos llamarla así— resulta brutalmente reveladora.

Por eso Trump es mi presidente favorito, no porque admire su gobierno o porque apruebe sus políticas y definitivamente tampoco porque disfrute viendo a los estadounidenses sufrir las consecuencias de sus propias decisiones ni porque crea que todos sus votantes son ignorantes, racistas o extremistas. Esa explicación es demasiado cómoda y, sobre todo, demasiado sencilla para explicar un fenómeno político que ha demostrado ser capaz de movilizar a decenas de millones de personas.

Trump me interesa porque obliga a hacer una pregunta mucho más incómoda:

¿Qué dice de Estados Unidos que Donald Trump pueda ser elegido presidente dos veces? Y existe una segunda pregunta todavía más incómoda:

¿Qué dice de nosotros que un país tan poderoso pueda influir sobre nuestras vidas incluso cuando ninguno de nosotros tuvo derecho a votar por él?Quizá ese sea el punto más importante de Trump, que no es un individuo común sino un espejo enorme, incómodo y bastante difícil de romper, porque detrás de Donald Trump hay una parte de Estados Unidos que ya estaba allí mucho antes que él y que probablemente continuará allí cuando él finalmente abandone la Casa Blanca.

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